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martes, 5 de abril de 2011

Los valdenses. El Israel de los Alpes

Rodrigo Abarca

Durante toda la Edad Media, numerosos grupos de hermanos se separaron de la Cristiandad oficial para buscar una forma de cristianismo más puro y apegado a la simplicidad evangélica. Ya hemos visto el alto precio que debieron pagar muchos de ellos por causa de su fidelidad a la Palabra de Dios. El camino de la fe fue regado con la sangre de su martirio.

En Europa occidental, cátaros y albigenses prosperaban, especialmente en Francia y España. Y en los valles alpinos del norte de Italia y el sur de Suiza, prosperaron por largos siglos un grupo de hermanos de características singularmente especiales a quienes la historia designó con el nombre de Valdenses.

Sus orígenes

Aunque estrechamente emparentados con los albigenses, su origen parece remontarse a una época anterior. La antigüedad de los valdenses está atestiguada por varias fuentes, tantos internas como externas al movimiento, y también por algunas características muy particulares de su fe y prácticas. El inquisidor Rainero, quien murió en 1259, escribió: «Entre todas estas sectas... la de los leonistas (léase valdenses).. ha sido la que por más ha tiempo ha existido, porque algunos dicen que ha durado desde los tiempos de Silvestre (Papa en 314-335 DC), otros, desde el tiempo de los apóstoles».

Marco Aurelio Rorenco, prior de San Roch en Turín, en su recuento e historia de los mismos, escribió que los valdenses son tan antiguos que no se puede precisar el tiempo de origen. Además, los mismos valdenses se consideraban muy antiguos y hacían descender su fe de los tiempos apostólicos.

Otra evidencia a favor de su antigüedad es su relativa falta de antagonismo hacia la cristiandad oficial, a diferencia de otros grupos (albigenses incluidos) que se escindieron de ella como una reacción contra sus errores. Los valdenses se caracterizaban por una actitud más tolerante, pues estaban dispuestos a reconocer que había muchos hombres que caminaron y aún caminaban con Dios allí. Por ello, más adelante y cuando entraron en negociaciones con los Reformadores, se mostraron dispuestos a reconocer lo que había de bueno dentro de la iglesia organizada, lo cual estos últimos rechazaban de plano.

El reformador suizo Guillermo Farell se lamentaba, por ejemplo, de la falta de rigor y concordancia con las doctrinas protestantes más duras y anticatólicas, entre los valdenses con quienes entró en contacto. En una de sus cartas se queja de esta «característica» que él atribuía a la declinación espiritual del movimiento, sin percibir la larga historia espiritual que existía tras ella.

En verdad, aunque resulta imposible precisar sus inicios, es probable que fuesen en su núcleo esencial un remanente que se apartó de la cristiandad oficial rechazando la unión de la iglesia y el estado, después de la ascensión de Constantino en 311 DC (por ej, los novacianos). Algunos de ellos pudieron haber emigrado hacia los valles remotos y aislados valles alpinos, donde conservaron intactas por muchos siglos su fe y pureza evangélicas, ajenos a todas las controversias y luchas posteriores. Aunque más adelante tuvieron estrecha comunión con otros grupos de hermanos perseguidos.

De hecho, los numerosos hermanos perseguidos, conocidos por los diferentes nombres que les dieran sus perseguidores, llegaron, con el tiempo, a constituir un testimonio unido y de vasto alcance, fuera de la cristiandad organizada. Gracias a que los escritos de los valdenses lograron perdurar a pesar de la persecución.

Y hoy podemos saber que aquellos grupos de hermanos, unidos por estrechos lazos de comunión, no eran en absoluto herejes gnósticos o maniqueos, tal como pretendían quienes les perseguían y mataban, sino verdaderos creyentes ortodoxos en su fe y bíblicos en sus prácticas. Así el Papa Gregorio IX declaraba: «Nosotros excomulgamos y anatemizamos a todos los herejes, cátaros, patarinos, Hombres Pobres de Lyon (valdenses), arnaldistas... y otros, cualquiera sea el nombre por el cual son conocidos, ya que tienen de hecho diferentes rostros, pero están unidos por sus rabos y se reúnen en el mismo punto, llevados por su vanidad».

También el inquisidor David de Augsburgo reconocía el hecho de que en principio las sectas, que resistían juntas en la presencia de sus enemigos, «eran una sola secta».

Pedro de Valdo

Uno de los hombres más conocidos y destacados entre ellos fue Pedro de Valdo, un exitoso comerciante y banquero de Lyon que, tras una atenta lectura de la Biblia fue impactado profundamente por las palabras del Señor en Mateo 19:21, «Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y tendrás tesoro en el cielo; y luego ven y sígueme». En consecuencia, en 1173 dio una buena cantidad de su fortuna a su esposa, repartió el resto a los pobres y se entregó a una vida itinerante de predicación. Otros compañeros se le unieron y viajaron junto a él predicando del mismo modo. Fueron llamados ‘Los Hombres Pobres de Lyon’. En 1179 pidieron al Papa Alejandro III una licencia especial para continuar con sus labores, pero esta les fue negada. Más adelante fueron incluso excomulgados.

Pedro de Valdo entró en íntima relación con los valdenses de los valles alpinos, y, quizá por esa razón, muchos historiadores lo han considerado erróneamente su fundador, tras observar la aparente coincidencia entre su apellido ‘Valdo’ y el nombre ‘valdenses’. Pero este supuesto viene más bien de la costumbre de querer ver un fundador o líder en el origen de todo movimiento espiritual. De hecho, el nombre ‘valdenses’ parece derivarse más bien del francés ‘Vallois’ (gente de los valles), que aparece en muchos manuscritos anteriores a Pedro de Valdo.

Sin embargo, De Valdo llegó a ser considerado como uno de sus apóstoles por los mismos valdenses, a quienes ayudó a salir del relativo aislamiento en que se encontraban para darles un notable empuje misionero. Realizó numerosos viajes y esparció la fe en muchos países. Así, diversas congregaciones de hermanos florecieron por toda Europa occidental, y se convirtieron en refugio de otros hermanos perseguidos, tales como albigenses y cátaros.

Pedro de Valdo murió probablemente en Bohemia el año 1217, donde trabajó ardientemente para sembrar la semilla del Evangelio, que florecería más tarde entre los Hermanos Unidos y Juan Huss.

Fe y prácticas

Los valdenses reconocían en la Escritura la única autoridad final y definitiva para su fe y prácticas. Creían en la justificación por la fe y rechazaban la obras meritorias como fuente de salvación. En 1212 un grupo de 500 valdenses de varias nacionalidades fue arrestado en Estraburgo y quemado en la hoguera por la Inquisición. Entonces, uno de sus pastores declaró poco antes de morir: «Nosotros somos pecadores, pero no es nuestra fe la que nos hace tales; tampoco somos culpables de la blasfemia por la cual somos acusados sin razón; pero esperamos el perdón de nuestros pecados, y esto sin la ayuda del hombre, y tampoco a través de los méritos o de nuestras obras».

Aparte de la Escritura no sostenían ningún credo o confesión de fe particular. A pesar de ello, lograron conservar casi intactas su fe y sus prácticas a lo largo de varios siglos; lo cual prueba de paso que el mejor remedio contra la herejía y el error es la espiritualidad apoyada en una profunda fidelidad y apego a la Escritura.

Tenían, en particular, el más alto aprecio por las palabras y obras del Señor Jesucristo en los Evangelios. Su meta principal era seguir a Cristo, guardando sus palabras e imitando su ejemplo. No daban mucha importancia al conocimiento meramente teológico y mental de la verdad, pues insistían en que ésta solo podía ser entendida por medio de la luz que el Espíritu Santo concede al corazón de aquellos que obedecen las palabras de Dios. Por lo mismo, colocaban en un lugar central de su vida las enseñanzas del Sermón del Monte, y las consideraban como una regla de vida para todos los hijos de Dios.

Además, rechazaban las disputas doctrinales como infructíferas, y aceptaban las enseñanzas de los hombres de Dios de toda época y lugar, si se conformaban a la Escritura. Su mayor interés estaba en una espiritualidad real y práctica.

El inquisidor Passau dice acerca de ellos: «Uno puede conocerlos por sus costumbres y sus conversaciones. Ordenados y moderados evitan el orgullo en el vestido, que son de telas ni viles ni lujosas. No se meten en negocios, a fin de no verse expuestos a mentir, a jurar ni engañar. Como obreros viven del trabajo de sus manos. Sus mismos maestros son tejedores o zapateros. No acumulan riquezas y se contentan con lo necesario. Son castos, sobre todo los lioneses, y moderados en sus comidas. No frecuentan las tabernas ni los bailes, porque no aman esa clase de frivolidades. Procuran no enojarse. Siempre trabajan y, sin embargo, hallan tiempo para estudiar y enseñar. Se les conoce también por sus conversaciones que son a la vez sabias y discretas; huyen de la maledicencia y se abstienen de dichos ociosos y burlones, así como de la mentira. No juran y ni siquiera dicen ‘es verdad’, o ‘ciertamente’, porque para ellos eso equivale a jurar».

En cuanto al orden de la iglesia, no tenían ninguna clase de organización centralizada, ni jerarquía superior. Sus asambleas eran dirigidas por ancianos o presbíteros a quienes llamaban ‘Barbas’. Celebraban juntos la Cena del Señor, sin excluir a ningún creyente de ella.

También reconocían la existencia de un ministerio apostólico extra local e itinerante. Los apóstoles valdenses viajaban continuamente entre las iglesias para enseñar, alentar y ganar nuevos convertidos. No poseían bienes económicos ni familias, ya que sus vidas estaban en continuo peligro y aflicción. Sus necesidades eran suplidas por los hermanos, quienes los tenían en la mayor estima y reconocimiento. Viajaban de dos en dos, siempre uno mayor con uno más joven como aprendiz. Muchos tenían conocimientos de medicina para ayudar a los necesitados. También había entre ellos hombres altamente educados y eruditos. A menudo la gente los llamaba ‘Amigos de Dios’ debido a su profunda espiritualidad y sencillez. Pedro de Valdo, como hemos visto, fue uno de ellos.

Persecuciones y martirios

A pesar de su relativamente tranquilo aislamiento, las constantes actividades misioneras de sus apóstoles les atrajeron finalmente la atención y el odio de la cristiandad organizada. Los numerosos santos perseguidos en otras latitudes encontraban refugio en sus asambleas, que se habían esparcido por varios países de Europa. Este hecho muy pronto atrajo sobre ellos la mirada implacable de los inquisidores.

En 1192, alarmado por el creciente número de valdenses en España, el Rey Alfonso de Aragón emitió un decreto contra ellos en los siguientes términos: «Ordenamos a todo valdense que, en vista de que están excomulgados de la santa iglesia, enemigos declarados de este reino, tienen que abandonarlo, e igualmente a los demás estados de nuestros dominios. En virtud de esta orden, cualquiera que desde hoy se permita recibir en su casa a los susodichos valdenses, asistir a sus perniciosos discursos, proporcionarles alimentos, atraerá por esto la indignación de Dios todopoderoso y la nuestra; sus bienes serán confiscados sin apelación, y será castigado como culpable del delito de lesa majestad... Además cualquier noble o plebeyo que encuentre dentro de nuestros estados a uno de estos miserables, sepa que si los ultraja, los maltrata y los persigue, no hará con esto nada que no nos sea agradable». Muchos hermanos sufrieron el martirio durante la persecución que desató el decreto real.

Más adelante, en 1380, un emisario de la iglesia oficial fue enviado para tratar con ellos en los valles del Piamonte. Durante los próximos 30 años, 230 hermanos fueron quemados en la hoguera y sus bienes repartidos entre sus perseguidores. La persecución se agudizó en el 1400 y, entonces, muchas mujeres y niños buscaron refugio en las altas montañas. Allí la mayor parte de ellos murió de hambre y frío. En 1486 se emitió una bula en su contra y los valles fueron invadidos por un ejército de 8000 soldados del Archidiácono de Cremona, cuyo objetivo era extirpar a los herejes. Pero esta vez los pacíficos campesinos valdenses tomaron las armas para defenderse, por lo que el sangriento y desigual conflicto se extendió casi por 100 años. La resistencia de los hermanos fue entonces tan heroica, que recibieron el nombre de ‘Israel de los Alpes’.

Cuando comenzó la Reforma, los ejércitos de la iglesia organizada aprovecharon de tomar venganza contra los valdenses, y arrasaron literalmente varias de sus aldeas y pueblos. En Provenza, al sur de Francia, florecían 30 aldeas valdenses que habían comenzado a tomar contacto con los líderes de la Reforma.

Enterados sus enemigos, convencieron mediante ardides y mentiras al rey de Francia, Francisco I. Presionado por el Cardenal Tournon, ordenó que todos los valdenses fueran exterminados (19 de enero de 1545). Se envió un ejército contra ellos, que, tras siete semanas de matanzas, terminó con la vida de entre 3 a 4 mil hombres y mujeres. La brutalidad y el horror se extendieron por la región. 22 aldeas resultaron destruidas por completo. Los pocos sobrevivientes fueron enviados a las galeras de por vida y tan sólo un reducido número logró escapar a Suiza.

Consideraciones finales

A pesar de todo, los valdenses, a diferencia de otros grupos perseguidos, sobrevivieron. En los días de la Reforma muchos pasaron a formar parte de las filas protestantes, mientras que otros se unieron a la así llamada Reforma Radical de los Anabaptistas. Junto a ellos sobrevivieron importantes escritos que nos ayudan a entender la fe de aquellos hermanos cuyos testimonios fueron acallados por el martirio, tales como cátaros y albigenses, con quienes los valdenses se encontraban estrechamente unidos. Y por ellos aprendemos que un remanente fiel luchó, sufrió y murió por Cristo durante los largos siglos de oscuridad y apostasía, cuando parecía que la fe bíblica había desaparecido de la tierra. Y ahora un cuadro enteramente diferente surge ante nuestros ojos. No se trataba de herejes, sino de verdaderos hermanos y hermanas en Cristo.

Aquí y allá, en todas partes de Europa donde hombres y mujeres fieles buscaban al Señor, la luz de su palabra resplandecía y un testimonio se levantaba en medio de la oscuridad. Pero el enemigo que enfrentaban era formidable, astuto y cruel. Sus armas preferidas eran la difamación y el martirio. Ante ellas, todos sus esfuerzos parecían destinados al fracaso y la aniquilación. Las hogueras se multiplicaban y los horrores parecían no tener fin. Sin embargo, su fe sobrevivió y prevaleció a través de toda aquella inmensa marea de malignidad que amenazó con anegarlos por completo.

Y la luz se levantó al final de aquella época de tinieblas aún invicta y resplandeciente. De esta manera, junto a albigenses y cátaros y otros cuyo testimonio fue silenciado y borrado de la historia, los valdenses mantuvieron en alto la antorcha y la hicieron llegar hasta nuestros días, para hablar por todos los hermanos cuyo invencible testimonio de fe y amor por Cristo se creyó acallado para siempre; y decirnos que en todos ellos brilló de manera clara y singular la luz invencible de Cristo y su Evangelio eterno, en medio de la adversidad más implacable. Por ello, su legado espiritual resulta imperecedero.

«Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen» (Ap. 14:13).

Bakht Singh. El apóstol de la India

Algunos comparan a Bakht Singh con Sadhu Sundar Singh, otros con Watchman Nee, pero lo cierto es que fue el padre espiritual de cientos de miles de creyentes en la India y en todo el mundo.


Bakht Singh nació el 6 de junio de 1903, de padres acomodados, Jawahar Mal Chabra y Lakshmi Bai, en el sector norteño de Punjab, que hoy es parte de Pakistán. Era el mayor entre seis hermanos. Sus padres eran seguidores de la religión Sikh, dominante en la región.

Aunque de niño fue educado en una escuela de la Misión Presbiteriana, Bakht creció odiando a los cristianos, debido a la idea, muy predominante en ese tiempo, de que la religión cristiana era una herramienta al servicio de la colonización occidental, y que perturbaba las tradiciones y culturas locales. Junto a otros adolescentes hindúes, él solía burlarse de los pastores y maestros de la Biblia.

Por cinco años él estudió en un internado. Los hindúes y los musulmanes vivían en un lado, y los cristianos en el otro. Durante todos esos años él nunca visitó el lado cristiano. Cierta vez, después de aprobar un examen, le fue regalada una Biblia. Bakht la tomó y la rasgó. Conservó sólo la tapa porque tenía una hermosa encuadernación de cuero. Él solía pasar muchas horas en los templos Sikh observando todos los ritos religiosos.

De joven, Bakht tenía muchas ambiciones, como estudiar en Inglaterra, viajar alrededor del mundo, disfrutar de la amistad de todo tipo de personas, y permanecer fiel a su religión. También aspiraba poder vestir ropas elegantes y comer comida de clase alta. La ambición de estudiar en Inglaterra era para demostrar a los británicos que él no era inferior a ellos.

Sin embargo, su padre se oponía a su ida a Inglaterra. Él le ofreció mucho dinero intentando convencerlo de que se quedara con él para que le ayudara en su negocio. Había establecido una nueva fábrica de algodón y quería contar con su hijo mayor. Pero Bakht quería ir a Inglaterra. Al concluir su examen final en el colegio, Bakht se sintió muy triste porque no podría cumplir su deseo.

Siendo el hijo más amado por su madre, ella le dijo: «Te ayudaré a ir a Inglaterra, pero prométeme que no cambiarás de religión». Él le respondió: «¿Realmente crees que cambiaría mi religión?», asegurándole firmemente su lealtad y fidelidad. Ella, entonces, persuadió a su marido para que dejara ir a su hijo. «Mi padre, como un hombre de negocios, pensaba en términos de dinero, mi madre, siendo una persona religiosa, pensaba en términos de religión» – diría después Bakht Singh.

Así fue cómo en 1926, después de graduarse en la universidad estatal en Lahore, se fue como estudiante extranjero a Inglaterra y se matriculó en el King’s College (Universidad del Rey), en Londres, para estudiar ingeniería mecánica.

Los primeros meses en Inglaterra, Bakht permaneció fiel a su religión. Mantuvo su pelo largo y su barba, como correspondía a un ‘sikh’. Pero pronto perdió la fe, se rasuró, y se volvió ateo y liberal. En los próximos dos años adquirió todas las peores costumbres del mundo occidental: beber, fumar, vestir a la moda, visitar teatros, cine y salas de baile. También viajó por Europa, visitó museos, galerías de arte, se hizo amigo de la buena mesa, y trabó amistad con personas de todas las clases sociales. Todo lo que alguna vez había deseado, lo tuvo.

Pero de pronto comenzó a preguntarse: «¿Soy más feliz que antes?». El estado de su corazón le decía que estaba mucho peor, porque se había vuelto egoísta, orgulloso y codicioso. Había aprendido a mentir cortésmente a sus padres. Desencantado, comprobó que el mundo entero, sea en oriente o en occidente, es «vanidad de vanidades».

Entonces vino el gran día de la fe, el 11 de agosto de 1928, cuando tuvo su primer encuentro con el Señor Jesucristo. Viajaba de vacaciones con un grupo de estudiantes a Canadá en un transatlántico, cuando tuvo ocasión de tomar parte en un servicio cristiano a bordo. Indiferente al principio, su orgullo nacional y religioso le hizo casi abandonar el servicio mientras los demás oraban; pero luego, por cortesía, desistió, y se arrodilló como los demás. En ese momento sintió que un poder divino lo envolvía, trayéndole un gran gozo. Todo lo que pudo hacer fue pronunciar reiteradamente estas palabras: «Señor Jesús, yo sé y yo creo que tú eres el Cristo Viviente». Ese día desaparecieron sus prejuicios raciales y de clase.

«Hasta allí, yo había sido un ateo, y en mi necedad había dicho a menudo que no había Dios. Desde ese día, las palabras ‘Cristo Viviente’ de algún modo llegaron a ser muy reales para mí. Esta experiencia me dejó con un deseo fuerte de saber más del Señor Jesús viviente. Hasta entonces no tenía absolutamente idea alguna de la vida o de la enseñanza del Señor Jesucristo», confesaría él años después.

Luego de una estadía de tres meses en Canadá, regresó a Inglaterra. Una vez allí, intentó asistir a los servicios en la iglesia, pero fue desalentado por el ambiente glacial e indiferente que imperaba en las reuniones. Prefería ir a los templos cuando estaban vacíos, porque allí sentía paz. Durante un año no contó a nadie su experiencia cristiana. El deseo de fumar y beber que había tenido, se había ido sin que nadie se lo prohibiera.

En 1929 regresó a Canadá, para terminar su curso de Ingeniería en Agricultura, en la Universidad de Manitoba, Winnipeg. John y Edith Hayward, cristianos devotos, lo favorecieron y lo invitaron a vivir con ellos. Ellos solían terminar cada cena leyendo la Biblia. Cuando un amigo le regaló un Nuevo Testamento, él se encerró en su cuarto y se quedó leyendo hasta las 3 de la mañana. El día siguiente amaneció totalmente nevado, así que permaneció todo el día en cama, sólo para leer.

El segundo día, mientras leía el Evangelio de San Juan, capítulo tres, llegó al versículo 3, y se detuvo en la primera parte del verso. Las palabras «De cierto, de cierto te digo» le hicieron sentir culpable. «Justo cuando leí estas palabras – cuenta él – mi corazón comenzó a latir más fuerte. Yo sentí que alguien estaba de pie a mi lado diciendo una vez y otra vez, «De cierto, de cierto te digo». Yo solía decir, «la Biblia pertenece al occidente», pero la voz decía, «De cierto, de cierto te digo». Yo nunca me había sentido tan avergonzado como me sentí entonces, porque todas las palabras blasfemas yo había proferido contra Cristo venían ante mí. Todos mis pecados de los días del liceo y de la universidad vinieron ante mí. Por primera vez aprendí que yo era el más grande pecador, y descubrí que mi corazón era malo y sucio.

Mis pequeños celos contra mis amigos, mis enemigos, mi maldad, estaban todos claros frente a mí. Mis padres pensaban que yo era un buen joven, mis amigos me consideraban un buen amigo, y el mundo me consideraba un miembro decente de la sociedad, pero sólo yo conocía mi real estado. Lágrimas rodaron por mis mejillas y yo estaba diciendo, « Oh! Señor perdóname. Verdaderamente yo soy un gran pecador». Por un tiempo sentí que no había esperanza para mí, un gran pecador. Mientras yo lloraba nuevamente, la Voz dijo, «Este es mi cuerpo molido por ti, esta es mi sangre derramada para la remisión de tus pecados». Entonces supe que sólo la sangre de Jesús podía lavarme de mis pecados. No sabía cómo pero sólo sabía que la sangre de Jesús podía salvarme. No podía explicar el hecho, pero gozo y paz vinieron a mi alma; yo tuve la seguridad de que todos mis pecados fueron borrados».

Poco después, Bakht consiguió su propia Biblia y comenzó a leerla, desde Génesis a Apocalipsis, con gran fruición. Solía leer hasta 14 horas seguidas. En poco más de dos meses terminó la Biblia completa, y varias veces el Nuevo Testamento. Luego comenzó a leerla de nuevo, por segunda y tercera vez. En los próximos dos años dejó de leer toda clase de revistas, periódicos y novelas, para dedicarse sólo a la lectura de la Biblia. Su conocimiento y su fe fueron creciendo rápidamente.

Un día, al llegar a Hebreos 13:8, leyó: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Por muchos años, él había padecido catarro nasal, sin que los muchos médicos consultados pudieran ayudarle de verdad. A ello se habían agregado problemas con la vista. Entonces oró: «¿Sanarás mi nariz y me darás buena vista?». Por la mañana, cuando se despertó, descubrió con mucha alegría que había sido sanado. Desde entonces, no sólo él fue sanado, sino muchos más fueron sanados por la oración.

El 4 de febrero de 1932, Bakht Singh se bautizó en Vancouver, Canadá. Después del bautismo, iba de un lugar a otro dando su testimonio. Dos meses después, él fue confrontado por el Señor acerca de su futuro, y decidió dejar de lado sus ambiciones terrenales, para consagrarse por entero al Señor.

Sin embargo, él sintió que el Señor le estrechaba el camino. «Tendrás que vivir por fe. Tú no debes pedir nada a nadie, ni siquiera a tus amigos o relaciones. No debes pedir ni siquiera una taza de café. Tú no estás para hacer ningún plan». A esto, el incipiente siervo de Dios replicó: «Señor, por un lado tú quieres que yo renuncie a todos mis derechos de propiedad y de tener un hogar, y me dices que viva simplemente por fe. ¿Quién va a proveer para mis necesidades?». Entonces, sintió que el Señor le decía: «Ese no es tu problema».

Posteriormente, él sintetizó así las condiciones de su llamamiento: 1. No te insertes en ninguna organización – sirve a todos por igual. 2. No hagas tu propio plan. Permíteme guiarte y llevarte en cada paso del camino. 3. No hagas saber tus necesidades a ningún ser humano. Sólo pídeme y yo te proveeré para tus necesidades.

Durante un año, Bakht Singh permaneció en América como predicador, porque ya había dejado de lado su carrera de Ingeniero. El 19 de octubre de 1932 escribió a sus padres relatándoles su conversión. Cinco meses después –el 6 de abril de 1933– él regresó a Bombay, tras siete años de ausencia. Tenía 30 años de edad.

El regreso

En Bombay se reunió con sus padres. «Nosotros somos los únicos que sabemos que eres un cristiano», le dijeron. «Por favor guárdalo en secreto y puedes leer tu Biblia e ir a la iglesia cuando quieras». «¿Puedo vivir sin respirar?», contestó Singh. «Yo le he dado mi vida entera a Cristo que murió por mí. No puedo seguirlo en secreto». «Si no puedes guardar el secreto, entonces no puedes venir a casa», contestaron sus padres, y lo dejaron allí.

Sin embargo, sus padres quedaron tristes. Su padre acudió a connotados maestros hindúes a preguntarles cómo podía conseguir paz. Ellos le dijeron que era una cosa difícil de lograr. Entonces un domingo pasó frente a un templo. El servicio estaba a punto de comenzar. Entró sin ninguna intención particular, y ocupó un asiento en la parte de atrás. Justo cuando comenzó el servicio, él vio una gran luz que le hizo exclamar: «Oh Señor, tú eres mi Salvador también». Entonces se entregó al Señor y una gran paz inundó su alma. Desde entonces su padre le apoyó decididamente en su ministerio entre los hindúes. El resto de la familia llegó también paulatinamente a la fe.

Singh empezó como un ardiente predicador itinerante a lo largo de la India, y alcanzó a muchos con el evangelio. Después de servir por algunos años, Dios trajo un avivamiento poderoso a través de él a Martinpur (ahora parte de Pakistán) y otros lugares en Punjab. «El papel de Singh en el avivamiento de 1937 que envolvió a la iglesia en Martinpur inauguró uno de los movimientos más notables en la historia de la iglesia en el subcontinente indio», declaró el Jonathan Bonk en el Diccionario Biográfico de Misiones Cristianas, publicado por Simon & Schuster Macmillan, en 1998. «Los años tempranos de su ministerio fueron marcados por poderosos milagros y maravillas, incluyendo curaciones físicas y grandes avivamientos».

En 1937, Singh fue uno de los oradores en la Convención de Sialkot, que era organizado por la Iglesia presbiteriana y otras denominaciones. Habló de Lucas 24:5 «¿Porque buscáis entre los muertos al que vive?». Su predicación electrizó a los participantes y organizadores por igual. En las palabras de J. Edwin Orr, Historiador británico de la Iglesia, «Bakht Singh es un evangelista indio equivalente a los mayores evangelistas occidentales, tan hábil como Finney y tan directo como Moody. Él fue un maestro de Biblia de primera clase del orden de Campbell Morgan o Graham Scroggie».

Pronto Bakht Singh se volvió un nombre familiar entre los cristianos protestantes a lo largo de la India. Las noticias de su vida extraordinaria y ministerio se encendieron por el mundo a través de las revistas misioneras y boletines. Él fue uno de los más buscados entre los evangelistas jóvenes en India en ese momento. Sólo en un mes recibió más de 400 invitaciones de toda India. En 1938, él fue a Madras y después a Kerala y otras partes de India Sur. Miles de personas se volvieron a Cristo. Según Dave Hunt, autor y escritor, «La llegada de Bakht Singh volvió las iglesias de Madras al revés... Las muchedumbres se reunieron al aire libre, tantos como 12.000 en una ocasión para oír a este hombre de Dios. Muchos tremendamente enfermos se sanaron cuando Bakht Singh oró por ellos, incluso sordos y mudos empezaron a oír y hablar».

Inicio de la obra

Siempre que la iglesia –el Cuerpo de Cristo– pasa a través de un declive espiritual, el Señor, que es la Cabeza de la iglesia, levanta a sus vasos escogidos para traer vitalidad al Cuerpo. Sin embargo, el ministerio de Singh no fluyó por los cauces habituales. Singh comprendió que el nuevo vino requería nuevos odres.

Tras una noche de oración, junto a algunos de sus co-obreros, en la cima de un monte en 1941, tuvo la visión de empezar a contextualizar el patrón de las asambleas locales en los principios del Nuevo Testamento.

El Señor lo llevó a él y sus co-obreros para establecer una iglesia local para cumplir los cuatro propósitos de la Iglesia sobre la base de Hechos 2:42. Estos principios pueden ser aplicados en cualquier país, en cualquier cultura sin comprometer la Palabra de Dios revelada. Los cuatro propósitos de la Iglesia son:

1) Mostrar la llenura de Cristo (Efesios 1:22–23).
2) Perseverar en la unidad de Cristo - la unidad de todos los creyentes (Efesios 2:14-19). 
3) Perseverar en Su sabiduría (Efesios 3:9-11) 
4) Mostrar Su gloria (Efesios 3:21 y Hechos 2:42). «Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones».

La primera iglesia se estableció en Madras, Tamil Nadu, el 12 de julio de 1941, y fue llamada «Jehovah Shammah». En la década de los ‘50 surgieron otras en Madras e Hyderabad en el Sur, y en Ahmadabad y Kalimpong en el Norte. Singh sostuvo su primera ‘Santa Convocación’, basada en Levítico 23, en Madras en 1941. Pero la asamblea en Hyderabad siempre fue la más grande, atrayendo a unos 25.000 participantes. Comían y dormían en tiendas, y se reunían bajo un gran toldo de paja para largas horas de oración, alabanza y reuniones de instrucción que empezaban al alba y acababan tarde por la noche. No se reclutaban trabajadores para las reuniones. El cuidado y alimentación de los invitados era manejado por voluntarios. Los gastos para las reuniones eran solventados por ofrendas voluntarias. No se pedía dinero desde fuera.

Desde Madras a Hyderabad

Bakht Singh creía firmemente en la eficacia de los obreros nativos para hacer la obra de Dios en la India. Por años, el país había dependido de las misiones extranjeras, por eso, parte de la visión de Singh incluía la preparación de obreros. A mediados de los ‘50 el Señor proporcionó los medios para albergar el ministerio de la iglesia extra local. Él llamó el nuevo lugar ‘Hebrón’, en Hyderabad. Allí eran enseñados los nuevos obreros en las Escrituras diariamente, participaban en los quehaceres domésticos y predicaban y daban testimonio en la calle. Ellos se quedaban hasta que habían aprendido lo que necesitaban saber, y entonces salían para hacer la obra de Dios, volviendo cuando quisieran.

El trabajo del Señor creció y se multiplicó. De los 1950’s a los 1970’s las iglesias locales establecidas por Bakht Singh y sus co-obreros eran las iglesias locales con más rápido crecimiento en India. Estas dos iglesias crecieron cualitativa y cuantitativamente intentando mostrar cómo se cumplían los cuatro propósitos de la iglesia.

Cierta vez que Singh estaba ministrando en Filadelfia, USA, le preguntaron sobre el papel de los misioneros americanos en la evangelización de su país, él dijo escuetamente: «Ellos ya no son necesarios en la India». Bob Finley, Presidente de Christian Aid Mission, dice haber sido testigo de cómo en Hebrón se preparaban más de cien misioneros para el servicio, mientras que otros cien comenzaban a hacer sus primeras armas en el campo.

Con su habitual franqueza, Bakht Singh solía decir a los occidentales: «Ustedes sienten compasión por nosotros en India debido a nuestra pobreza material. Los que conocemos al Señor en India sentimos aflicción por ustedes en América a causa de su pobreza espiritual, y oramos para que Dios les dé el oro refinado en fuego que Él prometió a aquéllos que conocen el poder de Su resurrección...

«En nuestras iglesias nosotros nos pasamos cuatro o cinco o seis horas en oración y alabanza, y frecuentemente nuestra gente sirve al Señor en oración toda la noche; pero en América después que ustedes han estado una hora en la iglesia, empiezan a mirar sus relojes. Oramos para que Dios pueda abrir sus ojos al verdadero significado de la adoración. Para atraer a las personas a las reuniones, ustedes tienen una gran dependencia de los carteles, de la publicidad, la promoción y los recursos humanos; en India no tenemos nada más que al Señor mismo y probamos que Él es suficiente. Antes de una reunión cristiana en India nosotros nunca anunciamos quién predicará.

«Cuando la gente viene, vienen a buscar al Señor y no a un ser humano o a oír a alguien especial favorito que les habla. Nosotros hemos tenido unas 12.000 personas reunidas sólo para adorar al Señor y tener comunión juntos. Estamos orando para que las personas en América también puedan venir a la iglesia con hambre de Dios y no meramente hambre para ver alguna forma de entretenimiento o oír coros o la voz de algún hombre».

El ministerio en ultramar

En el año 1946, Bakht Singh dejó la India para desarrollar su ministerio en Europa, el Reino Unido, EE.UU. y Canadá. El Señor lo usó poderosamente en cada lugar, particularmente en la Conferencia Misionera de Estudiantes del Inter Varsity (ahora conocido como Convención Urbana) en Toronto, Canadá, donde él era uno de los principales oradores. Entre los que asistieron a la conferencia estaba Jim Elliott, quien fue martirizado en Ecuador en el año 1956 junto con otros cuatro misioneros americanos. En los años 50, Bakht Singh ministró en Australia, varias partes de Asia, África y los Estados Unidos de América. Dondequiera que él fue, el Señor lo usó para extender Su fragancia. Él era de hecho una brisa de aire fresco en medio de las iglesias tibias, y de los cristianos que tenían una forma de piedad pero que negaban la eficacia de ella.

En Australia, a través de su ministerio, el Señor inquietó a algunos creyentes para reunirse basándose en Hechos 2:42. Hay varias asambleas, particularmente en el área de Sydney que todavía se reúnen allí ahora como resultado del ministerio de Bakht Singh en los 1950’s y 60’s.

En 1969-70, Bob Finley invitó a Bakht Singh para hablar en el Instituto de las Misiones Indígenas en Washington, DC. El propósito principal del Instituto era darle a los estudiantes internacionales y escolares cristianos que retornaban, la visión de la iglesia del Nuevo Testamento basada en los principios del Nuevo Testamento ya practicados por Bakht Singh. Durante esos años él viajó también extensamente por varias partes de los Estados Unidos y Canadá ministrando en iglesias de diferentes denominaciones.

En 1974, después de su visita al Congreso de Evangelización Mundial en Lausanne, Suiza, Bakht Singh visitó varias partes de Europa, el Reino Unido, y los Estados Unidos. Durante esa visita él alentó la realización de Asambleas Santas en Nueva York, y en Sarcelles, Francia. El Señor usó estas Asambleas Santas para edificar a los creyentes de varias partes de Europa, el Este Medio y otros lugares.

Días finales

Singh contrajo el mal de Parkinson y estuvo totalmente postrado durante sus últimos diez años. Una pareja india se dedicó a cuidar de él todo el tiempo. Según el testimonio de sus biógrafos, cuando se acercaba el tiempo de su partida, ocurrieron una serie de hechos naturales significativos, «que hicieron recordar que él era un hombre enviado de Dios para la edificación de Su cuerpo y para Su gloria eterna». Por ejemplo, sólo unas horas antes de que él durmiera en Cristo, el domingo 17 de septiembre a las 6:05 de la mañana, hubo un terremoto en y alrededor de Hyderabad, junto con continuos e inusuales truenos y relámpagos. El día 22, justo antes de su sepultación, el sol brillaba esplendorosamente, y un arco iris rodeó el sol durante un breve tiempo. Cuando el arco iris desapareció, un anillo brillante que se parecía a una «corona» aparecía alrededor del sol. Entonces, de repente, bandadas de palomas volaron encima de Hebrón en el momento en que la procesión fúnebre accedió al cementerio.

Las personas vinieron de toda la India y de otros países a pagar su último homenaje y tributo a su padre espiritual. Una multitud de cristianos de todas las denominaciones, idiomas, tribus y colores se reunieron, alabando a Dios por cada recuerdo dejado por este hombre de Dios. Las noticias de su partida se extendieron como el fuego y más de 600.000 vinieron a homenajearlo entre el 17 y el 22 de septiembre. Según David Burder, miembro de Christian Aid en Delhi, unas 250.000 personas asistieron a sus funerales, las cuales, sosteniendo sus Biblias en alto, siguieron el carro que llevaba los restos mortales al cementerio general. Un policía comentó: «Esta es la primera vez que he visto tan grande y pacífica procesión hasta ahora en todos mis años de servicio».

El secreto de su vida espiritual

El Señor usó a Bakht Singh como Su vaso escogido para enriquecer y reforzar la vida espiritual de muchos cristianos alrededor del mundo. Él ministró a Cristo y la visión de la Iglesia. Pocos quedaron al margen del impacto de su vida y ministerio: individuos, denominaciones, sociedades misioneras, clérigos, laicos y no cristianos. De Cachemira a Kerala, muchos fueron desafiados y transformados por sus mensajes basados en la Biblia y ungidos por el Espíritu; y dondequiera que él fue, centenares iban a oírle hablar y compartir la Palabra de salvación.

La vida y ministerio de Bakht Singh ha sido comparado a menudo con Hudson Taylor y otros grandes cristianos; compartió jornadas espirituales con Billy Graham, Francis Schaeffer y Martin Lloyd-Jones, por nombrar algunos.

Muchos le preguntaron sobre el secreto de su vida espiritual. He aquí algunas de las claves:

1) Su total dependencia del Dios viviente.

2) Él aceptaba la Biblia como la Palabra de Dios y animaba que cada creyente tuviera su propia Biblia y viviese en obediencia total a la Palabra revelada de Dios. Su visión de la Palabra de Dios y su memoria fotográfica de las Escrituras eran legendarias. Bob Finley decía: «Yo nunca he visto a un hombre con un conocimiento y entendimiento mayor de la Biblia que Bakht Singh. Todos nuestros predicadores occidentales y maestros parecen ser niños ante este gran hombre de Dios».

Durante la visita de Bakht Singh a Inglaterra en 1965, Martin Lloyd-Jones, el afamado expositor y maestro de la Biblia y Keith Samuel, uno de los oradores de Convención de Keswick se reunieron con Bakht Singh. Ellos pasaron varias horas haciéndole preguntas de la Palabra de Dios. Las respuestas de Bakht Singh desafiaron y sorprendieron a estos hombres. Entonces Martin Lloyd-Jones le preguntó cómo él había entrado en tal visión y conocimiento de la Palabra de Dios. Bakht Singh respondió que simplemente leyendo y meditando en la Palabra de Dios sobre sus rodillas. La mayor parte de su vida, hasta que se puso enfermo, él leyó la Biblia de rodillas y meditó en ella durante horas. El Espíritu Santo de Dios le reveló cosas maravillosas de Su Palabra.

3) Buscó e hizo la voluntad de Dios costase lo que costase.

4) Tenía una pasión por Dios y compasión por las almas.

5) Descubrió y practicó la adoración bíblica y animó a todos los santos varones y mujeres a adorar al Señor en espíritu y en verdad.

6) Alentó la comunión entre los santos introduciendo la ‘fiesta de amor’.

7) Una de sus más grandes contribuciones fueron las Santas Convocaciones anuales. La primera asamblea se realizó en Jehovah Shammah, Madras, en diciembre de 1941, que duró 19 días. Norman Grubb, que era el Director Internacional de la Cruzada de Evangelización Mundial, decía esto sobre su visita a la Santa Convocación en Hyderabad: «A nosotros los occidentales, la parte más llamativa de toda la obra con Bakht Singh son las Asambleas Santas sostenidas anualmente en Hyderabad... El hermano Bakht Singh convoca estas asambleas anualmente donde se amasan juntas varios miles de personas en cuartos cerrados y todos alimentados por el Señor durante una semana sin solicitar nada a los hombres ... He aquí un indio probando a Dios».

8) La indigenización de los principios del Nuevo Testamento en las iglesias locales. Después de visitar Hyderabad en los 1950’s, Norman Grubb anotó en su libro Una vez Cogido, no hay Escape: «En estas iglesias con fundamentos neotestamentarios he visto la mejor réplica de la iglesia primitiva y un modelo para el nacimiento y crecimiento de iglesias jóvenes en todos los países de la misión».

9) La vida de fe. Bakht Singh era un hombre de fe. Él confió en el Señor para todas sus necesidades a lo largo de su vida. El Señor honró su fe y no sólo proveyó para sus necesidades y para el ministerio, sino también lo usó poderosamente para desafiar al pueblo de Dios sobre la importancia de confiar en Dios para sus necesidades.

10) Las procesiones evangelísticas testificando de Cristo. Durante sus campañas de evangelismo, dondequiera que él fue, hizo procesiones evangelísticas por las ciudades llamando a las gentes para Cristo. La más grande de todas fue la que siguió su urna al cementerio donde cientos de miles marcharon cantando y alabando Dios. Aunque él murió, su trabajo y ministerio lo siguen.

11) La vida de oración. Bakht Singh era un hombre de oración. Él ocupó horas sobre sus rodillas en comunión con el Señor buscando la mente de Señor con respecto a Su voluntad acerca del trabajo y ministerio. Por consiguiente, el Señor también lo honró y lo bendijo más allá de cualquier comprensión humana. Ésta es una de las razones de por qué el Señor lo usó tan poderosamente para la edificación de Su Cuerpo y para la extensión de Su reino glorioso en India y en el extranjero.

Aunque él ya está muerto, todavía habla. La obra que el Señor empezó a través de Su siervo y sus primeros colaboradores, como el hermano Fred Flack, Raymond Golsworthy, John Carter, el hermano Dorairaj, el hermano Rajamani y algunos otros, no sólo puede continuar, sino que se multiplicará hasta el día de nuestro Señor Jesucristo.

Que esta visión y enseñanza acerca de iglesias locales basadas en el modelo del Nuevo Testamento puedan levantarse por todo el mundo para la edificación de Su Cuerpo y para Su gloria.

La vida familiar de John Paton

D. Kenaston

Mi alma magnifica al Señor mientras contemplo la joya del hermoso carácter, de la persona a la que se refiere este estudio. John Paton era un distinguido misionero. Su autobiografía es muy parecida a la historia de la iglesia, escrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles. En verdad, era un apóstol («uno enviado») a los paganos que vivían en las islas Nuevas Hébridas, al Sur, en el Océano Pacífico. Nació en Escocia en el año 1824, y falleció en 1898. He sacado este estudio de su autobiografía.

Empezando este estudio, quiero hacer notar la herencia que recibió este santo misionero, en la forma de su parentesco. Sé que Dios no tiene preferencia de personas, él usa a cualquiera y a todos los que se le rinden a él de todo corazón. A pesar de esto, me parece que los que han sido preservados del mucho pecar, al ser criados en un hogar cristiano, tienen ciertas ventajas. Esto debe incentivarnos a que todos, seamos jóvenes o ancianos, busquemos más de él. A los jóvenes, en mantenerse puros, porque a veces las cicatrices estorban al creyente. A los ancianos, en guardar a sus hijos del malo, para el futuro beneficio de ellos. No estoy diciendo que Dios no usa a otras personas de una manera poderosa; porque, sí, ha usado a varias personas, las que nunca tuvieron un buen hogar durante su niñez. Lo que quiero decir es que los que se han criado sin restricciones pueden tener más obstáculos en la vida cristiana.

John se crió en un hermoso hogar cristiano. Su papá buscaba a Dios con sinceridad desde su juventud. Cuando era un joven, casi a diario se iba a un lugar solitario dentro del bosque, para orar, memorizar la Biblia y meditar. Estos ejercicios se hicieron costumbres diarias durante toda su vida. A sus 17 años, Dios le guió al nuevo nacimiento. Desde entonces, James Paton empezó a hacer en su vida muchas y profundas decisiones, las cuales afectaron el resto de su vida, y las vidas de toda su familia en el futuro. Leyó la historia de las vidas de los primeros reformadores escoceses, quienes no pudieron aceptar que el rey de Inglaterra fuera la cabeza de la iglesia. Por esto centenares de ellos sufrieron el martirio. Y en su corazón, James dijo: «Voy a ser un cristiano de esa clase.» Aun cuando vivía con sus padres, les pidió a ellos que siguiesen el ejemplo de esos hombres santos, en tener un culto familiar cada mañana y cada tarde. Y, sus padres consintieron, porque James ofreció ayudar a dirigir esos cultos. Una vez que empezó, James continuó realizando cultos familiares diariamente hasta su muerte, a la edad de 77 años.

La mamá de John, Yanet, también fue reconocida desde su juventud por su piadoso carácter. Juan describió a su querida mamá con palabras que claramente revelan la influencia que ella tenía sobre él, diciendo: «Nuestra heroica mamá tenía un corazón resplandeciente, mucho ánimo y paciencia en el trabajo.» En su vejez, Juan, recordando esa influencia, dijo: «La admiro en mis memorias». Así, James y Yanet Paton empezaron a formar su hogar con una consagración cristiana. Dios les dio once hijos, de los cuales Juan fue el primogénito. Era costumbre en aquella época dedicar al servicio de Dios al primer hijo varón, y así, John fue dedicado al nacer. Años después, cuando John luchaba en su corazón si ir o no a los paganos, sus padres le enteraron de esa secreta dedicación y de sus oraciones por él. ¡Durante veinte años habían orado para que Dios lo mandara a los paganos! Al escuchar esto, John se adelantó en fe, no dudando nunca más de su llamado.

Estudiando las historias de los hogares piadosos, he notado que el modo de influencia no es siempre igual. En algunos, el padre no es muy activo en la enseñanza de los hijos, pero la madre derrama su vida por ellos. En otros, el padre tiene la visión y la madre nada más se ocupa en cuidar la casa, sin dar a los hijos mucho cuidado espiritual. Las dos modalidades han producido simientes piadosas, para la gloria de Dios, quien cuida todos los hogares. Escribo esto para animar a los padres y madres que no tienen a un compañero que ande de acuerdo al rol bíblico. ¡Oh, qué poder hay en un hogar que tiene a los dos padres unidos en la visión de criar a siervos para el Dios Omnipotente! En este estudio ha sido difícil discernir cuánta influencia tenía la madre de John, porque era una «mujer escondida», o sea, sus labores no se veían públicamente. Por esto, vamos a enfocar al padre, pues John escribió más acerca de él en su autobiografía.

La casa del hombre piadoso

Quizás te parece algo extraño que en un estudio de la vida hogareña se haga notar la casa de un hombre, pero permíteme explicar. La casa de James Paton tenía tres distintas secciones. A un costado estaba el área donde trabajaba la mamá – cocinando, lavando ropa y platos y, cumpliendo con otros quehaceres.

Los niños dormían en esta sección. Al otro lado de la casa estaba el área del padre. Allí él trabajaba, tejiendo medias en sus telares. James trabajaba de esta manera en casa, pudiendo así vigilar en todo tiempo los asuntos de su hogar. Entre esas dos áreas había un ambiente al que se le llamaba «el cuarto privado».

Ese fue un cuarto interior, donde dormían los padres; pero más importante, servía como un lugar para renovar la vida espiritual. Allí entraba James a menudo, cerrando la puerta y orando al padre celestial. (Mt. 6:6). Las tres partes fueron usadas por los padres con un propósito definido, como herramientas en manos de padres dedicados. Y así, se crió una familia unida y ordenada, en la casa del piadoso hombre, James Paton.

Las oraciones del hombre piadoso

La gran fuerza de James radicaba en sus oraciones. Era un hombre orante, en público y en privado. El cuarto privado fue el Santuario de la pequeña casa; el lugar donde se promovía el fuego del corazón. A diario y varias veces durante el día, el padre de John se retiraba a su cuarto privado. Después de cada comida, del mismo modo entraba, cerrando la puerta para orar. Los niños entendieron, mayormente por instinto, que debían comportarse quietamente - ¡papá está orando! Oraciones intercesoras se levantaban inagotablemente por la familia. Y los niños escuchaban el sonido de la voz entrecortada que rogaba a Dios por más fuerza. Así, el padre de este hogar vivía en la presencia divina de Dios, lavándose de continuo en esa comunión. ¡Qué ejemplo para los hijos! Dijeron con seguridad dentro de sí mismos: «Papá camina con Dios, entonces, ¡nosotros podemos también!». ¡Oh, qué santas lecciones les fueron enseñadas, mirando la cara resplandeciente de su papá, cuando salía de su cuarto, después del tiempo de oración! No se puede medir la influencia de ese hombre orante, porque la oración es una de las misteriosas herramientas escondidas que moldean las vidas de los niños.

John dio testimonio de su padre, «arrodillado, con todos nosotros, sus hijos, alrededor, derramaba su alma con lágrimas pidiendo por la conversión de los paganos, y por cada necesidad personal y domestica». «Todos nos sentíamos en la presencia del Salvador Viviente, y aprendimos a conocerle y a amarle como nuestro Amigo Divino». Sigue John, «a veces, mirando la luz de su rostro, esperé que fuese yo igual a él en espíritu, y que, como respuesta a sus oraciones, yo fui también privilegiado y preparado para llevar el evangelio a una y otra región del mundo pagano».

Amados hermanos y hermanas, roguemos a Dios que seamos tal como era James Paton, para que nuestros hijos tengan un ejemplo real de alguien que ora.

El orden del hombre piadoso

James tenía grandes deseos de ser ministro del evangelio. Con todo, no se le abrió camino, y en lugar de esto dedicó su tiempo para criar hijos que pudiesen cumplir esas aspiraciones. Hemos notado sus oraciones, las cuales fueron un hermoso detalle del orden en el hogar. Los cultos familiares nunca fallaron - mañana y tarde. Estos tiempos de devoción fueron divididos en tres partes. Leer y explicar una porción de las Escrituras, cantar salmos e himnos y orar; el padre dirigiendo todo. Así pasó durante cuarenta años, y aun cuando los hijos se habían ido del hogar, el padre continuó orando por ellos. John dijo: «Ni apuro para ir al mercado, ni el negocio, ni visitas, ni tristeza, ni gozo, ni novedad excitante impidieron los cultos familiares». Durante cuarenta años, James se ausentó de los cultos públicos solamente tres veces, y el gozo y entusiasmo para asistir a éstos se pasó a todos en la casa. Los hijos crecieron escuchando muchas conversaciones sobre temas espirituales. Para Santiago, el cristianismo fue una bendición, y el vivir para Dios un gozo; y John captó el espíritu de esto desde su niñez.

El día del Señor se convirtió en el día más ansiado de la semana. No fue un día para abstenerse de muchas cosas, sino el día que todos esperaban durante toda la semana. El domingo empezaba con el paseo de 6 kilómetros a la iglesia, charlando y transitando alegremente toda esa distancia. Los sermones fueron llenos de celo y unción. Después, fueron seriamente meditados, mientras la familia volvía a casa. Por causa de los muchos niños, a veces Yanet no pudo asistir a la iglesia. Así, James y los niños mayores tenían el gozoso deber de compartirle el sermón. James repetía a ella partes del sermón, paseándose de aquí para allá en la casa. Los niños tomaron la tarea de leer los versos bíblicos citados. Quizás alguna historia bíblica era añadida, o algo del libro «El Progreso del Peregrino». Por la tarde, el padre enseñaba aún más, muchas veces del Catecismo Corto, con explicaciones de los versículos referidos. Analizando las santas actividades de esa familia, un sentimiento de unidad familiar se me acentuó.

Otro punto digno de notar en la vida hogareña de los Paton, es que a veces se ocupaba la vara para castigar. El hogar fue guiado más por amor que por el temor; la obediencia era lo normal. Sin embargo, había ocasiones cuando se necesitaba la vara. Estas ocasiones fueron tiempos santos y reverentes. Primeramente, James entró en su cuarto privado y oró, pidiendo sabiduría y derramando ante Dios la situación. Realmente, esto era la parte más grave para los niños. Fue un mensaje a su conciencia, trayendo a la disciplina por aplicar, al Todopoderoso. Al ver el dolor y el sacrificio que sufrió su papá al castigarlos, el amor de los niños para él abundó. Las necesidades de ocupar la vara para castigar por un mismo asunto no fueron numerosas, porque se aplicaron eficazmente.

Las relaciones del hombre piadoso

El capítulo 4 de Malaquías habla de la importancia y el poder de una relación entre un padre y sus hijos. La unidad entre este padre y su hijo, James y John, es un merecedor ejemplo. Al estudiar del amor y el respeto entre ellos, y del vínculo entre sus almas durante todos sus días, dulces memorias llegaron a mi mente; las de despedir a dos de mis propios hijos al irse al campo misionero. La gran cantidad de profundos y silentes mensajes que se comunicaron el uno al otro en esos momentos, nunca los podré olvidar. En su autobiografía, John describe la despedida del hogar de sus padres, para ir a prepararse para la obra misionera. Tenía 22 años entonces. Citaré varias partes de su autobiografía a continuación, para hacer notar de mejor manera el respeto que él le tenía a su papá.

«Mi querido papá caminó conmigo durante los primeros nueve kilómetros. Sus consejos, lágrimas y charlas celestiales todavía están frescas en mi corazón, como que si ayer me hubiere hablado. Las lágrimas caen por mis mejillas, sin impedimento en este momento, igual que fluyeron en ese entonces, mientras las memorias me regresan. Durante el último kilómetro, caminamos sin pronunciar palabra. Sus labios se movían, orando en voz baja y nos mirábamos el uno al otro varias veces, pero sin poder hablar. Nos paramos en el lugar de la despedida; mi papá, silenciosa y firmemente agarró mi mano durante un minuto, y luego dijo, muy solemne y cariñosamente: ¡El Dios de tu papá te prospere y te cuide de toda maldad!

Sin poder decir más, sus labios siguieron moviéndose en oración silente. Con lágrimas rodando por nuestras mejillas, nos abrazamos y partimos cada uno por su camino. Justo en el lugar donde yo debía doblar la esquina, di la vuelta y le vi, mirándome. Haciéndole una señal con mi sombrero lo saludé, luego seguí caminando y desaparecí de su vista. Pero mi corazón estaba demasiado constreñido y dolorido para seguir caminando, entonces apuradamente fui a la orilla del camino, donde lloré largo tiempo. Terminando de llorar, subí el dique para ver si todavía estaba mi papá en el lugar donde me aparté de él. En ese momento le vi subiendo el dique también, tratando de localizarme. No me vio y después de buscar un rato, se bajó y se fue hacia la casa. Le miré con lágrimas ardientes cayendo de mis ojos, hasta que desapareció su figura; luego me fui. He dado un firme voto, una y otra vez, por la gracia de Dios, en vivir y portarme de tal manera que nunca deshonre a los benditos padres que Dios me dio».

Oh, ¡qué hermosas palabras manaban del corazón del hijo amante! Son un humillante desafío para mí. Es fácil comprender en esas palabras que lo que hacemos en nuestros hogares, durará en nuestros hijos mucho tiempo después de nuestra partida. Que Dios renueve nuestra visión de construir fuertes vínculos con cada uno de nuestros hijos, mientras aún los tengamos en el hogar.

El fruto del hombre piadoso

Hay mucho que escribir bajo este título, a causa de los muchos años del fiel servicio de John. Todo lo que John fue y lo que hizo, inspira mi corazón.

Recomiendo que todos lean su autobiografía. Pero antes de terminar este estudio, quiero referirme un poco más a la juventud de John. Se crió en la pobreza. La familia grande en la que vivió produjo un ambiente de escasez, que moldeó su carácter.

Muchas veces miramos tales circunstancias como obstáculos y fuente de duras penas. Pero específicamente, no es así. De hecho, Dios usa esas circunstancias para amoldar a su escogido siervo para la gloria de Su nombre. Juan empezó a trabajar en el negocio de su padre a los seis años de edad. Antes de llegar a los doce años, trabajaba desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche. Tuvo tiempo para las comidas, pero las horas de trabajo fueron cuantiosas y fatigosas. Lo que John ganó en aquel trabajo se usó para el mantenimiento de la familia. Esto hizo que no pudiera asistir a la escuela. Pero ese joven que tenía deseos de ser misionero no fue frenado en el aprender.

Desde la edad de los doce años, tuvo deseos de ser misionero, y en cada momento que pudo se ocupó en el estudio y preparación. Según nuestra perspectiva moderna, podemos razonar que no era justo o que era malo tratar a un hijo así. Pero debemos considerarlo otra vez. En aquellos tiempos, un muchacho se consideraba como un hombre a los doce años. Nuestra moderna mentalidad en el jugar nos ha cegado acerca de las capacidades de un niño. Pensamos que los niños deben tener muchos años de diversiones y juegos antes de llegar a tener responsabilidades. Pero para John, sus dificultades y responsabilidades le ayudaron a prepararse para el campo misionero.

Hermanos y hermanas, preparemos a soldados listos para las guerras espirituales de este mundo. No hay ejército que entrene a sus soldados con juegos y diversiones a fin de prepararlos para una difícil y grave batalla. Del mismo modo, el Señor de la mies mandará obreros bien competentes a sus campos.

Los Hermanos Unidos

Testigos de la unidad de la Iglesia

Rodrigo Abarca

La historia de los hermanos olvidados tuvo en la antigua Bohemia (actual Checoslovaquia) una trayectoria trágica y heroica. Los nombres de Juan Huss y Jerónimo de Praga, entre otros, son recordados con amor por muchos creyentes de hoy. Sin embargo, pocos saben o recuerdan a aquellos fieles santos que junto a ellos y después de ellos combatieron ardientemente por la fe e influyeron poderosamente en los acontecimientos posteriores a la Reforma.

Precursores

Durante el siglo XV, Inglaterra fue el escenario de un importante intento de retornar a una fe más bíblica y espiritual por parte de un notable grupo de creyentes, a quienes sus enemigos dieron el nombre de Lolardos. En un principio, la suya fue una reacción contra la corrupción y la escandalosa riqueza de una parte del clero. Pero, progresivamente, fue derivando hacia un interés mucho más profundo con respecto a los asuntos básicos de la fe.

En el centro de esta reacción se encontraba John Wycliff, quien era considerado el erudito más eminente de la Universidad de Oxford en su tiempo. Éste enseñó la libertad de todo hombre de relacionarse con Dios directamente y sin intermediarios. También, que la Biblia era la única fuente de autoridad y verdad para los creyentes. No obstante, su contribución más importante fue su traducción de la Biblia al inglés común de su tiempo.

También organizó y preparó numerosos grupos de predicadores itinerantes, quienes esparcieron la semilla del evangelio por toda Inglaterra y aún más allá. Wycliff tuvo una vida larga y fructífera, y nunca pudo ser alcanzado por la mano de sus enemigos. No obstante, después de su muerte, la iglesia organizada obtuvo del rey Enrique IV la firma de varias leyes para perseguir a los Lolardos. Como consecuencia, muchos creyentes fueron capturados y ejecutados como herejes. Sin embargo, aunque exiliados y escondidos, los hermanos permanecieron activos por muchos años más.

La llama se enciende en Bohemia

Entre los estudiantes que escuchaban ávidamente a John Wicliff en Oxford, había un joven extranjero llamado Jerónimo de Praga, natural de Bohemia. Éste regresó a su patria encendido con el fuego de las enseñanzas del notable erudito inglés, y comenzó a enseñar osadamente que la cristiandad organizada se había alejado completamente del evangelio de Jesucristo, y que la salvación sólo se encontraba en las enseñanzas del mismo.

Otro joven, alto y delgado, y no obstante su juventud, también un gran erudito, lo escuchó con atención y pronto fue ganado para su causa. Se llamaba Jan Huss, y era doctor en teología, predicador oficial de la ciudad de Praga y confesor de la reina de Bohemia.

Era, además, elocuente, de maneras amables y una profunda fe, por lo que muy pronto sus predicaciones atrajeron poderosamente la atención de sus conciudadanos. La verdad es que estaba trabajando sobre un terreno largamente abonado por los valdenses, quienes habían llegado hasta allí en los tiempos de Pedro de Valdo. Y también, hablaba y predicaba en lengua checa, lo que concordaba con el sentimiento patriótico antigermano que se respiraba en su tierra, sometida bajo el yugo alemán.

La rivalidad entre teutones y checos tomó entonces una forma religiosa, pues los primeros se alinearon con la iglesia organizada, mientras que los últimos con las enseñanzas de Wycliff. El Arzobispo de Praga excomulgó a Huss y quemó públicamente los escritos de Wycliff. Sin embargo, El rey de Bohemia, la nobleza y el pueblo, le dieron su apoyo. Entonces se realizó el Concilio de Constanza, y Huss fue llamado a comparecer amparado en un salvoconducto del Emperador, quien comprometía su palabra garantizándole protección. Sin embargo, los clérigos del concilio lo arrestaron de inmediato y lo arrojaron a un calabozo, después de recibir y promulgar la conveniente e infalible «revelación» de que la iglesia no está obligada a guardar la palabra dada a los herejes.

Huss resistió valientemente el escarnio, la burla, las amenazas y las torturas a las que fue sometido para que abjurara de su fe. Nada logró intimidarlo. Finalmente, fue condenado a ser quemado en la hoguera por «estar infectado con la lepra de los valdenses» y haber sostenido las doctrinas heréticas de John Wycliff. La sentencia se cumplió el 6 de Julio de 1415.

Pero las enseñanzas de Jan Huss no murieron con él. Jerónimo de Praga continuó predicando en su ciudad, y pronto lo siguió en el camino del martirio. Sus seguidores se dividieron en tres grandes corrientes: Aquellos que dispusieron a tomar las armas y luchar por «su fe y su patria»; aquellos que buscaron un entendimiento y arreglo con la iglesia organizada; y, finalmente, aquellos que dispusieron a afrontar valiente y pacíficamente el sufrimiento y la muerte, sin transar su fe.

Los primeros, llamados taboritas, iniciaron una larga guerra contra el emperador y la iglesia organizada, con desastrosas consecuencias para ambos lados, aunque por un tiempo consiguieron imponer sus términos tras ganar lagunas batallas importantes. Los segundos, conocidos como utraquistas, convinieron en formar una iglesia nacional checa, sometida al papado, pero con algunos privilegios «relativos». Los últimos, no obstante, siguiendo las antiguas enseñanzas valdenses, prefirieron poner su confianza en Cristo solamente y procuraron encontrar en la Escritura una expresión más pura y original de la iglesia, sin importar el precio que podrían pagar. Así se convirtieron en los «Hermanos Unidos».

Fe y crecimiento

Entre ellos se destacó Peter Cheltschizki, quien poseía una claro y poco común entendimiento de la iglesia, según las Escrituras. En su libro, La Red de la Fe, escribió: «En los tiempos de los apóstoles, las iglesias de los creyentes eran nombradas de acuerdo con las ciudades, villas y distritos, y eran asambleas e iglesias de creyentes, y de una fe. Estas iglesias fueron separadas de los incrédulos por los apóstoles. No pretendo que los creyentes puedan, en un sentido físico y local, estar todos separados en una calle particular de la ciudad, sino más bien, que estén unidos y asociados por la fe y se reúnan en reuniones locales, donde tengan comunión unos con otros en las cosas espirituales y en la Palabra de Dios. Y en acuerdo con tal asociación en fe y en las cosas espirituales sean llamados iglesias de creyentes».

En las palabras citadas más arriba, vemos que los «Hermanos Unidos», alcanzaron una comprensión de la verdadera naturaleza de la iglesia muy superior a la de su tiempo. Las asambleas de creyentes que menciona Cheltschiziki, se esparcieron rápidamente por todo el país. Se oponían decididamente al uso de las armas en defensa de la fe y también a cualquier acuerdo con la iglesia organizada que comprometiera la esencia de la fe. Sin embargo, tenían un espíritu abierto e inclusivo, debido quizá a la influencia valdense, y tendían a considerar y recibir a todos los hijos de Dios como verdaderos hermanos, sin importar el contexto de donde procedieran.

En 1457, un hermano llamado Gregorio fundó una comunidad de hermanos al noreste de Bohemia, en la villa de Kunwald. Muchos creyentes confluyeron allí, incluyendo seguidores de Cheltschiziki y valdenses. Aunque mantenían contacto con la iglesia utraquista, en muchos asuntos procuraron retornar a la fe y prácticas del Nuevo Testamento. Pronto, sin embargo la persecución se abatió sobre ellos desatada por la misma iglesia utraquista. Gregorio fue apresado y torturado; otro de sus líderes, Jacobo Hulava fue quemado, en tanto los hermanos se escondieron en bosques y montañas. A pesar de todo su número aumentó significativamente en todas partes.

En 1463 y luego en 1467 se realizaron conferencias generales de Hermanos donde volvieron a considerar los principios básicos de la iglesia. En esa oportunidad afirmaron nuevamente su separación de la Iglesia Oficial y se llamaron a sí mismos ‘Jednota Bratraskâ’, o ‘Unitas Fratum’, vale decir, ‘Los Hermanos Unidos’. No hicieron esto para marcar diferencias con otros hermanos de las otras muchas iglesias esparcidas en otras regiones, sino simplemente para dar un testimonio de unidad y alentar a otros creyentes que se estaban separando de la Iglesia Oficial.

En esa misma reunión fueron nombrados algunos ancianos que fueron enviados a Austria para ser confirmados por el obispo valdense, Esteban, estableciendo así una continuidad con los antiguos portadores de la antorcha del testimonio. No consideraban esto como esencial, pero deseaban expresar su unidad y continuidad con aquellos que desde los tiempos del papa Silvestre habían preservado un vínculo espiritual con la enseñanza apostólica.

Después de esto, informaron su decisión al obispo utraquista Rokycana, diciendo que en su acto de separación no estaban excluyendo a otros creyentes, pues reconocían que fuera de sus asambleas habían muchos hijos de Dios. Uno de ellos escribió: «Nadie puede decir que nosotros condenamos y excluimos a todos quienes permanecen obedientes a la iglesia Romana. Esta no es, de ningún modo, nuestra convicción.... tal como no excluimos a los elegidos en las iglesias India o Griega, tampoco condenamos a los elegidos en medio de los romanos». Este espíritu inclusivo y abierto a la unidad de todos los hijos de Dios, caracterizó siempre a los Hermanos Unidos.

Las comunidades de Hermanos florecieron en muchos lugares, especialmente en Holanda y Alemania. Además de su notable desarrollo espiritual, hubo entre ellos muchos hombres de gran preparación y capacidad intelectual, así como de posición social y riqueza, quienes estuvieron siempre dispuestos a compartir lo que tenían con sus hermanos más pobres, de modo que se puede decir también de ellos, como se escribió de los santos del Nuevo Testamento, que «no había entre ellos ningún necesitado».

Uno de sus avances más significativos fue hecho en el campo de la educación. Su meta era tener una educación basada en el Evangelio de Cristo. Sus escuelas fueron muy apreciadas y respetadas en Holanda y Alemania. Erasmo, el famoso erudito renacentista, fue alumno en una de ellas, en Deventer, Holanda. De hecho, hasta el día de hoy se estudian sus métodos y aportes al campo de la educación en muchos campus universitarios del mundo, especialmente en los escritos de uno de sus líderes más prominentes, Nicolás Comenius.

Guerras y persecuciones

En 1507, sus perseguidores de la iglesia oficial lograron persuadir al rey de Bohemia de que el poder creciente de los Hermanos era una amenaza. Este publicó entonces el edicto de Saint James, ordenando que todos ellos se unieran a la iglesia oficial o abandonaran el país. Como consecuencia, sus reuniones fueron cerradas, sus libros quemados y ellos mismo encarcelados, exiliados o cruelmente martirizados.

Con el advenimiento de la Reforma, los hermanos entraron en contacto con los líderes protestantes y sus príncipes. Cuando estalló la guerra entre católicos y protestantes, los nobles bohemios que pertenecían a los Hermanos Unidos decidieron apoyar el bando protestante. Las consecuencias fueron, una vez más, desastrosas. Pues tras ser derrotados en la batalla de Mühlberg (1547), los nobles fueron encarcelados y ejecutados por el rey de Bohemia, Ferdinand. Una vez más sus posesiones fueron confiscadas y sus reuniones clausuradas. Pero además se les ordenó dejar el país en un plazo de seis meses.

Comenzó entonces una masiva emigración, en la que grandes caravanas de hermanos se dirigieron a Polonia, y luego a Alemania buscando refugio. Allí fueron recibidos después de muchos esfuerzos y sufrimientos. Sin embargo su peregrinaje no acabó aún. Lograron regresar a su país, pero, por casi 70 años, su suerte varió de acuerdo con los vaivenes de las guerras entre protestantes y católicos, que devastaron Europa por 30 años. Pero en aquellos años realizaron la gran obra de traducir la Biblia desde las lenguas originales a su idioma nativo, el checo (1579 a 1593). Esta traducción ha sido la base de la Biblia checa hasta hoy, y además puso el fundamento para el desarrollo de la literatura checa.

La última batalla entre protestantes y católicos en Bohemia se libró en White Mountain (1620). La derrota protestante fue completa y como consecuencia 36.000 familias de creyentes fueron nuevamente obligadas a dejar Bohemia. Y esto supuso el fin de la llamada ‘religión Hussita’ que desapareció junto con la independencia de Bohemia.

Un testimonio imperecedero

No obstante, a pesar de todo, un pequeño remanente siempre se mantuvo fiel, negándose a participar de las guerras y tomar la espada. En ellos pervivió el espíritu y la visión original de los Hermanos. Estos vivieron perseguidos, errantes y ocultos, en diferentes lugares de Europa central, incluso en bosques remotos y oscuros, por muchos años. Y después de una larga peregrinación e indecibles sufrimientos, arribaron en una época posterior a una pequeña aldea en Moravia, donde el Conde Zinzendorf había construido una ciudad de refugio para los hermanos perseguidos. Y allí contribuyeron a encender una vez más la llama del testimonio de Jesucristo, proveyendo la base del futuro movimiento moravo. Sin embargo ese es otro capítulo de la historia, que será narrado más tarde.

Quizá la mejor conclusión para esta historia, que resume la visión y testimonio que por largos años levantaron los Hermanos Unidos, se encuentre en las proféticas palabras de Jan Comenius (1592-1670), referidas a las dos grandes fuerzas religiosas en pugna: «...Cada iglesia se reconoce a sí misma como la verdadera, o al menos, la más pura, mientras se persiguen entre sí con el odio más amargo. Ninguna reconciliación se puede esperar entre ellas, pues responden a la enemistad con más irreconciliable enemistad. A partir de la Biblia forjan sus diferentes credos; estos son fortalezas y baluartes detrás de las cuales se atrincheran y resisten todos los ataques. No diría que estás confesiones de fe... son malas en sí mismas. Pero se convierten, no obstante, en aquello que alimenta el fuego de la enemistad... ¿Qué se logra con esto? ¿Alguna vez ha tenido éxito una disputa erudita? Nunca. El número de ellas simplemente ha crecido... Los sacramentos, dados como símbolos de unidad, de amor y de nuestra vida en Cristo, han sido ocasión del más amargo conflicto, la causa del odio mutuo, el centro del sectarismo...».

«De esta suerte, la Cristiandad se ha convertido en un laberinto. La fe ha sido separada en miles de pequeñas partes y usted es considerado un hereje si no acepta una de ellas... ¿Qué nos ayudará? Sólo, la única cosa necesaria: Retornar a Cristo, mirar a Cristo como al único Líder, y caminar en sus pisadas, dejando de lado todo otro camino, hasta que alcancemos la meta, y vengamos a la unidad de la fe (Ef. 4:13)... Así que tú sabes, oh Cristiandad, cual es la única cosa necesaria. O bien regresas a Cristo, a vas hacia la perdición como el Anticristo. Si eres sabia y anhelas la vida, sigue al Líder, Jesucristo».

«Pero ustedes, cristianos, regocíjense en su exaltación,... escuchen las palabras del Líder Celestial: «Venid a Mí»... y respondan a una voz: «Así sea, venimos».