A. W. Tozer
Sin anunciar y casi sin ser detectada, ha entrado en el círculo evangélico una cruz nueva en tiempos modernos. Se parece a la vieja cruz, pero no lo es; aunque las semejanzas son superficiales, las diferencias son fundamentales.
Mana de esa nueva cruz una nueva filosofía acerca de la vida cristiana, y de esa filosofía procede una nueva técnica evangélica, con una nueva clase de reunión y de predicación. Ese evangelismo nuevo emplea el mismo lenguaje que el de antes, pero su contenido no es el mismo, como tampoco lo es su énfasis.
La cruz vieja no tenía nada que ver con el mundo, para la orgullosa carne de Adán, significaba el fin del viaje. Ella ejecutaba la sentencia impuesta por la ley del Sinaí. En cambio, la cruz nueva no se opone a la raza humana; antes al contrario, es una compañera amistosa y, si es entendida correctamente, puede ser fuente de océanos de diversión y disfrute, ya que deja vivir a Adán sin interferencias. La motivación de su vida sigue sin cambios, y todavía vive para su propio placer, pero ahora le gusta cantar canciones evangélicas y mirar películas religiosas en lugar de las fiestas con sus canciones sugestivas y sus copas. Todavía se acentúa el placer, aunque se supone que ahora la diversión ha subido a un nivel más alto, al menos moral aunque no intelectualmente.
La cruz nueva fomenta un nuevo y totalmente distinto trato evangelístico. El evangelista no demanda la negación o la renuncia de la vida anterior antes de que uno pueda recibir vida nueva, predica no los contrastes, sino las similitudes; intenta sintonizar con el interés popular y el favor del público, mediante la demostración de que el cristianismo no contiene demandas desagradables, antes al contrario, ofrece lo mismo que el mundo ofrece pero en un nivel más alto. Cualquier cosa que el mundo desea y demanda en su condición enloquecida por el pecado, el evangelista demuestra que el evangelio lo ofrece, y el género religioso es mejor.
La cruz nueva no mata al pecador, sino que le vuelve a dirigir de nuevo en otra dirección. Le asesora y le prepara para vivir una vida más limpia y más alegre, y le salvaguarda el respeto hacia sí mismo, es decir, su ‘auto-imagen’ o la ‘opinión de sí mismo’. Al hombre lanzado y confiado le dice: ‘Ven y sé lanzado y confiado para Cristo’. Al egoísta le dice: ‘Ven y jáctate en el Señor’. Al que busca placeres le dice: ‘Ven y disfruta el placer de la comunión cristiana’. El mensaje cristiano es aguado o desvirtuado para ajustarlo a lo que esté de moda en el mundo, y la finalidad es hacer el evangelio aceptable al público.
La filosofía que está detrás de esto puede ser sincera, pero su sinceridad no excusa su falsedad. Es falsa porque está ciega. No acaba de comprender en absoluto cuál es el significado de la cruz.
La cruz vieja es un símbolo de muerte. Ella representa el final brutal y violento de un ser humano. En los tiempos de los romanos, el hombre que tomaba su cruz para llevarla. Ya se había despedido de sus amigos, no iba a volver, y no iba para que le renovasen o rehabilitasen la vida, sino que iba para que pusiesen punto final a ella. La cruz no claudicó, no modificó nada, no perdonó nada, sino que mató a todo el hombre por completo y eso con finalidad. No trataba de quedar bien con su víctima, sino que le dio fuerte y con crueldad, y cuando hubiera acabado su trabajo, ese hombre ya no estaría.
La raza de Adán está bajo sentencia de muerte. No se puede conmutar la sentencia y no hay escapatoria. Dios no puede aprobar ninguno de los frutos del pecado, por inocentes o hermosos que aparezcan ellos a los ojos de los hombres. Dios salva al individuo mediante su propia liquidación, porque después de terminado, Dios le levanta en vida nueva.
El evangelismo que traza paralelos amistosos entre los caminos de Dios y los de los hombres, es un evangelio falso en cuanto a la Biblia, y cruel a las almas de sus oyentes. La fe de Cristo no tiene paralelo con el mundo, porque cruza al mundo de manera perpendicular. Al venir a Cristo no subimos nuestra vida vieja a un nivel más alto, sino que la dejamos en la cruz. El grano de trigo debe caer en tierra y morir.
Nosotros, los que predicamos el evangelio no debemos considerarnos agentes de relaciones públicas, enviados para establecer buenas relaciones entre Cristo y el mundo. No debemos imaginarnos comisionados para hacer a Cristo aceptable a las grandes empresas, la prensa, el mundo del deporte o la educación. No somos mandados para hacer diplomacia sino como profetas, y nuestro mensaje, no es otra cosa que un ultimátum.
Dios ofrece vida al hombre, pero no le ofrece una mejora de su vida vieja. La vida que El ofrece es vida que surge de la muerte. Es una vida que siempre está en el otro lado de la cruz. El que quisiera gozar de esa vida tiene que pasar bajo la vara. Tiene que repudiarse a sí mismo y ponerse de acuerdo con Dios en cuanto a la sentencia divina que le condena.
¿Qué significa eso para el individuo, el hombre bajo condenación que quisiera hallar vida en Cristo Jesús? ¿Cómo puede esa teología traducirse en vida para él? Simplemente, debe arrepentirse y creer. Debe abandonar sus pecados y negarse a sí mismo. ¡Que no oculte ni defienda ni excuse nada! Tampoco debe regatear con Dios, sino agachar la cabeza ante la vara de la ira divina y reconocer que es reo de muerte.
Habiendo hecho esto, ese hombre debe mirar con ojos de fe al Salvador; porque de Él vendrá vida, renacimiento, purificación y poder. La cruz que acabó con la vida terrenal de Jesús es la misma que ahora pone final a la vida del pecador; y el poder que resucitó a Cristo de entre los muertos, es el mismo que ahora levanta al pecador arrepentido y creyente para que tenga vida nueva junto con Cristo.
A los que objetan o discrepan con esto, o lo consideran una opinión demasiada estrecha, o solamente mi punto de vista sobre el asunto, déjenme decir que Dios ha sellado este mensaje con Su aprobación, desde los tiempos del Apóstol Pablo hasta el día de hoy. Si ha sido proclamado en estas mismísimas palabras o no, no importa tanto, pero sí que es y ha sido el contenido de toda predicación que ha traído vida y poder al mundo a lo largo de los siglos. Los místicos, los reformadores y los predicadores de avivamientos han puesto aquí el énfasis, y señales y prodigios y re-partimientos del Espíritu Santo han dado testimonio juntamente con ellos de la aprobación divina.
¿Nos atrevemos, pues, a jugar con la verdad cuando somos conocedores de que heredamos semejante legado de poder? ¿Intentaríamos cambiar con nuestros lápices las rayas del plano divino, el modelo que nos fue mostrado en el Monte? ¡En ninguna manera! Prediquemos la vieja cruz, y conoceremos el viejo poder.
jueves, 27 de enero de 2011
Huyendo de la vanagloria
“¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques...” (Jer 45:5).
Existe una tentación sutil aun en el servicio cristiano, de querer ser grande, de ver nuestro nombre en las revistas o escucharlo por la radio. Pero ésta es una trampa atroz porque despoja a Cristo de Su gloria, nos roba el gozo y la paz y nos coloca como blanco para los dardos de Satanás.
Despoja a Cristo de Su gloria. Como decía C. H. Mackintosh: “Cuando un hombre o su obra vienen a ser notables, se oculta un gran peligro. Cuando la atención se dirige a alguien o algo que no sea el Señor Jesús, podemos estar seguros de que Satanás está logrando su objetivo. Una obra puede comenzar de una manera muy sencilla, pero por falta de santa vigilancia y espiritualidad de parte del obrero, él mismo o los resultados de su obra pueden atraer la atención general y caer en la trampa del maligno. La meta grande e incesante de Satanás es deshonrar al Señor Jesús, y si puede hacerlo con lo que parece ser el servicio cristiano, ha logrado una importante victoria”. Bien decía Denney: “Ningún hombre puede demostrar al mismo tiempo que es grande y que Cristo es maravilloso”.
En el modo de obrar nos robamos a nosotros mismos. Alguien dijo: “nunca conocí la verdadera paz y el gozo en el servicio hasta que cesé de esforzarme en ser grande”. El deseo de ser grandes nos hace blanco fácil del ataque de Satanás. La caída de una personalidad bien conocida deshonra indeciblemente la causa de Cristo. Juan el Bautista renunció con energía a cualquier reclamo de grandeza. Su lema era: “Es necesario que él crezca; y que yo mengüe”.
Nosotros también debemos sentarnos en el lugar más bajo hasta el momento en que el Señor nos mande que subamos más arriba. Una buena petición que podemos hacer cuando oremos es: “Guárdame pequeño y desconocido, y sólo por Cristo amado y valorado”.
Nazaret era un pequeño lugar,
Y así fue Galilea.
William MacDonald
De día en día
Existe una tentación sutil aun en el servicio cristiano, de querer ser grande, de ver nuestro nombre en las revistas o escucharlo por la radio. Pero ésta es una trampa atroz porque despoja a Cristo de Su gloria, nos roba el gozo y la paz y nos coloca como blanco para los dardos de Satanás.
Despoja a Cristo de Su gloria. Como decía C. H. Mackintosh: “Cuando un hombre o su obra vienen a ser notables, se oculta un gran peligro. Cuando la atención se dirige a alguien o algo que no sea el Señor Jesús, podemos estar seguros de que Satanás está logrando su objetivo. Una obra puede comenzar de una manera muy sencilla, pero por falta de santa vigilancia y espiritualidad de parte del obrero, él mismo o los resultados de su obra pueden atraer la atención general y caer en la trampa del maligno. La meta grande e incesante de Satanás es deshonrar al Señor Jesús, y si puede hacerlo con lo que parece ser el servicio cristiano, ha logrado una importante victoria”. Bien decía Denney: “Ningún hombre puede demostrar al mismo tiempo que es grande y que Cristo es maravilloso”.
En el modo de obrar nos robamos a nosotros mismos. Alguien dijo: “nunca conocí la verdadera paz y el gozo en el servicio hasta que cesé de esforzarme en ser grande”. El deseo de ser grandes nos hace blanco fácil del ataque de Satanás. La caída de una personalidad bien conocida deshonra indeciblemente la causa de Cristo. Juan el Bautista renunció con energía a cualquier reclamo de grandeza. Su lema era: “Es necesario que él crezca; y que yo mengüe”.
Nosotros también debemos sentarnos en el lugar más bajo hasta el momento en que el Señor nos mande que subamos más arriba. Una buena petición que podemos hacer cuando oremos es: “Guárdame pequeño y desconocido, y sólo por Cristo amado y valorado”.
Nazaret era un pequeño lugar,
Y así fue Galilea.
William MacDonald
De día en día
martes, 25 de enero de 2011
El creyente es acepto en el Amado
“No ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel” (Num 23:21).
Balaam, el profeta mercenario pronunció una notable verdad cuando dijo que el Dios que todo lo ve no podía ver el pecado en Su pueblo Israel. Lo que resultó cierto para Israel es maravillosamente cierto para el creyente en nuestros días: cuando Dios le mira, no puede encontrar un sólo pecado por el cual castigarle con la muerte eterna. El creyente está “en Cristo”. Esto significa que está ante Dios con toda la perfección y la dignidad de Cristo. Dios le recibe del mismo modo que acoge a Su propio Hijo Amado. Esta es una posición de privilegio inmejorable y que jamás terminará. Por mucho que buscase, no podría encontrar acusación alguna contra aquél que está en Cristo.
Esto se ilustra con un incidente ocurrido a un inglés y su Rolls Royce. Viajaba por Francia durante sus vacaciones cuando repentinamente el eje trasero se rompió. El mecánico local no tuvo recambio para el eje, de modo que llamó por teléfono a Inglaterra. La compañía envió no solamente el eje trasero sino a dos mecánicos para asegurarse que éste se instalara correctamente. El inglés pudo continuar su viaje y más tarde regresó a Inglaterra, esperando que le enviaran la cuenta. Pasaron los meses, y al ver que ésta no llegaba, escribió a la compañía describiendo el incidente y pidió la cuenta. Un poco más adelante recibió una carta de la compañía que decía: “Hemos investigado cuidadosamente en nuestros registros y no encontramos que a un Rolls Royce se le haya roto jamás un eje trasero”.
Dios puede buscar cuidadosamente en Sus registros y no encontrará jamás en la cuenta del creyente ningún pecado que le condene al infierno. El creyente es acepto en el Amado, y está completo en Cristo. Está revestido de toda la justicia de Dios y goza de una posición perfecta ante él. Puede decir con triunfo y confianza:
Si primero a mi bendito Salvador alcanzas;
Y de la estima de Dios arrojarle logras,
Si rastro del pecado en Jesús demuestras,
Entonces puedes decirme que no soy limpio.
William MacDonald
De día en día
Balaam, el profeta mercenario pronunció una notable verdad cuando dijo que el Dios que todo lo ve no podía ver el pecado en Su pueblo Israel. Lo que resultó cierto para Israel es maravillosamente cierto para el creyente en nuestros días: cuando Dios le mira, no puede encontrar un sólo pecado por el cual castigarle con la muerte eterna. El creyente está “en Cristo”. Esto significa que está ante Dios con toda la perfección y la dignidad de Cristo. Dios le recibe del mismo modo que acoge a Su propio Hijo Amado. Esta es una posición de privilegio inmejorable y que jamás terminará. Por mucho que buscase, no podría encontrar acusación alguna contra aquél que está en Cristo.
Esto se ilustra con un incidente ocurrido a un inglés y su Rolls Royce. Viajaba por Francia durante sus vacaciones cuando repentinamente el eje trasero se rompió. El mecánico local no tuvo recambio para el eje, de modo que llamó por teléfono a Inglaterra. La compañía envió no solamente el eje trasero sino a dos mecánicos para asegurarse que éste se instalara correctamente. El inglés pudo continuar su viaje y más tarde regresó a Inglaterra, esperando que le enviaran la cuenta. Pasaron los meses, y al ver que ésta no llegaba, escribió a la compañía describiendo el incidente y pidió la cuenta. Un poco más adelante recibió una carta de la compañía que decía: “Hemos investigado cuidadosamente en nuestros registros y no encontramos que a un Rolls Royce se le haya roto jamás un eje trasero”.
Dios puede buscar cuidadosamente en Sus registros y no encontrará jamás en la cuenta del creyente ningún pecado que le condene al infierno. El creyente es acepto en el Amado, y está completo en Cristo. Está revestido de toda la justicia de Dios y goza de una posición perfecta ante él. Puede decir con triunfo y confianza:
Si primero a mi bendito Salvador alcanzas;
Y de la estima de Dios arrojarle logras,
Si rastro del pecado en Jesús demuestras,
Entonces puedes decirme que no soy limpio.
William MacDonald
De día en día
lunes, 24 de enero de 2011
“Coto de Pesca”
“Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Heb 10:17).
Una de las verdades contenidas en la Escritura que más satisfacen al alma es la disposición de Dios para olvidar todos los pecados que han sido cubiertos por la sangre de Cristo.
Nos llenamos de asombro cuando leemos: “Cuanto está lejos el Oriente del Occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Sal 103:12). Es una maravilla que podamos decir con Ezequías: “Echaste tras tus espaldas todos mis pecados” (Isa 38:17). Todo nuestro ser se sobrecoge cuando escuchamos al Señor que nos dice: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados” (Isa 44:22). Pero es aún más maravilloso leer: “perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jer 31:34).
Cuando confesamos nuestros pecados, Dios no solamente nos perdona, sino que también los olvida instantáneamente. No es exagerado decir que el Salvador sepulta inmediatamente nuestros pecados en el mar de Su olvido. Esto se ilustra bien con la experiencia de un creyente que tenía un reñido combate contra un pecado que lo dominaba. En un momento de debilidad, se rindió a la tentación. Apresurándose a entrar en la presencia del Señor, dejó escapar estas palabras: “Señor, lo he hecho una vez más”. Enseguida imaginó que el Señor le decía, “¿Qué es lo que has hecho una vez más?” El asunto es que en una fracción de segundo, después de la confesión, Dios ya lo había olvidado.
Es toda una paradoja cautivadora que el Dios omnisciente pueda olvidar. Por una parte, nada escapa a Su conocimiento. Cuenta las estrellas y las nombra, enumera nuestras caídas y lágrimas. Determina cuándo un gorrión cae a tierra, y sabe cuántos son los cabellos de nuestra cabeza. Y a pesar de todo, olvida aquellos pecados que se confiesan y abandonan. David Seamands decía: “yo no sé cómo la omnisciencia divina puede olvidar, pero sé que lo hace”.
¡Un detalle más! Se ha dicho bien que cuando Dios perdona y olvida, coloca un letrero que dice: “Coto de Pesca”. Me está prohibido pescar mis propios pecados pasados o los pecados de otros que Dios ya ha olvidado. En este respecto debemos tener una pobre memoria y una buena capacidad para olvidar.
William MacDonald
De día en día
Una de las verdades contenidas en la Escritura que más satisfacen al alma es la disposición de Dios para olvidar todos los pecados que han sido cubiertos por la sangre de Cristo.
Nos llenamos de asombro cuando leemos: “Cuanto está lejos el Oriente del Occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Sal 103:12). Es una maravilla que podamos decir con Ezequías: “Echaste tras tus espaldas todos mis pecados” (Isa 38:17). Todo nuestro ser se sobrecoge cuando escuchamos al Señor que nos dice: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados” (Isa 44:22). Pero es aún más maravilloso leer: “perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jer 31:34).
Cuando confesamos nuestros pecados, Dios no solamente nos perdona, sino que también los olvida instantáneamente. No es exagerado decir que el Salvador sepulta inmediatamente nuestros pecados en el mar de Su olvido. Esto se ilustra bien con la experiencia de un creyente que tenía un reñido combate contra un pecado que lo dominaba. En un momento de debilidad, se rindió a la tentación. Apresurándose a entrar en la presencia del Señor, dejó escapar estas palabras: “Señor, lo he hecho una vez más”. Enseguida imaginó que el Señor le decía, “¿Qué es lo que has hecho una vez más?” El asunto es que en una fracción de segundo, después de la confesión, Dios ya lo había olvidado.
Es toda una paradoja cautivadora que el Dios omnisciente pueda olvidar. Por una parte, nada escapa a Su conocimiento. Cuenta las estrellas y las nombra, enumera nuestras caídas y lágrimas. Determina cuándo un gorrión cae a tierra, y sabe cuántos son los cabellos de nuestra cabeza. Y a pesar de todo, olvida aquellos pecados que se confiesan y abandonan. David Seamands decía: “yo no sé cómo la omnisciencia divina puede olvidar, pero sé que lo hace”.
¡Un detalle más! Se ha dicho bien que cuando Dios perdona y olvida, coloca un letrero que dice: “Coto de Pesca”. Me está prohibido pescar mis propios pecados pasados o los pecados de otros que Dios ya ha olvidado. En este respecto debemos tener una pobre memoria y una buena capacidad para olvidar.
William MacDonald
De día en día
domingo, 23 de enero de 2011
Él ha prometido perdonarnos
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1Ju 1:9).
Sería prácticamente imposible continuar en la vida cristiana sin la seguridad que nos brinda este versículo. A medida que crecemos en la gracia, tenemos una conciencia cada vez más profunda de nuestro pecado y miseria. Necesitamos tener provisión para la limpieza instantánea de nuestros pecados, de otro modo, quedaríamos condenados a culpa y derrota perpetua.
Juan nos dice que a los creyentes se les ha hecho provisión por medio de la confesión. Por la fe en el Señor Jesús el inconverso recibe perdón judicial por la paga de sus pecados. El creyente, por su parte, recibe el perdón paternal y limpieza de la mancha de sus pecados cuando los confiesa.
El pecado rompe la comunión en la vida del hijo de Dios, y la comunión queda rota hasta que el pecado es confesado y abandonado. Cuando confesamos nuestros pecados, Dios es fiel a Su Palabra; él ha prometido perdonarnos. Es justo cuando perdona porque la obra de Cristo en la Cruz ha provisto de la base de justicia necesaria.
Lo que significa este versículo, entonces, es que cuando confesamos nuestros pecados, podemos saber que el expediente queda limpio, que somos purificados por completo y que el bendito espíritu familiar ha sido restaurado. Tan pronto como somos conscientes de que hay pecado en nuestra vida, podemos entrar en la presencia de Dios, llamar a ese pecado por su nombre, repudiarlo, y saber con certeza que éste ha sido borrado.
¿Pero cómo lo sabemos con certeza? ¿Nos sentimos perdonados? No es cuestión de sentimientos. Sabemos que hemos sido perdonados porque Dios así lo dice en Su Palabra. Nuestros sentimientos no son dignos de confianza, en cambio, la Palabra de Dios es sólida y segura.
Pero supongamos que alguien dice: “Yo sé que Dios me ha perdonado pero no puedo perdonarme a mí mismo”. Eso suena muy piadoso pero en realidad deshonra a Dios. Si Dios me ha perdonado, desea que me apropie ese perdón por la fe, que me regocije en él, y que vaya y le sirva como un vaso limpio.
William MacDonald
De día en día
Sería prácticamente imposible continuar en la vida cristiana sin la seguridad que nos brinda este versículo. A medida que crecemos en la gracia, tenemos una conciencia cada vez más profunda de nuestro pecado y miseria. Necesitamos tener provisión para la limpieza instantánea de nuestros pecados, de otro modo, quedaríamos condenados a culpa y derrota perpetua.
Juan nos dice que a los creyentes se les ha hecho provisión por medio de la confesión. Por la fe en el Señor Jesús el inconverso recibe perdón judicial por la paga de sus pecados. El creyente, por su parte, recibe el perdón paternal y limpieza de la mancha de sus pecados cuando los confiesa.
El pecado rompe la comunión en la vida del hijo de Dios, y la comunión queda rota hasta que el pecado es confesado y abandonado. Cuando confesamos nuestros pecados, Dios es fiel a Su Palabra; él ha prometido perdonarnos. Es justo cuando perdona porque la obra de Cristo en la Cruz ha provisto de la base de justicia necesaria.
Lo que significa este versículo, entonces, es que cuando confesamos nuestros pecados, podemos saber que el expediente queda limpio, que somos purificados por completo y que el bendito espíritu familiar ha sido restaurado. Tan pronto como somos conscientes de que hay pecado en nuestra vida, podemos entrar en la presencia de Dios, llamar a ese pecado por su nombre, repudiarlo, y saber con certeza que éste ha sido borrado.
¿Pero cómo lo sabemos con certeza? ¿Nos sentimos perdonados? No es cuestión de sentimientos. Sabemos que hemos sido perdonados porque Dios así lo dice en Su Palabra. Nuestros sentimientos no son dignos de confianza, en cambio, la Palabra de Dios es sólida y segura.
Pero supongamos que alguien dice: “Yo sé que Dios me ha perdonado pero no puedo perdonarme a mí mismo”. Eso suena muy piadoso pero en realidad deshonra a Dios. Si Dios me ha perdonado, desea que me apropie ese perdón por la fe, que me regocije en él, y que vaya y le sirva como un vaso limpio.
William MacDonald
De día en día
sábado, 22 de enero de 2011
Un ángel en el agua
Un barco de turismo lleno de adultos mayores se volcó delante de mis ojos.
Brian Hart, relatado a Peggy Frezon
Yo guiaba la canoa cortando las plácidas aguas. Mi hija de ocho años, Brianna, se balanceaba en el banco detrás de mí, riendo con sus primas. Un cuadro perfecto de un día de otoño. El lago estaba en calma, pero yo estaba inquieto. Mis pensamientos volaban ansiosamente como una abeja que revolotea de brote en brote. ¿Qué estoy haciendo aquí? Tengo un millón de otras cosas que hacer.
En realidad, yo no quería estar en el lago ese día de octubre de 2005. Lo que yo realmente quería era hacer algunos trabajos en casa. Yo tenía un trabajo de jornada completa como contratista eléctrico, y me preguntaba cuándo hallaría tiempo para mis propios proyectos. Pero cuando mi esposa sugirió que llevara a Brianna al nuevo lugar de vacaciones de mis padres –una cabaña a orillas del lago George– asentí de mala gana.
Aún después haber llegado, yo todavía pensaba en volver a casa: Quizá aún podría dedicar un tiempo a mis proyectos. Entonces Brianna y sus tres primas entraron en la cabaña. «Papá, ¿podemos ir a dar un paseo en canoa?», rogó ella, entusiasmada. Afuera, en el muelle, había un viejo bote de fibra de vidrio. ¿Qué podría decir yo?
Zambullí el remo en el agua y avancé un poco. Las chicas estaban realmente disfrutando el paseo, y lentamente yo empecé también a relajarme. Y entonces, a unos 50 metros delante de nosotros, vi al Ethan Allen, un barco turístico blanco y verde con un techo bajo y ventanas abiertas para disfrutar de la vista – una de las muchas embarcaciones que operaban en esa época del año. Estaba cargado casi en su totalidad con adultos mayores. Yo podía ver docenas de pasajeros sentados hombro con hombro, apiñados en los bancos.
Vi el barco dar una vuelta lenta, gradual – pero algo no parecía correcto. Bruscamente, el casco se empezó a levantar. El barco se siguió inclinando, el casco alzándose cada vez más del agua. ¡Se supone que eso no debería suceder! Repentinamente, la gente sentada a un costado resbaló a través de la cubierta y cayó sobre los regazos de las personas que iban al otro lado. ¡Oh, el barco se va a volcar! ¡Esa gente se va a ahogar!
El barco se tambaleó y corcoveó mientras el capitán se esforzaba por tomar el control. Entonces, la embarcación se dio vuelta. Los hombres y las mujeres saltaron por las ventanas abiertas, y otros cayeron debajo del barco mientras se volcaba. «¡No!», jadeé. Era como una escena tomada del Titanic. El casco quedó al revés en el agua; el humo y el vapor del motor del barco chirriaban mientras éste se sumergía.
Brianna y las muchachas saltaban, gritando. «¡Siéntense!», les grité. Ellas estaban asustadas, pero si no detenían el oscilar de la canoa, nosotros también nos hundiríamos. Saqué el celular de mi bolsillo, y pinché el 911. «¡Envíen ayuda! ¡Un barco se ha volcado! ¡De prisa!».
¡Dios, mejor envía a alguien rápido a salvar a estas personas!
Desesperados gritos de ayuda
La gente golpeaba frenéticamente el barco volcado. Oí lamentos desesperados: ¡»Ayúdenme! ¡Ayúdenme!». Mi estómago se retorció. Miré a mi alrededor. No había ninguna otra embarcación a la vista. Yo era el único allí.
Yo no iba a ser ninguna ayuda con cuatro muchachas y una canoa. Tenía que pensar algo velozmente. Telefoneé a mi hermano en la cabaña. ¡»Eric, un barco se ha volcado! ¡Te necesito urgente!». Le expliqué sumariamente los detalles y le dije que me encontrara con el bote de pesca de mis padres. Entonces, llevé la canoa a un cobertizo para botes que estaba cerca. «El tío Eric viene a ayudarnos», dije a las muchachas. «Quédense aquí, y denme sus chalecos salvavidas; los vamos a necesitar todos».
Eric llegó al instante. Subí en el bote más grande, y volamos. El motor del Ethan Allen rugía, y el aire se llenaba del desagradable olor del combustible derramado. Los pasajeros en el agua luchaban para alcanzar el barco volcado y se aferraban a él para salvar sus vidas.
Eric saltó primero. Arrojé al agua todo aquello que podía flotar. Los chalecos salvavidas, los amortiguadores de los asientos; rasgué los asientos del bote y los lancé a la gente en el agua. Entonces me zambullí en el agua fría, cubierta de combustible. ¡Esa gente se debe estar congelando! Avancé hacia el barco, donde la gente se aferraba al casco. Otros intentaban permanecer a flote, agitando los brazos. Ninguno de ellos tenía chalecos salvavidas.
Una mujer forcejeó y se asió de un hombre que se sujetaba desesperadamente del casco del barco. «¡Ella me está tirando hacia abajo!» gritó él. «Ayúdenme!». Agarré uno de los salvavidas flotantes y nadé hacia la mujer frenética. Le ajusté la chaqueta anaranjada y la saqué de allí, mientras el hombre se aseguraba mejor en su posición.
¿Tendré fuerza?
Nadé con la mujer hacia un barco que acababa de llegar al rescate. La subieron a bordo. Lancé un suspiro. Ella ya estaba segura. Pero entonces di vuelta atrás. ¿Tendré fuerza para hacer esto? Muchos gritaban pidiendo ayuda. Volví a nadar, ignorando la fatiga que agarrotaba mis músculos. Eric estaba en el agua también, llevando a otros hacia otros botes que ahora acudían al rescate. Yo no sabía cuántos socorristas había allí. Los necesitábamos a todos.
Comencé a nadar hacia una mujer rubia de pelo corto, pero me detuve. Ella parecía un poco más joven que el resto. Quizás ella podría esperar más tiempo. Cambié mi pensamiento y tomé a otra mujer cercana. ¿Cómo puedo decidir a quién salvar y a quién no? ¿Qué pasará si no puedo salvarlos a todos?
Las pobres víctimas se veían entorpecidas por los pantalones largos y los suéteres empapados. Se aferraban débilmente a mí. El barco se hundía casi por completo. Algunas personas aún se mantenían a flote, lejos del barco. ¿Cuanto tiempo podían resistir? ¡Sosténganse!
Finalmente, me acerqué el barco casi sumergido y había sólo mujer que se agarraba al costado, agitándose incontrolablemente. Era la mujer de pelo rubio corto. Había resistido, pero estaba débil y pálida y parecía apenas consciente. Había estado durante mucho tiempo en el agua fría.
«Yo la ayudaré», le dije. «Voy a sacarla de aquí».
«Soy Carol», susurró. «Soy la guía del grupo. Y no puedo nadar».
«Yo cuidaré de usted, Carol», le dije.
Se aferró a mí, y sentí una confianza completa. Puse mi brazo suavemente alrededor de ella y comencé a nadar. El humo debilitaba mis fuerzas. Pensé que ya no podría mover mis brazos y mis piernas una pulgada más. Señor, necesito un poco más de fuerzas. No podía darme por vencido. No sé cómo lo hice, pero nadé, llevando a Carol a una embarcación que esperaba. Entonces, con un estruendo final, el Ethan Allen se hundió.
Volví a mi bote y remé hacia la orilla. El personal de emergencia había instalado un refugio, y las personas mayores temblaban, esperando para ser llevadas a un centro asistencial. Quedé conmocionado como los otros, agobiado por un terrible pesar. No pudimos salvarlos a todos. ¿Por qué tuve que ser parte de este horrible accidente? ¿Por qué salí en esa canoa? ¿Por qué no me quedé en casa?
«¡Gracias a Dios, usted estaba allí!»
Entonces vi a mujer pequeña sentada sola debajo de un árbol. Era Carol, la última mujer que yo había rescatado. «¿Carol?». Me arrodillé a su lado. «Soy yo. Estuve con usted en el agua». Encontré una manta y la puse alrededor de sus hombros y permanecí con ella hasta que la ambulancia estuvo lista. Ella se aferró a mí, sollozando. ¡»Mi ángel! ¡Oh, Dios lo bendiga. ¡Gracias a Dios, usted estaba allí!».
Yo habría deseado no estar allí. Mi corazón se afligió. Pronto supimos que 20 de las 48 personas a bordo del barco habían muerto; el capitán de 74 años fue juzgado más adelante por no tener personal suficiente a bordo, y llevar mayor cantidad de pasajeros de la que el barco podía soportar.
Aunque no pude cambiar los trágicos resultados, Carol me recordó que yo había representado una diferencia. En ese momento, supe sin duda alguna por qué yo había estado allí. Yo le había pedido a Dios que enviara a alguien a salvar a esas personas. Y él me envió. Yo no había planeado salir en esa canoa. Pensé que tenía un millón de cosas que hacer ese día, un millón de lugares diferentes donde estar. Pero Él sabía mejor. Él me puso justo donde yo tenía que estar.
Copyright © 2008 Christianity Today International / Today’s Christian magazine. March/April 2008.
Brian Hart, relatado a Peggy Frezon
Yo guiaba la canoa cortando las plácidas aguas. Mi hija de ocho años, Brianna, se balanceaba en el banco detrás de mí, riendo con sus primas. Un cuadro perfecto de un día de otoño. El lago estaba en calma, pero yo estaba inquieto. Mis pensamientos volaban ansiosamente como una abeja que revolotea de brote en brote. ¿Qué estoy haciendo aquí? Tengo un millón de otras cosas que hacer.
En realidad, yo no quería estar en el lago ese día de octubre de 2005. Lo que yo realmente quería era hacer algunos trabajos en casa. Yo tenía un trabajo de jornada completa como contratista eléctrico, y me preguntaba cuándo hallaría tiempo para mis propios proyectos. Pero cuando mi esposa sugirió que llevara a Brianna al nuevo lugar de vacaciones de mis padres –una cabaña a orillas del lago George– asentí de mala gana.
Aún después haber llegado, yo todavía pensaba en volver a casa: Quizá aún podría dedicar un tiempo a mis proyectos. Entonces Brianna y sus tres primas entraron en la cabaña. «Papá, ¿podemos ir a dar un paseo en canoa?», rogó ella, entusiasmada. Afuera, en el muelle, había un viejo bote de fibra de vidrio. ¿Qué podría decir yo?
Zambullí el remo en el agua y avancé un poco. Las chicas estaban realmente disfrutando el paseo, y lentamente yo empecé también a relajarme. Y entonces, a unos 50 metros delante de nosotros, vi al Ethan Allen, un barco turístico blanco y verde con un techo bajo y ventanas abiertas para disfrutar de la vista – una de las muchas embarcaciones que operaban en esa época del año. Estaba cargado casi en su totalidad con adultos mayores. Yo podía ver docenas de pasajeros sentados hombro con hombro, apiñados en los bancos.
Vi el barco dar una vuelta lenta, gradual – pero algo no parecía correcto. Bruscamente, el casco se empezó a levantar. El barco se siguió inclinando, el casco alzándose cada vez más del agua. ¡Se supone que eso no debería suceder! Repentinamente, la gente sentada a un costado resbaló a través de la cubierta y cayó sobre los regazos de las personas que iban al otro lado. ¡Oh, el barco se va a volcar! ¡Esa gente se va a ahogar!
El barco se tambaleó y corcoveó mientras el capitán se esforzaba por tomar el control. Entonces, la embarcación se dio vuelta. Los hombres y las mujeres saltaron por las ventanas abiertas, y otros cayeron debajo del barco mientras se volcaba. «¡No!», jadeé. Era como una escena tomada del Titanic. El casco quedó al revés en el agua; el humo y el vapor del motor del barco chirriaban mientras éste se sumergía.
Brianna y las muchachas saltaban, gritando. «¡Siéntense!», les grité. Ellas estaban asustadas, pero si no detenían el oscilar de la canoa, nosotros también nos hundiríamos. Saqué el celular de mi bolsillo, y pinché el 911. «¡Envíen ayuda! ¡Un barco se ha volcado! ¡De prisa!».
¡Dios, mejor envía a alguien rápido a salvar a estas personas!
Desesperados gritos de ayuda
La gente golpeaba frenéticamente el barco volcado. Oí lamentos desesperados: ¡»Ayúdenme! ¡Ayúdenme!». Mi estómago se retorció. Miré a mi alrededor. No había ninguna otra embarcación a la vista. Yo era el único allí.
Yo no iba a ser ninguna ayuda con cuatro muchachas y una canoa. Tenía que pensar algo velozmente. Telefoneé a mi hermano en la cabaña. ¡»Eric, un barco se ha volcado! ¡Te necesito urgente!». Le expliqué sumariamente los detalles y le dije que me encontrara con el bote de pesca de mis padres. Entonces, llevé la canoa a un cobertizo para botes que estaba cerca. «El tío Eric viene a ayudarnos», dije a las muchachas. «Quédense aquí, y denme sus chalecos salvavidas; los vamos a necesitar todos».
Eric llegó al instante. Subí en el bote más grande, y volamos. El motor del Ethan Allen rugía, y el aire se llenaba del desagradable olor del combustible derramado. Los pasajeros en el agua luchaban para alcanzar el barco volcado y se aferraban a él para salvar sus vidas.
Eric saltó primero. Arrojé al agua todo aquello que podía flotar. Los chalecos salvavidas, los amortiguadores de los asientos; rasgué los asientos del bote y los lancé a la gente en el agua. Entonces me zambullí en el agua fría, cubierta de combustible. ¡Esa gente se debe estar congelando! Avancé hacia el barco, donde la gente se aferraba al casco. Otros intentaban permanecer a flote, agitando los brazos. Ninguno de ellos tenía chalecos salvavidas.
Una mujer forcejeó y se asió de un hombre que se sujetaba desesperadamente del casco del barco. «¡Ella me está tirando hacia abajo!» gritó él. «Ayúdenme!». Agarré uno de los salvavidas flotantes y nadé hacia la mujer frenética. Le ajusté la chaqueta anaranjada y la saqué de allí, mientras el hombre se aseguraba mejor en su posición.
¿Tendré fuerza?
Nadé con la mujer hacia un barco que acababa de llegar al rescate. La subieron a bordo. Lancé un suspiro. Ella ya estaba segura. Pero entonces di vuelta atrás. ¿Tendré fuerza para hacer esto? Muchos gritaban pidiendo ayuda. Volví a nadar, ignorando la fatiga que agarrotaba mis músculos. Eric estaba en el agua también, llevando a otros hacia otros botes que ahora acudían al rescate. Yo no sabía cuántos socorristas había allí. Los necesitábamos a todos.
Comencé a nadar hacia una mujer rubia de pelo corto, pero me detuve. Ella parecía un poco más joven que el resto. Quizás ella podría esperar más tiempo. Cambié mi pensamiento y tomé a otra mujer cercana. ¿Cómo puedo decidir a quién salvar y a quién no? ¿Qué pasará si no puedo salvarlos a todos?
Las pobres víctimas se veían entorpecidas por los pantalones largos y los suéteres empapados. Se aferraban débilmente a mí. El barco se hundía casi por completo. Algunas personas aún se mantenían a flote, lejos del barco. ¿Cuanto tiempo podían resistir? ¡Sosténganse!
Finalmente, me acerqué el barco casi sumergido y había sólo mujer que se agarraba al costado, agitándose incontrolablemente. Era la mujer de pelo rubio corto. Había resistido, pero estaba débil y pálida y parecía apenas consciente. Había estado durante mucho tiempo en el agua fría.
«Yo la ayudaré», le dije. «Voy a sacarla de aquí».
«Soy Carol», susurró. «Soy la guía del grupo. Y no puedo nadar».
«Yo cuidaré de usted, Carol», le dije.
Se aferró a mí, y sentí una confianza completa. Puse mi brazo suavemente alrededor de ella y comencé a nadar. El humo debilitaba mis fuerzas. Pensé que ya no podría mover mis brazos y mis piernas una pulgada más. Señor, necesito un poco más de fuerzas. No podía darme por vencido. No sé cómo lo hice, pero nadé, llevando a Carol a una embarcación que esperaba. Entonces, con un estruendo final, el Ethan Allen se hundió.
Volví a mi bote y remé hacia la orilla. El personal de emergencia había instalado un refugio, y las personas mayores temblaban, esperando para ser llevadas a un centro asistencial. Quedé conmocionado como los otros, agobiado por un terrible pesar. No pudimos salvarlos a todos. ¿Por qué tuve que ser parte de este horrible accidente? ¿Por qué salí en esa canoa? ¿Por qué no me quedé en casa?
«¡Gracias a Dios, usted estaba allí!»
Entonces vi a mujer pequeña sentada sola debajo de un árbol. Era Carol, la última mujer que yo había rescatado. «¿Carol?». Me arrodillé a su lado. «Soy yo. Estuve con usted en el agua». Encontré una manta y la puse alrededor de sus hombros y permanecí con ella hasta que la ambulancia estuvo lista. Ella se aferró a mí, sollozando. ¡»Mi ángel! ¡Oh, Dios lo bendiga. ¡Gracias a Dios, usted estaba allí!».
Yo habría deseado no estar allí. Mi corazón se afligió. Pronto supimos que 20 de las 48 personas a bordo del barco habían muerto; el capitán de 74 años fue juzgado más adelante por no tener personal suficiente a bordo, y llevar mayor cantidad de pasajeros de la que el barco podía soportar.
Aunque no pude cambiar los trágicos resultados, Carol me recordó que yo había representado una diferencia. En ese momento, supe sin duda alguna por qué yo había estado allí. Yo le había pedido a Dios que enviara a alguien a salvar a esas personas. Y él me envió. Yo no había planeado salir en esa canoa. Pensé que tenía un millón de cosas que hacer ese día, un millón de lugares diferentes donde estar. Pero Él sabía mejor. Él me puso justo donde yo tenía que estar.
Copyright © 2008 Christianity Today International / Today’s Christian magazine. March/April 2008.
viernes, 21 de enero de 2011
Como agua y aceite
“Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían...” (Juan 18:36).
El hecho de que el Reino de Cristo no es de este mundo debe bastarme para mantenerme alejado de la política del mundo. Si participo en la política, doy un voto de confianza a favor de la capacidad del sistema para resolver los problemas que aquejan al mundo. Pero francamente no abrigo esta confianza, porque sé que “el mundo entero está bajo el maligno” (1Juan 5:19).
La política ha dado muestras de ser singularmente ineficaz al tratar de resolver los problemas de la sociedad. Los remedios de los políticos son como una tirita sobre una llaga supurante; no llegan a la fuente de la infección. Sabemos que el pecado es el problema básico de nuestra sociedad enferma. Cualquier cosa que no trate con el pecado no puede ser tomado en serio como remedio.
Se trata de un asunto de prioridades. ¿Debo emplear mi tiempo participando en la política o dedicarlo a extender el evangelio? El Señor Jesús contesta la pregunta con estas palabras: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve y anuncia el reino de Dios” (Luc 9:60). Nuestra prioridad máxima debe ser dar a conocer a Cristo porque él es la respuesta a los problemas de este mundo.
“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2Co 10:4). Si esto es así, nos encontramos ante la tremenda realidad de que es posible darle forma a la historia nacional e internacional con la oración, el ayuno y la Palabra de Dios mucho más de lo que podríamos por medio de la votación.
Una figura pública dijo una vez que la política es corrupta por naturaleza y añadió esta palabra de advertencia: “La iglesia no debe olvidar su verdadera función tratando de figurar en una área de los asuntos humanos donde todo lo que conseguiría es ser un pobre competidor... si participa, perderá la pureza de su propósito”.
El programa de Dios para esta Era es llamar de entre las naciones a un pueblo para Su Nombre (ver Hech 15:14). El Señor está resuelto a salvar a muchos de este mundo corrupto en vez de hacer que se sientan a sus anchas en él. Debemos comprometernos a trabajar con Dios en esta gloriosa emancipación.
Cuando la gente le preguntaba a Jesús qué debía hacer para poner en práctica las obras de Dios, la respuesta fue que la obra de Dios consistía en hacer que creyeran en Aquél que él ha enviado (ver Juan 6:28-29). ésta, pues, debe ser nuestra misión: llevar a los hombres a la fe, no a las urnas
William MacDonald
De día en día
El hecho de que el Reino de Cristo no es de este mundo debe bastarme para mantenerme alejado de la política del mundo. Si participo en la política, doy un voto de confianza a favor de la capacidad del sistema para resolver los problemas que aquejan al mundo. Pero francamente no abrigo esta confianza, porque sé que “el mundo entero está bajo el maligno” (1Juan 5:19).
La política ha dado muestras de ser singularmente ineficaz al tratar de resolver los problemas de la sociedad. Los remedios de los políticos son como una tirita sobre una llaga supurante; no llegan a la fuente de la infección. Sabemos que el pecado es el problema básico de nuestra sociedad enferma. Cualquier cosa que no trate con el pecado no puede ser tomado en serio como remedio.
Se trata de un asunto de prioridades. ¿Debo emplear mi tiempo participando en la política o dedicarlo a extender el evangelio? El Señor Jesús contesta la pregunta con estas palabras: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve y anuncia el reino de Dios” (Luc 9:60). Nuestra prioridad máxima debe ser dar a conocer a Cristo porque él es la respuesta a los problemas de este mundo.
“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2Co 10:4). Si esto es así, nos encontramos ante la tremenda realidad de que es posible darle forma a la historia nacional e internacional con la oración, el ayuno y la Palabra de Dios mucho más de lo que podríamos por medio de la votación.
Una figura pública dijo una vez que la política es corrupta por naturaleza y añadió esta palabra de advertencia: “La iglesia no debe olvidar su verdadera función tratando de figurar en una área de los asuntos humanos donde todo lo que conseguiría es ser un pobre competidor... si participa, perderá la pureza de su propósito”.
El programa de Dios para esta Era es llamar de entre las naciones a un pueblo para Su Nombre (ver Hech 15:14). El Señor está resuelto a salvar a muchos de este mundo corrupto en vez de hacer que se sientan a sus anchas en él. Debemos comprometernos a trabajar con Dios en esta gloriosa emancipación.
Cuando la gente le preguntaba a Jesús qué debía hacer para poner en práctica las obras de Dios, la respuesta fue que la obra de Dios consistía en hacer que creyeran en Aquél que él ha enviado (ver Juan 6:28-29). ésta, pues, debe ser nuestra misión: llevar a los hombres a la fe, no a las urnas
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