Mostrando entradas con la etiqueta Testimonios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Testimonios. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de abril de 2011

Cómo templar el acero

Lynell Waterman cuenta la historia del herrero que, después de una juventud llena de excesos, decidió entregar su alma a Dios. Durante muchos años trabajó con ahínco, practicó la caridad, pero, a pesar de toda su dedicación, nada parecía andar bien en su vida, muy por el contrario: sus problemas y sus deudas se acumulaban día a día.

Una hermosa tarde, un amigo que lo visitaba, y que sentía compasión por su situación difícil, le comentó: "Realmente es muy extraño que justamente después de haber decidido volverte un hombre temeroso de Dios, tu vida haya comenzado a empeorar. No deseo debilitar tu fe, pero a pesar de tus creencias en el mundo espiritual, nada ha mejorado". El herrero no respondió en seguida: él ya había pensando en eso muchas veces, sin entender lo que acontecía, sin embargo, como no deseaba dejar al amigo sin respuesta, comenzó a hablar, y terminó por encontrar la explicación que buscaba.

He aquí lo que dijo el herrero: "En este taller yo recibo el acero aún sin trabajar, y debo transformarlo en espadas. ¿Sabes tú como se hace esto? Primero, caliento la chapa de acero a un calor infernal, hasta que se pone roja. En seguida, sin ninguna piedad, tomo el martillo más pesado y le aplico varios golpes, hasta que la pieza adquiere la forma deseada. Luego la sumerjo en un balde de agua fría, y el taller entero se llena con el ruido del vapor, porque la pieza estalla y grita a causa del violento cambio de temperatura. Tengo que repetir este proceso hasta obtener la espada perfecta: una sola vez no es suficiente".

El herrero hizo una larga pausa, y siguió: "A veces, el acero que llega a mis manos no logra soportar este tratamiento. El calor, los martillazos y el agua fría terminan por llenarlo de rajaduras. En ese momento, me doy cuenta de que jamás se transformará en una buena hoja de espada. Y entonces, simplemente lo dejo en la montaña de fierro viejo que ves a la entrada de mi herrería".

Hizo otra pausa más, y el herrero terminó: "Sé que Dios me está colocando en el fuego de las aflicciones. Acepto los martillazos que la vida me da, y a veces me siento tan frío e insensible como el agua que hace sufrir al acero. Pero la única cosa que pienso es: 'Dios mío, no desistas, hasta que yo consiga tomar la forma que Tú esperas de mí. Inténtalo de la manera que te parezca mejor, por el tiempo que quieras – pero nunca me pongas en la montaña de fierro viejo de las almas".

El pequeño tambor

Testimonio real de un médico judío.

M. S. Roswally

Durante la Guerra de Secesión, yo era cirujano en el ejército de los Estados Unidos, y después de la batalla de Gettysburg había cientos de soldados heridos en el hospital; algunos de ellos habían sido heridos tan severamente que tenían que ser amputados.

Uno de estos era un muchacho que no había estado en el servicio más de tres meses. Siendo demasiado joven para ser soldado, se había alistado como tambor. Cuando mi cirujano asistente y otro ayudante vinieron a darle cloroformo para la operación, él volvió la cabeza a un lado y lo rehusó. Cuando le informaron que el doctor lo había ordenado así, él dijo: «Llamen al médico».

Yo vine a su lado y le dije: «Niño, ¿por qué rehúsas el cloroformo? Cuando te hallamos en el campo de batalla, tú estabas a punto de morir y pensé que apenas valía la pena recogerte; pero cuando abriste esos grandes ojos azules, pensé que tenías una madre en alguna parte, que tal vez en ese mismo momento pensaba en su hijo. No quise que murieras en el campo y di orden para traerte aquí; pero tú eres demasiado débil para sobrellevar una operación sin cloroformo; por tanto, haces bien en aceptarlo».

Él me tomó la mano, y mirándome dijo: «Doctor, un domingo por la tarde, en la escuela dominical, cuando tenía nueve años y medio, yo di mi corazón a Jesús. Aprendí a confiar en él desde entonces y sé que puedo confiar en él ahora. Él es mi fuerza y mi aliento; él me sostendrá mientras usted me opera».

Entonces le pregunté si podía darle un poco de coñac. Me miró de nuevo, diciendo: «Doctor, cuando tenía como cinco años, mi madre se arrodilló a mi lado, puso sus brazos alrededor de mi cuello y dijo: ‘Charlie, estoy rogando a Jesús que tú nunca conozcas el sabor de las bebidas alcohólicas. Tu papá era un borrachín y el alcoholismo fue la causa de su muerte; yo he prometido a Dios que, si es su voluntad que tú llegues a adulto, tu prevendrás a los jóvenes contra los daños del alcohol’. Ahora tengo 17 años, y nunca he gustado algo más fuerte que el té o el café; y, como estoy probablemente a punto de ir a la presencia de Dios, ¿me enviaría usted allá con coñac en el estómago?».

Nunca olvidaré su mirada. En aquel tiempo, yo aborrecía a Jesús, pero respeté la lealtad de aquel muchacho hacia su Salvador; y cuando vi cuánto le amaba y confiaba en él hasta el fin, algo tocó mi corazón e hice por él lo que nunca había hecho por otro soldado – le pregunté si quería ver a su capellán. «Oh sí, señor», fue su respuesta.

Cuando el capellán vino, reconoció inmediatamente al joven que había visto muchas veces en la tienda donde tenía lugar los servicios de oración. Tomó su mano y le dijo: «Charlie, siento verte en tan triste condición». «Oh, estoy bien, señor», dijo el joven. «El doctor me ofreció cloroformo, pero lo he rehusado; entonces él quiso darme coñac, lo que también rehusé; y ahora si mi Salvador me llama, puedo ir a él con mi conciencia limpia.»

«No morirás, Charlie», dijo el capellán, «pero en caso de que el Señor te llamara, dime si hay alguna cosa que yo pueda hacer». «Capellán, por favor, tome la pequeña Biblia que está debajo de mi almohada. Tiene la dirección de mi madre. Hágame el favor de enviársela y de escribirle una carta y decirle que no he olvidado un solo día de leer una porción de la Palabra de Dios, y de rogar diariamente que Dios la bendiga – a veces durante la marcha, otras veces en el campo de batalla o en el hospital».

«¿Hay alguna otra cosa que pueda hacer por ti?», preguntó el capellán. «Sí. Por favor, escríbale al superintendente de la escuela dominical en la calle Sands, Brooklyn, Nueva York, y dígale que no he olvidado las bondadosas palabras y los buenos consejos que él me dio; me han seguido a través de todos los peligros de la guerra, y ahora, en mi última hora, pido a mi Salvador que él bendiga a mi querido superintendente. Es todo».

Luego, volviéndose a mí, me dijo: «Ahora, doctor, estoy listo y le prometo que no daré ni un gemido mientras usted me opera».

Yo se lo prometí, pero no tuve el valor de tomar el bisturí sin ir antes a otro cuarto a tomar un estimulante para animarme.

Mientras cortaba la carne, Charlie Coulson no lanzó un gemido, pero cuando tomé la sierra para separar la carne del hueso, él tomó el extremo de la almohada y la puso en su boca, y lo único que yo podía oír era: «¡Oh Jesús, Jesús bendito, ayúdame ahora!». Charlie cumplió su promesa, y no profirió ni un quejido.

Venida la noche, no pude dormir; de cualquier lado que me voltease, veía esos dulces ojos azules, y cuando, por fin, me dormí, las palabras: «¡Jesús bendito, ayúdame ahora!» siguieron resonando en mis oídos. A medianoche, me levanté y fui a visitar el hospital, cosa que nunca antes había hecho, a menos de haber sido llamado especialmente, pero ¡tan grande era mi deseo de ver al muchacho!

Al llegar al hospital, el ayudante de noche me relató que algunos de los casos desahuciados habían muerto y habían sido llevados a la morgue. Pregunté: «¿Cómo está Charlie Coulson? ¿Está entre los muertos?». «No, señor,» contestó el ayudante, «duerme como un bebé».

Cuando estuve al lado de la cama del joven, una enfermera me relató que, a eso de las nueve, dos miembros de la YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes) habían venido al hospital para leer y cantar un himno, acompañados por el capellán. Se habían arrodillado al lado de la cama de Charlie y habían hecho una oración fervorosa y conmovedora; después, habían cantado el más dulce de todos los himnos: «Jesús, el que ama mi alma», y Charlie había cantado con ellos. Yo no podía comprender cómo él, que había sufrido dolores tan agudos, podía cantar.

Cinco días después, él envió por mí. Ese día, por primera vez, oí un sermón evangélico. Me dijo: «Doctor, ha llegado mi hora; mi vida se acaba y no espero ver otro amanecer; pero, gracias a Dios, estoy preparado, y antes de morir, quiero agradecer a usted de todo corazón por su bondad para conmigo. Doctor, usted es judío; no cree en Jesús. ¿Me haría el favor de quedarse aquí y verme morir, confiando en mi Salvador hasta el último momento de mi vida?».

Yo traté de quedarme a su lado, pero no tuve el coraje de ver morir a un muchacho cristiano deleitándose en el amor de aquel Jesús que yo había aprendido a odiar. Por tanto, me fui de la sala precipitadamente.

Unos minutos más tarde, un ayudante que me encontró sentado en mi oficina cubriéndome la cara con las manos, dijo: «Doctor, Charlie quiere verlo». «Acabo de verlo», contesté, «y no puedo ir de nuevo». «Pero doctor, él dice que quiere verlo una vez más antes de morir». Decidí ir otra vez, para decirle algunas palabras cariñosas; pero estaba dispuesto a no dejarle ejercer la menor influencia sobre mí en cuanto a su Jesús.

Al entrar al cuarto, vi que empeoraba rápidamente, y me senté en su cama. Él tomó mi mano y dijo: «Doctor, yo le amo a usted porque es judío; el mejor amigo que yo he encontrado en este mundo fue un judío». Le pregunté quién era, y él me contesto: «Jesucristo, a quien quiero presentarle antes de morir. Doctor, ¿quiere prometerme que nunca olvidará lo que voy a decirle?». Se lo prometí, y él dijo: «Hace cinco días, mientras usted me operaba, yo rogué al Señor Jesucristo que él convierta su alma».

Estas palabras calaron profundo en mi corazón. Yo no podía entender cómo, mientras yo le causaba tan intenso dolor, él pudo olvidarse por completo de sí mismo y no pensar en nada más que en su Salvador y en mi alma inconversa. Lo único que pude decir fue: «Bueno, mi querido niño, pronto estarás bien». Me fui, y minutos más tarde él durmió «seguro en los brazos de Jesús».

Cientos de soldados murieron en mi hospital durante la guerra, pero el único funeral que presencié fue el de Charlie Coulson, el tambor. Yo lo había hecho vestir con un uniforme nuevo y ponerle en un ataúd de oficial cubierto con la bandera de los Estados Unidos. Las palabras de ese niño agonizante me tocaron profundamente. En ese tiempo, yo tenía mucho dinero, pero hubiese dado cada centavo que poseía por tener su fe en Cristo. Pero eso no se puede comprar con dinero.

¡Ay de mí! No tardé en olvidar el pequeño sermón de mi soldado cristiano, pero a él mismo no podía olvidarlo. Ahora sé que yo estaba bajo el peso de la convicción de pecado; pero luché con Cristo por cerca de diez años, con todo el aborrecimiento de un judío ortodoxo, hasta que finalmente su oración fue atendida y Dios convirtió mi alma.

Unos meses después de mi conversión, asistí a una reunión de oración en la ciudad de Nueva York. Era una de esas ocasiones en las cuales los creyentes dan testimonio del amor de su Salvador. Después que varios de ellos habían hablado, una señora de edad madura se levantó y dijo:

«Queridos amigos, tal vez ésta sea la última vez que yo tenga el privilegio de testificar por Cristo. Mi doctor me dijo ayer que mi pulmón derecho ya se ha ido, y el izquierdo está muy afectado. Sólo estaré un breve tiempo con ustedes. Pero lo que resta le pertenece a Jesús. ¡Oh, siento gran gozo al saber que encontraré a mi hijo con Jesús en el cielo! Él no sólo fue un soldado de su patria, sino también un soldado de Cristo. Fue herido en la batalla de Gettysburg y fue operado por un médico judío que amputó su brazo y su pierna, pero murió cinco días después de la operación. El capellán del regimiento me escribió una carta y me envió la Biblia de mi niño. Me decía en esa carta que mi Charlie, en su última hora, envió por el médico judío y le dijo: «Doctor, quiero decirle antes de morir que hace cinco días, mientras usted me operaba, yo rogué al Señor Jesucristo que él convierta su alma».

Al oír aquel testimonio, no pude quedarme en mi asiento. Me dirigí rápidamente hacia ella y, tomando su mano, le dije: «Dios la bendiga, mi querida hermana; la petición de su hijo ha sido concedida. Yo soy aquel médico judío por quien oró su Charlie, y su Salvador es ahora mi Salvador»

El último tratado

Los domingos por la tarde, tras el servicio de la mañana en la iglesia, el pastor y su hijo de once años salían al pueblo a distribuir tratados del evangelio. Esa tarde de domingo en particular, cuando llegó el momento de salir, afuera hacía mucho frío y estaba lloviendo.

El niño se puso su ropa más abrigadora y dijo: «¡Papá, ya estoy listo!». El padre le preguntó: «¿Listo para qué?». «Pues, es tiempo de tomar nuestros tratados y salir». El papá respondió: «Hijo, afuera hace mucho frío y está lloviendo». El muchacho dijo, sorprendido: «Pero, ¿no va la gente todavía al infierno, aunque esté lloviendo?». El papá contestó: «Hijo, yo no voy a salir con este tiempo». Pero el niño insistió: «Papá, ¿puedo ir yo, por favor?». Su padre calló por un momento, y luego dijo: «Bueno, anda. Aquí están los tratados; ten cuidado». «¡Gracias, papá!».

El muchacho salió bajo la lluvia, y caminó por las calles de puerta en puerta y dando un tratado del evangelio a todos aquellos que se encontró en el camino. Después de dos horas de caminar bajo la lluvia, estaba empapado y helado hasta los huesos y tenía en sus manos el último tratado. Se detuvo en una esquina buscando a alguien para dárselo, pero las calles estaban totalmente desiertas. Entonces se dirigió hacia la primera casa que vio y tocó el timbre, pero nadie contestó. Tocó una y otra vez, pero no hubo respuesta.

Aún aguardó otro rato, y ya se disponía a irse, pero algo lo retuvo. De nuevo volvió, tocó el timbre y golpeó ruidosamente la puerta con su puño. Entonces la puerta se abrió con lentitud, y apareció una señora de edad, de aspecto muy triste. Ella le preguntó suavemente: «¿Qué puedo hacer yo por ti, hijo?». Con los ojos radiantes y una franca sonrisa, el pequeño dijo: «Señora, lo siento si la he perturbado, pero sólo quiero decirle que Jesús la ama de verdad. Aquí hay un tratado que le dirá todo sobre Jesús y su gran amor». Entonces, él le dio su último tratado, y volvió a salir, mientras ella le decía: «¡Gracias, hijo; que Dios te bendiga!».

El domingo siguiente en la iglesia, el pastor estaba en el púlpito, y cuando el servicio empezó, él preguntó: «¿Tiene alguien un testimonio o algo que decir?».

Despacio, en última fila, una señora se puso en pie. Su rostro tenía un aspecto radiante.

Ella dijo: «Ustedes no me conocen. Yo nunca he estado aquí antes. Vean, hace una semana yo no era creyente. Mi marido falleció hace un tiempo, dejándome totalmente sola en el mundo. El domingo pasado, siendo un día particularmente frío y lluvioso, lo era aún más en mi corazón, pues yo había llegado al fin de todo y ya no tenía deseos de vivir. Así que ascendí al ático de mi casa, y puesta de pie en una silla, até firmemente una soga a una viga en el techo y até el otro extremo de la soga alrededor de mi cuello. Tan sola y con el corazón destrozado, estaba a punto de saltar, cuando de pronto el fuerte sonido del timbre me sobresaltó. Yo pensé: ‘Esperaré un minuto, y quienquiera que sea se marchará’. Pero el timbre sonaba en forma más insistente. Pensé de nuevo: ‘¿Quién podrá ser? Nunca nadie toca a mi puerta’.

«Solté la soga de mi cuello y fui abajo, mientras el timbre seguía sonando. Al abrir la puerta, allí estaba el niño de sonrisa más radiante y angelical que yo había visto alguna vez en mi vida. Y las palabras que salieron de su boca causaron que mi corazón, que había estado mucho tiempo muerto, volviese a la vida: «Señora, yo sólo vine a decirle que Jesús la ama de verdad». Entonces él me dio este tratado del evangelio que tengo mi mano. Cuando el pequeño ángel se fue, yo cerré mi puerta y leí cada palabra. Entonces subí al ático a retirar la soga y la silla. Ya no los necesitaba. Ahora soy una dichosa hija del Rey, y como la dirección de su iglesia estaba en el tratado, he venido para agradecer personalmente al pequeño ángel de Dios que llegó tan a tiempo para salvar mi alma de la eternidad en el infierno».

Todos lloraban. Y mientras resonaban expresiones de alabanza y honra al Rey, el pastor descendió del púlpito al banco donde estaba sentado el pequeño ángel, lo tomó en sus brazos y lloró largamente. Probablemente ninguna iglesia ha tenido un momento más glorioso. Y tal vez este mundo nunca ha visto a un padre más lleno de amor hacia su hijo – salvo uno: aquel Padre que también permitió a su Hijo entrar en un mundo frío y oscuro. Él recibió a su Hijo de retorno con gozo indecible, y cuando todo el cielo prorrumpió en alabanza y honra al Rey, el Padre sentó a su amado Hijo en un Trono sobre todo principado y autoridad, y sobre todo nombre que se nombra.

Autor anónimo

Una obra que hacer

Una linda joven en la India estaba para casarse. Todos observaban admirados a esa joven cristiana, tan capacitada, mientras se preparaba para el matrimonio.

Repentinamente, unas manchas aparecieron en sus manos. Todos quedaron choqueados al saber que se trataba de lepra. En vez de mudarse al hogar que tan cuidadosamente había planeado con su amado, se mudó a una colonia de leprosos. Ella caminó pausadamente con su hermano, no en una ceremonia de casamiento, sino en dirección a aquel terrible lugar que se tornaría en su nuevo hogar.

¡Cuán profunda decepción invadió su corazón! A su alrededor, todas eran mujeres infelices, sucias, amargadas y con la desesperanza dibujada en sus rostros. Al verlas, escondió su rostro en el hombro de su hermano y lloró. “Mi Dios”, dijo sollozando, “¿llegaré a ser como una de ellas?”.

Ella estaba deprimida hasta tal punto que los que estaban a su alrededor temían que ella se arrojase en un pozo para terminar con todo aquello.

Cierto día, unos misioneros que se compadecían de ella, le preguntaron si le gustaría ayudar a aquellas pobres mujeres. Era como si Dios le estuviese enviando a ella un rayo de luz. Ella entendió la visión. El propósito y su significado la cautivaron a medida que ella dejaba de lado su autocompasión.

Ella abrió entonces una escuela y enseñó a aquellas mujeres a leer, escribir y cantar. Por haber estudiado música, sus amigos misioneros le trajeron un órgano plegable. Gradualmente, una notoria transformación fue ocurriendo en el aquel lugar. Las casas de aquellas mujeres estaban ahora limpias, arregladas y agradables. Comenzaron a lavar sus ropas y a peinar su cabello. Aquel lugar, otrora terrible, se transformó en un lugar de bendición.

Pasados algunos años, ella dio el siguiente testimonio: “Cuando llegué al asilo, dudé de la existencia de Dios. Ahora comprendo que Dios tenía una obra para mí. Si no hubiese quedado leprosa, nunca habría descubierto mi obra. Cada día que vivo, agradezco a Dios por haberme concedido esta obra para hacer”.

Tomado de “A janela mais ampla”, de Devern Fromke

El dolor del anciano Darwin

Los estudiantes de la teoría de la evolución pueden sorprenderse al saber que, al final de su vida, Charles Darwin, retornó a su fe en la Biblia. El relato siguiente fue hecho por Lady Hope, de Northfield, Inglaterra, una maravillosa mujer cristiana que estuvo muchas veces al lado de su cama en sus últimos días.

«Fue una de esas gloriosas tardes de otoño que a veces tenemos en Inglaterra que fui llamada para entrar y sentarme con Charles Darwin. Siempre que lo oía, con su presencia elegante, yo imaginaba que de él se podría pintar un cuadro formidable para nuestra Academia Real, pero nunca pensé tanto en eso como en esta ocasión en particular.

«Él estaba sentado en la cama, recostado sobre almohadas, mirando fijamente hacia una escena distante en el bosque y en los campos sembrados de maíz que relucían a la luz de una maravillosa puesta de sol.

«Su semblante se iluminó de placer cuanto entré en el cuarto. Él señaló en dirección a la ventana, apuntando hacia la bella escena del crepúsculo. En su otra mano él sujetaba la Biblia abierta, la cual siempre estaba estudiando.

«¿Qué está usted leyendo ahora?», le pregunté. «Hebreos», respondió él, y agregó: «El libro Real, como lo llamo». Luego, colocando sus dedos en ciertos pasajes, comentó acerca de ellos.

«Hice algunas alusiones a las fuertes opiniones expresadas por muchas personas acerca de la historia de la creación, y sobre los juicios que hacían respecto de los dos primeros capítulos de Génesis. Él pareció turbado, sus dedos se retorcieron nerviosamente y un aire de agonía apareció en su rostro mientras decía: «Yo era un joven con ideas amorfas. Arrojaba preguntas, sugerencias, preguntando todo el tiempo sobre todo. Para mi asombro, las ideas se esparcieron como fuego. La gente hizo de ellas una religión».

«Hizo una pausa, y después de decir algunas otras palabras sobre la «santidad de Dios», y la «grandeza de este Libro», mirando con cariño la Biblia que sostenía todo el tiempo, dijo: «Tengo un kiosco en el huerto en el que caben unas 30 personas. Está por allá» – dijo señalando a través de la ventana abierta. «Me gustaría mucho que usted hablase allí. Sé que usted lee la Biblia en las aldeas. Me gustaría que mañana en la tarde los sirvientes del lugar y algunos vecinos se reunieran allí. ¿Les hablará?»

«¿Sobre qué debo hablar?», pregunté. «Cristo Jesús», respondió él en un tono claro y enfático, y agregó más suavemente: «... y su salvación. ¿No es ese el mejor tema? Y luego quiero que cante algunos himnos con ellos. Usted puede acompañarlos con su pequeño instrumento ...»

«Nunca olvidaré el brillo de su rostro cuando dijo esto, pues agregó: «Si usted lleva a cabo la reunión a las tres en punto, esta ventana estará abierta, y usted sabrá que estaré cantando con ustedes».

¿Habrá una escena más dramática? ¡El meollo de la tragedia nos queda expuesto aquí! Darwin, un entusiasta de la Biblia, hablando sobre «la grandeza de este Libro», siendo que el movimiento evolucionista moderno en la teología, unido al criticismo escéptico, ha destruido la fe bíblica de multitudes. Darwin, con aire afligido, lamentándose por todo aquello y declarando: «Yo era un joven con ideas amorfas». ¡Qué condenación avasalladora». ¡Las «ideas amorfas» del joven Darwin son la base de la teología moderna!

Oswald Smith, en Prayer Crusade.

Un bautismo de amor

Una mañana de domingo, cuando estaba terminando el culto, dos hombres entraron en la iglesia, en Amalapuram, India. Estos hombres no tenían ningún dedo en sus manos ni en sus pies. Las orejas eran sólo pedazos, y no tenían nariz, excepto agujeros. Tenían un pedazo de tela alrededor de sus cinturas, y sus cuerpos enteros estaban llenos de heridas abiertas. Eran leprosos. Cuando los vi, dije en mi corazón: '¡Mi Dios, yo no los quiero aquí!'. Y en el momento que dije eso, sentí que la unción me había abandonado.

No obstante, hice el llamado. Para mi sorpresa, ambos leprosos pasaron adelante. Ellos dijeron que necesitaban a Jesús. Los guié en una oración.

Normalmente, voy y abrazo a las personas que reciben su salvación. Les digo: '¡Dios los bendiga! ¡Estamos muy contentos de que ustedes hayan venido!'. Pero ese día, sólo levanté mis manos, oré, y les dije: 'Dios los bendice. Ustedes pueden irse'.

Cuando salieron, pensé de nuevo: 'Espero que nunca regresen'. Yo nunca había tocado a un leproso, y no tenía interés en tener esa experiencia ahora.

El domingo siguiente, diez leprosos vinieron al servicio. Fui y hablé con ellos (Cuando usted tiene diez leprosos que se sientan allí en su iglesia, tiene que ir y hablar con ellos; no puede ignorarlos). Pregunté: “Dónde viven ustedes?”. "En la orilla del camino, señor", contestaron. "No tenemos casa.'. "¿Y qué hacen para vivir?". "Mendigamos". "¿Por qué no están mendigando hoy?", pregunté. ("Era muy tonto para un pastor preguntar eso a las personas que venían para rendir culto al Señor"). Uno de ellos dijo: "Pastor, estos hombres que vinieron la semana pasada nos hablaron sobre el Jesús que ellos han aceptado. Nosotros hemos venido a averiguar más sobre él. Después que el servicio concluya volveremos a mendigar, o no tendremos comida. Nosotros vinimos a encontrar a Jesús'.'

Yo me sentía afligido. Repetidamente, confesé ante Dios: “Dios, perdóname. Mis prejuicios, mis ideas preconcebidas ahuyentan a tantas personas de ti". Y sin siquiera pensar, les dije: “No mendiguen el domingo. La Iglesia los alimentará".

El tercer domingo, vinieron veinticinco leprosos, y diez de ellos quisieron ser bautizados. Otros creyentes que habían planeado ser bautizados dijeron: “Pastor, hoy no, la próxima vez".

"Bien", dije yo. Pero todavía estaba complicado con diez leprosos por bautizar. Yo nunca había bautizado a uno de ellos. Cuando usted bautiza a alguien en el canal, usted tiene que sostenerlo muy firme, porque se pierde el equilibrio. Yo iba a tener que abrazar muy firme en el agua a estos hombres y mujeres con heridas abiertas. Fue una ocasión en que pensé que era mejor bautizar por aspersión.

No obstante, supe que debía continuar, así que ese día la congregación marchó al canal, cantando y aplaudiendo. Cuando los leprosos entraron al canal, el color del agua cambió. Yo sentí náuseas. Bauticé rápidamente a los diez, luego corrí a casa, tomé una ducha, me cambié ropa y volví a la iglesia.

Era la práctica dar la comunión a los recién bautizados. Les di el pan, y entonces, vacilante, les pasé la copa. Sin sus dedos, los leprosos eran incapaces de sostenerla sin usar ambas manos. Intentaban beber, pero se les hacía un gran lío. Las manchas estaban por todas partes. La copa fue pasada al último convertido, y yo esperaba que él bebería lo restante cuando todos se hubieran ido, o dejaría caer la copa. Cerré mis ojos y dije: "Dios, yo no puedo tomarla". Toda la iglesia tenía sus ojos fijos en mí. Todos sabían que al final la copa de la comunión llegaría a mí y se esperaba que yo bebiera con los nuevos convertidos. ¿Qué haría?

Mientras estaba de pie allí con mis ojos cerrados, vi una copa que era más grande que el local de reunión. Y oí una voz que decía: “Ésta es la copa de la que yo bebí. Cada pecado estaba en esa copa. Cada enfermedad estaba en esa copa, incluso la lepra”. Cuando oí: “Incluso la lepra”, dije: “Gracias, Señor”. Abrí mis ojos, y un leproso estaba pasándomela. Y ya no era un vidrio sucio. Era la copa de acción de gracias, la copa de salvación, la copa de esperanza, la copa de amor. Tomé esa copa y bebí todo. Entonces fui a los hermanos y las hermanas, y los abracé.

Yo uso una túnica blanca cuando ministro en la India. Quedó toda manchada. Pero ya no me importaba. Ellos eran mis hermanos. Los ancianos vieron lo que yo estaba haciendo, y ellos vinieron y los abrazaron. Después, los miembros de la congregación hicieron lo mismo. Ese día, Dios nos bautizó en amor.

Ernst Komanapalli, obrero hindú, en "Compassionate Love".
Traducido y adaptado del inglés.

Sorprendido por el Espíritu

Ned Graham, el hijo menor del evangelista Billy Graham, en su búsqueda de liberación y llenura del Espíritu Santo.

Sandra Chambers

Matices de amarillo, naranja y rojo formaban un suave manto de color en la cima de las montañas detrás de la cabaña donde Nelson Edman «Ned» Graham creció como el hijo más joven del predicador Billy Graham y su esposa Ruth. Habiendo retornado a la casa familiar en Montreat, Carolina del Norte, donde él hace visitas periódicas para supervisar el cuidado de sus ancianos padres,1 Ned tiene muchos recuerdos felices de su niñez en esta montaña.

«Mi hogar está definitivamente en las montañas», admite él. «Hay una perspectiva de profundidad y contraste que las montañas ofrecen, así como un sentido de permanencia y belleza».

Y así como las montañas que él ama, Ned ha sido marcado por algunas profundas grietas y oscuras hondonadas. Las fuerzas emocionales y espirituales las formaron, pero a través de la misericordia y la liberación de Dios él ha escapado de sus persistentes sombras de desesperación, depresión, adicción y opresión demoníaca. Él ha surgido con una nueva comprensión del Espíritu Santo y el amor de Dios.

Siendo mucho menor que sus cuatro hermanos, Ned dice que de algunas manera él era como un hijo único. «Debido a que mis hermanos y hermanas eran todos mucho mayores (Virginia, 61; Anne, 58; Ruth, 56; Franklin, 54; y Ned, 49), y mis hermanas se casaron a una edad temprana, yo conseguí pasar más tiempo solo con mis padres».

«Mientras crecía, mi papá y yo siempre teníamos un lazo muy especial. Él siempre me abrazaba y me decía que me amaba por sobre todo. Incluso cuando yo me sentía un fracasado, él me decía cuán orgulloso estaba de mí».

Uno de sus recuerdos más queridos de su temprana niñez era volver al dormitorio de su padre, llamar a la puerta y asomarse para encontrarlo en el teléfono con alguna persona importante, como el presidente, por ejemplo. «Él diría, ‘Espera un momento, Lyndon’, ponía el teléfono en su pecho, y entonces me hacía un gesto para que yo entrara. ¡Eso me decía que yo era más importante que el Presidente de los Estados Unidos! Yo me subía a su cama, feliz de permanecer allí con mi cabeza en su pecho».

«Ned nunca lo admitiría, pero él es el hijo favorito de mi madre», insiste Anne, una de sus hermanas. «Nuestra madre estaba chocha con él. Él era el centro de vida – después de papá, naturalmente – y yo pienso que es una bendición de Dios que Ned sea el único que ha regresado para cuidarlos».

Tal como su hermano Franklin, Ned sufrió en los tumultuosos años de la adolescencia, desplegando su rebelión a través de un amor por los automóviles rápidos, la bebida y las muchachas. Pero a diferencia de Franklin, que abandonó su rebelión tempranamente, Ned luchó durante 30 años con la suya.

La oscuridad invade

«Cuando yo era un niño pequeño, tuve una muy pura y auténtica relación con Dios», dice Ned. «Pero entre los 11 y los 12 años, experimenté dos traumas infantiles de abuso sexual que abrieron la puerta a la aflicción demoníaca».

En la mitad de sus 20 años, él sospechó que estaba siendo afligido demoníacamente, pero decidió no considerarlo porque no sabía bastante sobre eso. También estaba demasiado avergonzado como para traer sobre aquello la atención de alguien en la comunidad evangélica.

Ned no cree que haya estado poseído por el demonio, porque Jesús todavía vivía en su alma. «Había una disonancia en mi vida entre lo que yo me refiero como ‘el Gran Ned’, quien estaba demoníacamente oprimido, y ‘el Pequeño Ned’, quien todavía era espiritualmente agudo», explica.

«Cuando alguien está demoníacamente afligido, no significa que esté espiritualmente incapacitado», enfatiza. «Yo creo que hay muchos buenos cristianos sirviendo hoy en las iglesias, e incluso en posiciones de liderazgo, que son demoníacamente afligidos. Todo lo que usted tiene que hacer es mirar las estadísticas de afición pornográfica y sexual entre pastores y líderes cristianos para verificarlo».

Aunque la familia de Ned no conocía la fuente de su dolor, era obvio para ellos que él estaba batallando espiritualmente. «Lo recuerdo como un niño pequeño», dice Ana. «Él era muy precioso y angelical, pero en sus años adolescentes se volvió muy egoísta y manipulador. ... No había ese amor o consagración al Señor».

Después de la escuela secundaria, Ned entró en la Universidad de Judson en Elgin, Illinois. Permaneció un año allí, y entonces se retiró por un año para enseñar escalada en roca y habilidades de supervivencia al aire libre en Carolina del Norte. Durante una ascensión, él se cayó y sufrió lesiones serias. Fue llevado a la Clínica Mayo en Rochester, Minnesota, donde conoció a su primera esposa.

«Yo tenía 20 años y ella 26», dice Ned. «En ese tiempo yo era muy rebelde y adicto a la marihuana y el alcohol, y pensé ingenuamente que yo sabía lo que era el amor y que eso cuidaría de todo».

Tras recuperarse de sus lesiones, Ned asistió a la Universidad de Minnesota al preparatorio para ingresar a la Facultad de Medicina, pero después se transfirió a la Pacific Lutheran University en Seattle, donde egresó en 1986 con un grado en comunicaciones.

Después de su graduación, entró en el Seminario Teológico Fuller y ganó el grado de Master en Teología. Mientras estudiaba allí, él tomó una posición como interno de los ministerios de adultos en la Bible Baptist Church. Esto lo llevó a un pastorado, donde sirvió durante seis años antes que Dios lo llamara en 1992 a establecer East Gates International.

Cuando su primera esposa le solicitó el divorcio en 1998, después de 20 años de matrimonio, Ned dice que él fue empujado más allá del dolor. «Yo soy un escalador y un montañista, y siempre me sobrepuse al dolor pasado en mi vida a través de la pura fuerza de mi voluntad».

Entre aquéllos que fueron un apoyo a Ned durante su divorcio, estaba Christina «Tina» Kuo, quien se había unido al equipo de East Gates International un año antes como directora de entrenamiento. «Christina tenía un gran corazón para China, y ella llegó a ser un gran apoyo a nuestro equipo chino nativo. Nosotros nos hicimos muy buenos amigos cuando viajábamos con nuestro equipo a lo largo de China».

De vuelta a casa, Ned dice que él llevaba a menudo con él a sus dos hijos, Alex y Sam (entonces de 13 y 10 años), y su perro, Pugsley, a la oficina de East Gates. «Sam y Pugsley terminaban de algún modo siempre en la oficina de Christina», dice él. «Un día Sam me preguntó: ‘Papá, si alguna vez decides volver a casarte, ¿considerarías a Tina?’.

«En aquel momento, ésa era la última cosa en mi mente, pero terminé enamorándome de ella e incluso viajé de regreso a Carolina del Norte para buscar el consejo de mi madre. Ruth le dijo: ‘Ned, si tú la amas, sigue tu corazón. Pero asegúrate de que tu corazón está siguiendo a Dios’».

En febrero de 2001, el pedido de Sam se cumplió y Ned y Tina fueron casados por su padre en Montreat. Un año después, Ned y Tina volvieron a las montañas de Carolina del Norte para cuidar de Ruth, que fue hospitalizada de gravedad.

Habiendo trabajado como ayudante de enfermería a lo largo de sus búsquedas educativas, Ned estaba bien calificado para ayudar en el cuidado físico de su madre. Aquello para lo cual él no estaba preparado era la guerra espiritual que tuvo lugar en la montaña. «Cuando tú lo piensas, Satanás no querría nada mejor que atacar a Billy Graham y su familia, como lo prueba su ataque a mí en mi vida temprana».

Aunque Ned se dedicó a cuidar a su madre durante los dos años que él estuvo en Montreat, él dice que todavía estaba luchando con sus propios problemas físicos y espirituales. «Yo había sufrido un desgarro muscular en mi muslo jugando tenis, y recuerdo que Anne me decía que yo estaba como Jacob luchando con Dios».

Cuando Ned y Tina volvieron a Seattle en 2004, la depresión de Ned se agudizó. «Llegué a un punto donde lo abandoné todo», dice él. «Dejé de cuidarme. Ya no me importaba la muerte o la vida, el fracaso o el éxito. Fue en ese punto que Dios pudo actuar recíprocamente conmigo».

Aunque Ned no conocía nada acerca de liberación, a sugerencia de un amigo, él consintió en acudir a un conocido ministro de liberación. El intento por librarlo de su aflicción demoníaca falló, y causó aun más daño a su mente.

Tina dice que al principio ella no se sentía cómoda con la idea. «Y las cosas se pusieron peores después», dice ella. «Cuando tú estimulas el lado oscuro en una persona y no lo resuelves, empeora».

Anne recuerda: «Yo estaba en Seattle en ese tiempo participando en una conferencia. Cuando vi a Ned, él estaba manteniéndose apenas. Pensé que él estaba teniendo un quiebre interior completo, emocionalmente, espiritualmente y mentalmente. Era algo espantoso».

Liberación y libertad

A sugerencia de Tina, Ned empezó a reunirse con un ministro de sanidad interior. Ned dice que él soltó la amargura, la ira y el resentimiento, y le permitió a Jesús traerle sanidad.

Entonces una mañana él supo que había llegado la hora de ser completamente libre. Llamó a dos amigos que habían estado presentes durante sus sesiones curativas, y se pusieron de acuerdo para reunirse en una iglesia. Mientras viajaba por la autopista para encontrarse con ellos, Ned tuvo que detenerse para vomitar varias veces, casi arruinando su automóvil.

«La liberación fue difícil porque lo que me afligió desde la niñez era sumamente poderoso y había toda una jerarquía de demonios» dice él. Pero varias horas después, él estaba riendo y riendo como un niño y alabando a Dios. «Yo era un hombre totalmente diferente», confiesa.

Ned dice que él también fue inmediatamente librado de los vicios que lo habían perturbado durante años, así como algunos problemas de salud física. Ana dice que ella se dio cuenta inmediatamente del cambio cuando él la llamó para contarle de su liberación.

«Su voz era tranquila, firme y clara», recuerda ella. «Y luego cuando lo vi, yo supe que había visto un milagro. Toda esa dulzura del niño pequeño estaba brillando con madurez, carácter, gracia y fuerza».

En ese momento, Tina estaba en un viaje a China, así que Ned pasó las próximas semanas solo, leyendo la Palabra de Dios y estudiando sobre el Espíritu Santo y la guerra espiritual. Aproximadamente en la tercera semana, en su estudio, él dice que él estaba orando cuando Dios le dio de pronto una oración en lenguas que lo ha fortalecido en su vida de oración.

«Ahora Ned tiene una conexión directa al Señor», dice Tina, «y oye mucho más. Cuando él fue atormentado, estaba demasiado afligido para escuchar al Señor. Ahora cuando enfrenta desafíos, no intenta eludirlos. Se arrodilla, entra en la Palabra, y ora en lenguas», un regalo que Tina dice que ella también ha recibido.

«Mis padres no podían ayudar, pero notaron los cambios positivos en mí», agrega Ned. «Mi madre entiende totalmente lo que yo he pasado». Cuando se le preguntó por los cambios que ella ha visto en su hijo, Ruth dijo: «Ned ha estado mucho más reflexivo y atento, y él muestra más del Espíritu de Dios».

Aunque Ned describe este período de su jornada espiritual como «saliendo del evangelicalismo y reconociendo y aceptando el poder del Espíritu Santo», él dice no ser un «cristiano carismático»; más bien, él se ve como «un simple seguidor de Jesús».

«Efesios 3:14-4:16 nos dice que los dones serán usados para glorificar a Dios, edificar el cuerpo de Cristo, y para unirnos, no para separar o establecer distinciones entre nosotros», dice Ned. «Dios no creó las denominaciones. El hombre lo hizo».

Reflexionando en cómo Dios ha trabajado en su vida, Ned enfatiza: «La relación de cada persona con Dios es única. Yo lo sé, porque Jesús y el Espíritu Santo han trabajado singularmente en mi corazón y en mi alma para curar y para soldar juntos al niño pequeño que yo era en el hombre que soy ahora y en el hombre que todavía estoy siendo transformado».

(Adaptado de Charisma, Mayo 2007. Traducido del inglés).

Milagros en Koio

A mediados de los años ’90, un equipo de jóvenes obreros de la misión evangelística “Every Home for Christ” (Todo Hogar para Cristo) se adentró en los dominios de la tribu Koio, en las regiones montañosas de las Islas Salomón. Sabiendo que anteriormente allí habían sido asesinados un oficial del gobierno británico y tres sacerdotes católicos, los jóvenes pasaron una semana orando y ayunando antes de acercarse a la aldea. Al llegar, fueron capturados y llevados delante de seis ancianos de la tribu que estaban en vigilia al lado afuera de la vivienda de su líder, que se hallaba gravemente enfermo. Muy pronto, los obreros se dieron cuenta que jamás podrían compartir el evangelio con el pueblo de Koio sin la venia de este jefe.

Así que fue un milagro que los ancianos aceptaran que el equipo de EHFC entrara por unos instantes a ver al enfermo. Los jóvenes se encontraron con un hombre mayor y frágil tirado en una tradicional ‘cama de tierra’, cavada en el suelo. Para su sorpresa, el anciano no sólo oyó atentamente su mensaje sino que incluso pidió a Jesús que entrase en su corazón. Acto seguido, cerró los ojos y murió.

Hubo mucha agitación en la residencia del jefe cuando los ancianos supieron lo que había sucedido. ¡Los obreros extranjeros no habían traído el remedio, sino la muerte! En las horas siguientes los obreros oraron fervorosamente mientras la tensión crecía en toda la aldea.

Con las vidas de los jóvenes evangelistas en la balanza, ocurrió otro hecho milagroso. De pronto, el anciano jefe revivió y se sentó en la cama. Todos quedaron atemorizados cuando él invitó a sus amigos más íntimos y a su familia a una reunión especial. ¡Y vaya que era especial! Mientras se apretujaban en torno a él, el anciano hizo un dramático relato de lo que había vivido en las últimas horas, una historia impresionante de cielo e infierno, ángeles y Jesús.

“Yo volví”, les dijo, “para decirles que deben cesar de adorar a falsos dioses y que oigan el mensaje que estos hombres traen a su vida”. Después de exhortar a los obreros a que continuasen su testimonio, el jefe koio se fue silenciosamente, esta vez para no volver.

Aunque el jefe hubiese revivido solamente por dos horas, el tiempo fue suficiente para que el Espíritu Santo realizara su obra. Minutos antes de morir el líder, los seis ancianos recibieron a Cristo. La noticia del milagro se esparció por todo el dominio de Koio. Como resultado de esto, 45 iglesias fueron levantadas en un área que no tenía ningún testimonio del evangelio hasta mediados de 1990.

Hoy son miles los koios que abrazan la fe cristiana, incluyendo un numeroso grupo de convertidos que se reúnen periódicamente en la aldea del anciano jefe.

Maternidad espiritual

Aprendí a ser una "mamá" para otros, aunque yo no tuve hijos propios.

Dandi Daley Mackall

Aquel era el día más temido del año. ‘Quizás sea mejor que no vaya a la iglesia y permanezca en casa acostada fingiendo que es un día ordinario’, pensé. Sin embargo, mi marido y yo fuimos a la iglesia. Una vez sentada en la parte de atrás, en lugar de en mi banco de costumbre, eché una mirada alrededor a las otras mujeres que parecían brillar esta mañana. Ellas llevaban ramilletes en sus vestidos. Yo abroché mi impermeable, agradecida por la llovizna matinal que me dio una excusa para esconder mi vestido sin ramillete. ‘Con tal que nadie diga algo’, pensé, ‘estaré bien’.

La música empezó con Bach. Yo estudié mi boletín, y casi creí que lo haría a través de todo el servicio, hasta que el pastor tomó el micrófono y dijo a la congregación de orgullosas mamás: «¡Feliz Día de la Madre!».

Durante siete años yo había querido hijos, había orado por hijos, pero mi útero no retenía a un niño. El Día de la Madre marcaba mis años sin hijos, subrayando mi fracaso en llegar a ser mamá. Mi marido intentaba ayudar dándome un ramillete u ofreciéndose para quedarse conmigo en casa. Pero al final nos quedamos sin ideas de cómo sobrevivir a aquel día.

En la iglesia, cuando a todas las madres se les pidió estar de pie para orar por ellas, mi dolor llegó a un punto crítico. Yo conocía a algunas de ellas que, estando allí de pie, nunca desearon ser madres. Otras con frecuencia se quejaban del agobio de la maternidad. Sin embargo ellas estaban de pie, y yo sentada. Esa era la herida del Día de la Madre.

Un camino de sanidad

Fue una semana después de un Día de la Madre particularmente duro, cuando empecé a ver un camino a través de mis dolores. Yo había estado asistiendo a una iglesia en un barrio de Chicago donde atendía una pequeña escuela dominical de adolescentes. Una muchacha, Tania, pertenecía a una pandilla y a menudo me ocasionaba problemas. Ese domingo, yo había ocupado la mitad del tiempo en clase intentando que ella dejara de incomodar a los demás.

Tania abandonó el lugar. Pero, mientras escapaba por la puerta trasera, me espetó por encima de su hombro: «¡Te veré pronto, mamy!». Luego se rió. Pero antes de que saliera, capté su mirada. Ella quiso decir lo que dijo. De alguna manera, yo era como una madre para esa chica ruda a quien le gustaba actuar en forma tan agresiva.

Ese domingo, Dios me dio una vislumbre de un llamamiento extraordinario: Él podría darme hijos espirituales. ¡Yo podría servir como una madre a muchos que necesitaban el amor que yo tenía para dar!

Empecé activamente orando por los niños que necesitaban a alguien que fuese como una madre para ellos. Tan pronto como abrí mi corazón, mi mente empezó a llenarse de posibilidades. Había un muchacho en mi clase que necesitaba a alguien con quien hablar. Él pensaba que ya era capaz de tener novia, pero sus padres no se lo permitían. Todos sus amigos tenían novias. Yo no le dije algo que sus padres ya no le hubiesen dicho, pero ayudó que él lo hubiese oído de alguien más.

Otra jovencita, Rosa, sólo vino dos veces a la escuela dominical. Pero Dios me instó a que orara por ella «como una madre» largo tiempo después que se fue. Muchas mañanas al despertar, Rosa era la primera imagen en mi mente. Oré para que Dios se revelara a ella, y que ella escuchara. Le pedí a Dios que le diera un amigo cristiano, un compañero para ayudarle a decir ‘no’ a las tentaciones. Oré por su trabajo escolar, por sus profesores y por sus padres.

Cuando empecé a experimentar la maternidad espiritual con los niños, oré a Dios que me diese amor incondicional para ellos. Pronto comprendí que decirles a mis niños que yo los amaba no era suficiente. Tenía que demostrarlo. Así que los llevé al zoológico. Las tardes del domingo jugamos al softball en el parque. Una chica empezó a aparecer antes de las reuniones de oración los miércoles en la noche pidiendo ayuda con sus tareas de matemática. A veces Tania dejaba de venir a mi clase. Cada vez, yo iba a buscarla a su casa o al colegio. Y ella siempre se asombraba de que yo quisiera traerla de regreso.

Yo no era la única que servía como madre en esa iglesia. Logré conocer a Karen, que estudiaba de noche en la universidad. A pesar de su atareada agenda, ella aún se daba tiempo para velar por Juanita, una niña de trece años que vivía con una abuela y once hermanos. Karen se aseguraba que la niña fuera a la escuela y cumpliera con sus tareas.

Aproximadamente en el mismo tiempo, la madre de Karen tomó a una chica de diez años bajo su tutela, le compraba los útiles escolares y le hablaba regularmente sobre las Escrituras. Otra mujer en la iglesia compró anteojos para un muchacho cuya madre no tenía dinero para llevarlo a un consultorio oftalmológico.

Las madres son hacendosas, atienden desinteresadamente actividades prácticas de la iglesia o de la escuela, ayudan con las tareas, cuidan bebés o dan hospedaje a quien necesita un lugar para quedarse.

Erin y su marido no tienen hijos propios, pero su casa es el lugar donde los jóvenes traen a sus amigos cuando quieren mostrarles una pareja cristiana, cuando quieren oír el evangelio o cuando necesitan que alguien los escuche.

En mi propia iglesia, el joven pastor y su esposa no tienen hijos, pero ellos son como padres para decenas de niños. Ellos tienen un don de Dios para amar y relacionarse con los adolescentes, algunos de los cuales apenas hablan con sus propios padres. Un adolescente dice: «Cuando ellos me preguntan cómo estoy actuando, es porque realmente quieren saberlo. La mayoría de las personas sólo quieren que tú digas Bien. Yo siento que a ellos sí les preocupa cómo estoy obrando. Así que se los digo».

En algunos casos, nosotros podemos ver el efecto que causamos en la vida de otros. Pero en otros, nunca entenderemos el impacto poderoso que podemos tener sobre alguien siendo como una madre para él.

Ese es el caso de Margaret, una viuda que mostró amor incondicional por su vecino, Steven, de ocho años de edad, uno de los niños menos amables del vecindario. Él y su madre habían vivido en una comunidad por más de un año. Steven nunca conoció a su padre. A veces Steven respondía al amor de Margaret, viniendo voluntariamente a rastrillar las hojas o a traerle el diario de la mañana. Otros días, él se burlaba de «la vieja» a sus espaldas. Pero cada día, Margaret le mostraba que se alegraba de verlo, le recortaba artículos del diario para sus tareas escolares, cosas que ella sabía le interesaban a él. Una noche, Margaret invitó a Steven y su madre a cenar, y allí oró por ambos.

Cuando Steven y su madre se fueron de la ciudad, Margaret se afligió, pero ella supo que había jugado un papel importante en la vida de Steven. Trató de mantener la relación a través de tarjetas y cartas, pero finalmente perdió contacto con ellos. Hasta hoy, ella no ha dejado de orar por Steven y su madre.

Como Steven, Peg es una mujer que, siendo una joven rebelde, recibió el beneficio de una mamá espiritual. Ahora a los sesenta y tantos, Peg resplandece cuando evoca a la señora Kowaski. «Ella vivía sola en la vivienda contigua», dice. «Su casa fue un segundo hogar para los niños del barrio. Nosotros no íbamos allí por las historias de la Biblia que nos contaba, sino por las galletas. Pero la conocimos y confiamos en ella como una madre. Yo creo que Dios usó sus oraciones para traerme a Cristo. Yo hice un camino largo, a través del alcohol, y retorné. Ella murió antes de que yo regresara, pero un día hablaré acerca de ella en el cielo».

Ocupándose con los hijos espirituales

La maternidad espiritual no tiene que estar limitada a niños pequeños. Por ejemplo, una amiga mía de la universidad era conocida como ‘Mamy’ por cuatro estudiantes de segundo grado. Sólo dos años mayor que ellos, ella había sido un instrumento para llevarlos a Cristo. Ella los nutrió y fue su madre espiritual. La edad no debe ser un factor limitante en la maternidad espiritual.

Otra amiga, Janice, habla acerca del tiempo cuando ella necesitó una madre. Su marido la dejó con tres niños pequeños y sin dinero. Ella no podía pagar el arriendo y no sabía adónde ir. Entonces apareció su tía, actuando como una madre para ella. «La tía Ruth, que vivía a unas millas de mí, me acogió con los tres niños», dice Janice. «Ella me escuchó, pero nunca preguntó por las cosas de las cuales yo no quería hablar».

No puedo mencionar a una sola persona que se destaque por haber sido una madre sustituta para mí, pero varias mujeres me dieron cuidado desinteresado siempre que yo lo necesité. Durante una de las etapas más duras de vida, mi amiga Laurie me cuidó todos los días y simplemente hizo cualquier cosa que ella estimó necesario hacer – el lavado, trabajar en mi automóvil, comprar los comestibles. Ella venía para asegurarse que yo estaba comiendo bien. Otras mujeres han estado junto a mí en el tiempo preciso, con la palabra oportuna de consejo o estímulo.

Cuando anhelamos hijos durante largo tiempo, pero no los tenemos, un profundo vacío puede desarrollarse en nosotras. Yo creo que es Dios quien nos da el deseo de tener hijos, el deseo de la maternidad. ¿De dónde más podríamos anhelar servir, amar incondicionalmente, dar cuidado desinteresado?

Puesto que Dios nos dio el anhelo, sólo él puede cumplirlo. Dios eventualmente puede darte hijos biológicos. Eso depende de él. Pero ahora mismo, en este minuto, nosotros podemos permitirle llenar ese vacío con hijos espirituales. Podemos responder al llamado de Dios a la maternidad espiritual, un rol poderoso y satisfactorio en sí mismo.

En este Día de la Madre yo me regocijaré, como lo he hecho por varios años, con mis dos hijas adoptadas y mi hijo adoptivo. Ahora soy legalmente una de las mamás que se ponen en pie en la iglesia en el Día de Madre. Pero oro para que nunca me olvide del dolor de esos Días de la Madre pasados o del alto llamamiento que Dios me ha hecho.

El llamado para ser como una madre para otros no ha cesado porque ahora tenga hijos. Hay suficientes personas allí afuera que pueden requerir una madre espiritual. Tan grande como es el gozo de la maternidad, hay otro gozo que no debe perderse. Juan escribió: «No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos –los hijos espirituales– andan en la verdad» (3 Juan 4). ¡No te pierdas el gozo de la maternidad espiritual!

© 1997 Today’s Christian Woman Magazine.

Bajo las alas protectoras de Dios


Una serie de «coincidencias» más allá de la razón.


Cuando aún no cumplía 19 años, y era un estudiante lejos de casa, Franklin Graham obtuvo su licencia de piloto. Desde entonces, cada vez que hacía un viaje largo y contaba con los recursos para hacerlo, arrendaba un avión pequeño y se trasladaba, muy ufano.

Esta vez, cuando sus padres, Billy y Ruth Graham, lo invitaron a pasar un fin de semana con ellos a Vero Beach, Florida, decidió arrendar una avioneta Cherokee Comanche turbo alimentado para el viaje desde Lonview, Texas, donde se encontraba. Debía atravesar cuatro estados para llegar a destino. Para darle seguridad a sus padres, se hizo acompañar por su instructor de vuelo, Calvin Booth, y un matrimonio amigo, Dorothy y Lee Dorn.

Cuando venían de regreso el domingo en la noche, luego de haber disfrutado un excelente fin de semana con la familia, el meteorólogo de turno les advirtió que las condiciones de vuelo en el último tramo entre Mobile y Longview no eran buenas, así que deberían dar un rodeo hacia la ciudad de Jackson, en el norte.

Poco después de despegar de Mobile, titilaron las luces del panel y luego se debilitaron. Pese a girar el reóstato una y otra vez, a la hora de vuelo, la luz se hizo tan débil en el panel que Franklin apenas podía leer los cuadrantes. Entonces las agujas de los instrumentos de navegación aérea se fueron a la posición de apagado.

Así que, de un momento a otro, Franklin se quedó sin instrumentos de navegación y la radio estaba muerta. En unos instantes más, se apagaron las luces de la cabina, de modo que la oscuridad era total.

Franklin y Calvin agarraron sus linternas y leyeron las instrucciones de emergencia. Las revisaron una y otra vez, así como el circuito de interruptores, pero nada pasó. A las claras se veía que estaban en problemas. Franklin estaba asustado; Calvin también; pero nadie dejó traslucir nada.

Calvin, sonriendo, dijo: «Parece que debemos entender la acción a seguir o estaremos en un gran problema, ¿verdad?».

La última vez que hablaron con el controlador de tierra que les había dado por radar el vector alrededor de la línea de cambios atmosféricos, había sido a sesenta y cinco kilómetros al sur de Jackson, y volaban a casi cuatro mil metros. A todo piloto se le enseña que en caso de emergencia debe volar en sentido triangular. Al hacerlo, los controladores de radar pueden verlo en sus pantallas y saber que está perdido o en problemas. Ya habían volado en un sentido.

«Esto es ridículo», dijo Calvin con voz tranquila. «Aunque nos vieran en el radar, ¿qué podrían hacer? ¿Enviar a alguien en nuestra ayuda?». «¿Qué hacemos?», preguntó Franklin. «Debemos volar más bajo», dijo Calvin.

Ellos sabían que la elevación del área de Jackson sería segura hasta descender a casi quinientos metros sobre el nivel del mar. Descendieron en la oscuridad a través de nubes espesas. Finalmente pudieron ver una luz que brillaba en medio de las nubes debajo de ellos.

«Eso abajo debe ser una ciudad. Tal vez sea Jackson», señaló Calvin.

Calvin sacó el diagrama para ver dónde se hallaba el aeropuerto. Franklin decidió descender sobre las luces de la ciudad. No estaban seguros dónde estaba la base de las nubes. Si las nubes estaban muy cerca de tierra podrían volar demasiado bajo y chocar. Necesitaban casi quinientos metros.

Como estaba todo oscuro dentro y fuera de la avioneta, el resplandor de la ciudad debajo de ellos renovó la esperanza y disminuyó sus temores. Lee y Dorothy oraban en el asiento trasero.

Franklin puso la linterna entre los dientes mientras iniciaban el lento descenso. Salieron de las nubes a setecientos metros sobre el nivel del mar. Al menos ahora podían ver claramente las luces de la ciudad. Calvin señaló hacia lo que pensaba que era el aeropuerto.

Siguiendo el procedimiento adecuado, entraron a los ciento cincuenta metros sobre la norma de tráfico aéreo. La Administración Federal de Aviación (FAA, por su nombre en inglés) utiliza señales de luz desde la torre para comunicarse con un avión que haya perdido su radio. Circundaron casi tres minutos, esperando que alguien los viera y les diera la señal apropiada de luz. A ellos les pareció una hora.

De pronto, apareció una luz verde. El rayo llegaba desde la torre, y les indicaba que podían aterrizar. «La torre nos vio», gritó Franklin. «Tenemos despejado el camino».

Lee y Dorothy, que habían orado con fervor, vitorearon.

Pero, tenían un pequeño problema. ¿Cómo iban a bajar el tren de aterrizaje sin corriente eléctrica? Calvin revisó las instrucciones de emergencia.

«Debe haber una palanca en el piso entre los asientos. Intenta encontrarla». Franklin se desabrochó el cinturón y con su débil linterna alumbró el piso. ¡Allí estaba! La tiró y bombeó varias veces hasta lograr que el tren de aterrizaje se pusiera en posición.
Calvin tomó los controles para el aterrizaje. Cuando se acercaban, todas las luces de la pista se iluminaron. Obviamente, las autoridades de la FAA querían que vieran la pista ¡Era una vista maravillosa!

Calvin aterrizó de manera precisa y suave. Sin embargo, antes de que hubieran terminado de correr y salir de la pista, de manera abrupta, se apagaron todas las luces.

«Es un poco extraño», dijo Calvin. «Al menos pudieron haber esperado hasta que saliéramos de la pista antes de apagar las luces». Pero estaban tan aliviados que ese detalle no les importó.

Cuando llegaron hasta el final de la rampa, nadie llegó a encontrarlos, ni a felicitarlos por su excelente trabajo. Mientras salían del Comanche, apareció un hombre.

Franklin intentó contarle su problema, y el hombre le interrumpió: «¿Quién le autorizó el aterrizaje?». «Vimos una luz verde en la torre», replicó Franklin. «¿Vieron una luz verde?». Calvin empezó a explicar lo que había sucedido, y el hombre interrumpió de nuevo. «¿Pueden venir acá, por favor?».

El hombre los guió al interior del edificio y habló con otros agentes. Los aventureros del espacio pudieron explicar lo ocurrido cuando ellos estuvieron dispuestos a escuchar. «¿Vieron ustedes una luz verde?», preguntó de nuevo el hombre. «Definitivamente», dijeron al unísono los viajeros.

«¿Ocurre algo?», preguntó Calvin. El hombre negó con la cabeza. No se dijo nada más, pero era obvio que no los esperaban. Los tres actuaban de manera extraña y no aclararon lo que había sucedido con la luz verde o las luces de la pista.

Los viajeros pasaron la noche en un hotel cercano, y al día siguiente un mecánico encontró un cable quemado en el alternador. Hizo la reparación y salieron a media tarde.

¿Qué pasó realmente esa noche? Pasaron años antes de averiguarlo.

* * *

Esa noche, Sydney McCall estaba de turno en la torre de control del aeropuerto de Jackson, y tenía como visitas a Gary Cornett, ministro de música de la Iglesia Bautista Forest Hill, y su esposa Pat. Sydney mostraba a sus amigos los variados equipos y las operaciones del aeropuerto. Sydney hizo una demostración de la luz roja y de una luz blanca con el rayo dentro de la torre, pero por una razón inexplicable mantuvo la pistola de luces fuera de la ventana mientras demostraba la luz verde y decía: «Si vamos a autorizar a un piloto para que aterrice, le apunto directamente con esta pistola y enciendo la luz verde». Un compañero de trabajo de Sydney le pidió que mostrara la luces de la pista. Sydney comenzó a prenderlas y gradualmente se volvieron más y más brillantes, hasta que tuvieron la intensidad máxima. El último grado de resplandor es para emergencias, y las luces se diseñaron para que se vieran entre la niebla y las nubes, de modo que los pilotos en situaciones de emergencia puedan ver las pistas.

Apenas Sydney terminaba de dar estas explicaciones, un colega dijo con emoción: «Viene un aeroplano sin luces». Sydney respondió: «No hay ningún avión en el aire en ochenta kilómetros a la redonda». Pero al examinar con cuidado fue evidente que una avioneta monomotor sin luces se disponía a aterrizar.

¿Qué había sucedido? La mano de Dios había sincronizado perfectamente los tiempos de lo que ocurría en la torre y lo que ocurría en el aire con la avioneta. Cuando Sydney mostraba a sus amigos el uso de la luz verde, alguien debía estar en la posición adecuada para verla, y Franklin la vio. Pero aun teniendo la señal de luz, habría sido muy peligroso aterrizar sin luces en la pista. Por eso, fue providencial que en seguida Sydney activara las luces, como lo hizo.

Calvin Booth comentó: «La mano de Dios estuvo presente. Mira, acabábamos de dejar a Billy Graham en La Florida y él oró por nuestra seguridad antes de que saliéramos». Fue, literalmente, como estar «bajo las alas protectoras de Dios».
Ni Calvin ni nadie dijo en ese momento que el piloto de la nave era el mismo hijo de Billy Graham.

Adaptado de Un rebelde con causa (Franklin Graham)