martes, 5 de abril de 2011

La vida familiar de John Paton

D. Kenaston

Mi alma magnifica al Señor mientras contemplo la joya del hermoso carácter, de la persona a la que se refiere este estudio. John Paton era un distinguido misionero. Su autobiografía es muy parecida a la historia de la iglesia, escrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles. En verdad, era un apóstol («uno enviado») a los paganos que vivían en las islas Nuevas Hébridas, al Sur, en el Océano Pacífico. Nació en Escocia en el año 1824, y falleció en 1898. He sacado este estudio de su autobiografía.

Empezando este estudio, quiero hacer notar la herencia que recibió este santo misionero, en la forma de su parentesco. Sé que Dios no tiene preferencia de personas, él usa a cualquiera y a todos los que se le rinden a él de todo corazón. A pesar de esto, me parece que los que han sido preservados del mucho pecar, al ser criados en un hogar cristiano, tienen ciertas ventajas. Esto debe incentivarnos a que todos, seamos jóvenes o ancianos, busquemos más de él. A los jóvenes, en mantenerse puros, porque a veces las cicatrices estorban al creyente. A los ancianos, en guardar a sus hijos del malo, para el futuro beneficio de ellos. No estoy diciendo que Dios no usa a otras personas de una manera poderosa; porque, sí, ha usado a varias personas, las que nunca tuvieron un buen hogar durante su niñez. Lo que quiero decir es que los que se han criado sin restricciones pueden tener más obstáculos en la vida cristiana.

John se crió en un hermoso hogar cristiano. Su papá buscaba a Dios con sinceridad desde su juventud. Cuando era un joven, casi a diario se iba a un lugar solitario dentro del bosque, para orar, memorizar la Biblia y meditar. Estos ejercicios se hicieron costumbres diarias durante toda su vida. A sus 17 años, Dios le guió al nuevo nacimiento. Desde entonces, James Paton empezó a hacer en su vida muchas y profundas decisiones, las cuales afectaron el resto de su vida, y las vidas de toda su familia en el futuro. Leyó la historia de las vidas de los primeros reformadores escoceses, quienes no pudieron aceptar que el rey de Inglaterra fuera la cabeza de la iglesia. Por esto centenares de ellos sufrieron el martirio. Y en su corazón, James dijo: «Voy a ser un cristiano de esa clase.» Aun cuando vivía con sus padres, les pidió a ellos que siguiesen el ejemplo de esos hombres santos, en tener un culto familiar cada mañana y cada tarde. Y, sus padres consintieron, porque James ofreció ayudar a dirigir esos cultos. Una vez que empezó, James continuó realizando cultos familiares diariamente hasta su muerte, a la edad de 77 años.

La mamá de John, Yanet, también fue reconocida desde su juventud por su piadoso carácter. Juan describió a su querida mamá con palabras que claramente revelan la influencia que ella tenía sobre él, diciendo: «Nuestra heroica mamá tenía un corazón resplandeciente, mucho ánimo y paciencia en el trabajo.» En su vejez, Juan, recordando esa influencia, dijo: «La admiro en mis memorias». Así, James y Yanet Paton empezaron a formar su hogar con una consagración cristiana. Dios les dio once hijos, de los cuales Juan fue el primogénito. Era costumbre en aquella época dedicar al servicio de Dios al primer hijo varón, y así, John fue dedicado al nacer. Años después, cuando John luchaba en su corazón si ir o no a los paganos, sus padres le enteraron de esa secreta dedicación y de sus oraciones por él. ¡Durante veinte años habían orado para que Dios lo mandara a los paganos! Al escuchar esto, John se adelantó en fe, no dudando nunca más de su llamado.

Estudiando las historias de los hogares piadosos, he notado que el modo de influencia no es siempre igual. En algunos, el padre no es muy activo en la enseñanza de los hijos, pero la madre derrama su vida por ellos. En otros, el padre tiene la visión y la madre nada más se ocupa en cuidar la casa, sin dar a los hijos mucho cuidado espiritual. Las dos modalidades han producido simientes piadosas, para la gloria de Dios, quien cuida todos los hogares. Escribo esto para animar a los padres y madres que no tienen a un compañero que ande de acuerdo al rol bíblico. ¡Oh, qué poder hay en un hogar que tiene a los dos padres unidos en la visión de criar a siervos para el Dios Omnipotente! En este estudio ha sido difícil discernir cuánta influencia tenía la madre de John, porque era una «mujer escondida», o sea, sus labores no se veían públicamente. Por esto, vamos a enfocar al padre, pues John escribió más acerca de él en su autobiografía.

La casa del hombre piadoso

Quizás te parece algo extraño que en un estudio de la vida hogareña se haga notar la casa de un hombre, pero permíteme explicar. La casa de James Paton tenía tres distintas secciones. A un costado estaba el área donde trabajaba la mamá – cocinando, lavando ropa y platos y, cumpliendo con otros quehaceres.

Los niños dormían en esta sección. Al otro lado de la casa estaba el área del padre. Allí él trabajaba, tejiendo medias en sus telares. James trabajaba de esta manera en casa, pudiendo así vigilar en todo tiempo los asuntos de su hogar. Entre esas dos áreas había un ambiente al que se le llamaba «el cuarto privado».

Ese fue un cuarto interior, donde dormían los padres; pero más importante, servía como un lugar para renovar la vida espiritual. Allí entraba James a menudo, cerrando la puerta y orando al padre celestial. (Mt. 6:6). Las tres partes fueron usadas por los padres con un propósito definido, como herramientas en manos de padres dedicados. Y así, se crió una familia unida y ordenada, en la casa del piadoso hombre, James Paton.

Las oraciones del hombre piadoso

La gran fuerza de James radicaba en sus oraciones. Era un hombre orante, en público y en privado. El cuarto privado fue el Santuario de la pequeña casa; el lugar donde se promovía el fuego del corazón. A diario y varias veces durante el día, el padre de John se retiraba a su cuarto privado. Después de cada comida, del mismo modo entraba, cerrando la puerta para orar. Los niños entendieron, mayormente por instinto, que debían comportarse quietamente - ¡papá está orando! Oraciones intercesoras se levantaban inagotablemente por la familia. Y los niños escuchaban el sonido de la voz entrecortada que rogaba a Dios por más fuerza. Así, el padre de este hogar vivía en la presencia divina de Dios, lavándose de continuo en esa comunión. ¡Qué ejemplo para los hijos! Dijeron con seguridad dentro de sí mismos: «Papá camina con Dios, entonces, ¡nosotros podemos también!». ¡Oh, qué santas lecciones les fueron enseñadas, mirando la cara resplandeciente de su papá, cuando salía de su cuarto, después del tiempo de oración! No se puede medir la influencia de ese hombre orante, porque la oración es una de las misteriosas herramientas escondidas que moldean las vidas de los niños.

John dio testimonio de su padre, «arrodillado, con todos nosotros, sus hijos, alrededor, derramaba su alma con lágrimas pidiendo por la conversión de los paganos, y por cada necesidad personal y domestica». «Todos nos sentíamos en la presencia del Salvador Viviente, y aprendimos a conocerle y a amarle como nuestro Amigo Divino». Sigue John, «a veces, mirando la luz de su rostro, esperé que fuese yo igual a él en espíritu, y que, como respuesta a sus oraciones, yo fui también privilegiado y preparado para llevar el evangelio a una y otra región del mundo pagano».

Amados hermanos y hermanas, roguemos a Dios que seamos tal como era James Paton, para que nuestros hijos tengan un ejemplo real de alguien que ora.

El orden del hombre piadoso

James tenía grandes deseos de ser ministro del evangelio. Con todo, no se le abrió camino, y en lugar de esto dedicó su tiempo para criar hijos que pudiesen cumplir esas aspiraciones. Hemos notado sus oraciones, las cuales fueron un hermoso detalle del orden en el hogar. Los cultos familiares nunca fallaron - mañana y tarde. Estos tiempos de devoción fueron divididos en tres partes. Leer y explicar una porción de las Escrituras, cantar salmos e himnos y orar; el padre dirigiendo todo. Así pasó durante cuarenta años, y aun cuando los hijos se habían ido del hogar, el padre continuó orando por ellos. John dijo: «Ni apuro para ir al mercado, ni el negocio, ni visitas, ni tristeza, ni gozo, ni novedad excitante impidieron los cultos familiares». Durante cuarenta años, James se ausentó de los cultos públicos solamente tres veces, y el gozo y entusiasmo para asistir a éstos se pasó a todos en la casa. Los hijos crecieron escuchando muchas conversaciones sobre temas espirituales. Para Santiago, el cristianismo fue una bendición, y el vivir para Dios un gozo; y John captó el espíritu de esto desde su niñez.

El día del Señor se convirtió en el día más ansiado de la semana. No fue un día para abstenerse de muchas cosas, sino el día que todos esperaban durante toda la semana. El domingo empezaba con el paseo de 6 kilómetros a la iglesia, charlando y transitando alegremente toda esa distancia. Los sermones fueron llenos de celo y unción. Después, fueron seriamente meditados, mientras la familia volvía a casa. Por causa de los muchos niños, a veces Yanet no pudo asistir a la iglesia. Así, James y los niños mayores tenían el gozoso deber de compartirle el sermón. James repetía a ella partes del sermón, paseándose de aquí para allá en la casa. Los niños tomaron la tarea de leer los versos bíblicos citados. Quizás alguna historia bíblica era añadida, o algo del libro «El Progreso del Peregrino». Por la tarde, el padre enseñaba aún más, muchas veces del Catecismo Corto, con explicaciones de los versículos referidos. Analizando las santas actividades de esa familia, un sentimiento de unidad familiar se me acentuó.

Otro punto digno de notar en la vida hogareña de los Paton, es que a veces se ocupaba la vara para castigar. El hogar fue guiado más por amor que por el temor; la obediencia era lo normal. Sin embargo, había ocasiones cuando se necesitaba la vara. Estas ocasiones fueron tiempos santos y reverentes. Primeramente, James entró en su cuarto privado y oró, pidiendo sabiduría y derramando ante Dios la situación. Realmente, esto era la parte más grave para los niños. Fue un mensaje a su conciencia, trayendo a la disciplina por aplicar, al Todopoderoso. Al ver el dolor y el sacrificio que sufrió su papá al castigarlos, el amor de los niños para él abundó. Las necesidades de ocupar la vara para castigar por un mismo asunto no fueron numerosas, porque se aplicaron eficazmente.

Las relaciones del hombre piadoso

El capítulo 4 de Malaquías habla de la importancia y el poder de una relación entre un padre y sus hijos. La unidad entre este padre y su hijo, James y John, es un merecedor ejemplo. Al estudiar del amor y el respeto entre ellos, y del vínculo entre sus almas durante todos sus días, dulces memorias llegaron a mi mente; las de despedir a dos de mis propios hijos al irse al campo misionero. La gran cantidad de profundos y silentes mensajes que se comunicaron el uno al otro en esos momentos, nunca los podré olvidar. En su autobiografía, John describe la despedida del hogar de sus padres, para ir a prepararse para la obra misionera. Tenía 22 años entonces. Citaré varias partes de su autobiografía a continuación, para hacer notar de mejor manera el respeto que él le tenía a su papá.

«Mi querido papá caminó conmigo durante los primeros nueve kilómetros. Sus consejos, lágrimas y charlas celestiales todavía están frescas en mi corazón, como que si ayer me hubiere hablado. Las lágrimas caen por mis mejillas, sin impedimento en este momento, igual que fluyeron en ese entonces, mientras las memorias me regresan. Durante el último kilómetro, caminamos sin pronunciar palabra. Sus labios se movían, orando en voz baja y nos mirábamos el uno al otro varias veces, pero sin poder hablar. Nos paramos en el lugar de la despedida; mi papá, silenciosa y firmemente agarró mi mano durante un minuto, y luego dijo, muy solemne y cariñosamente: ¡El Dios de tu papá te prospere y te cuide de toda maldad!

Sin poder decir más, sus labios siguieron moviéndose en oración silente. Con lágrimas rodando por nuestras mejillas, nos abrazamos y partimos cada uno por su camino. Justo en el lugar donde yo debía doblar la esquina, di la vuelta y le vi, mirándome. Haciéndole una señal con mi sombrero lo saludé, luego seguí caminando y desaparecí de su vista. Pero mi corazón estaba demasiado constreñido y dolorido para seguir caminando, entonces apuradamente fui a la orilla del camino, donde lloré largo tiempo. Terminando de llorar, subí el dique para ver si todavía estaba mi papá en el lugar donde me aparté de él. En ese momento le vi subiendo el dique también, tratando de localizarme. No me vio y después de buscar un rato, se bajó y se fue hacia la casa. Le miré con lágrimas ardientes cayendo de mis ojos, hasta que desapareció su figura; luego me fui. He dado un firme voto, una y otra vez, por la gracia de Dios, en vivir y portarme de tal manera que nunca deshonre a los benditos padres que Dios me dio».

Oh, ¡qué hermosas palabras manaban del corazón del hijo amante! Son un humillante desafío para mí. Es fácil comprender en esas palabras que lo que hacemos en nuestros hogares, durará en nuestros hijos mucho tiempo después de nuestra partida. Que Dios renueve nuestra visión de construir fuertes vínculos con cada uno de nuestros hijos, mientras aún los tengamos en el hogar.

El fruto del hombre piadoso

Hay mucho que escribir bajo este título, a causa de los muchos años del fiel servicio de John. Todo lo que John fue y lo que hizo, inspira mi corazón.

Recomiendo que todos lean su autobiografía. Pero antes de terminar este estudio, quiero referirme un poco más a la juventud de John. Se crió en la pobreza. La familia grande en la que vivió produjo un ambiente de escasez, que moldeó su carácter.

Muchas veces miramos tales circunstancias como obstáculos y fuente de duras penas. Pero específicamente, no es así. De hecho, Dios usa esas circunstancias para amoldar a su escogido siervo para la gloria de Su nombre. Juan empezó a trabajar en el negocio de su padre a los seis años de edad. Antes de llegar a los doce años, trabajaba desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche. Tuvo tiempo para las comidas, pero las horas de trabajo fueron cuantiosas y fatigosas. Lo que John ganó en aquel trabajo se usó para el mantenimiento de la familia. Esto hizo que no pudiera asistir a la escuela. Pero ese joven que tenía deseos de ser misionero no fue frenado en el aprender.

Desde la edad de los doce años, tuvo deseos de ser misionero, y en cada momento que pudo se ocupó en el estudio y preparación. Según nuestra perspectiva moderna, podemos razonar que no era justo o que era malo tratar a un hijo así. Pero debemos considerarlo otra vez. En aquellos tiempos, un muchacho se consideraba como un hombre a los doce años. Nuestra moderna mentalidad en el jugar nos ha cegado acerca de las capacidades de un niño. Pensamos que los niños deben tener muchos años de diversiones y juegos antes de llegar a tener responsabilidades. Pero para John, sus dificultades y responsabilidades le ayudaron a prepararse para el campo misionero.

Hermanos y hermanas, preparemos a soldados listos para las guerras espirituales de este mundo. No hay ejército que entrene a sus soldados con juegos y diversiones a fin de prepararlos para una difícil y grave batalla. Del mismo modo, el Señor de la mies mandará obreros bien competentes a sus campos.

El pequeño tambor

Testimonio real de un médico judío.

M. S. Roswally

Durante la Guerra de Secesión, yo era cirujano en el ejército de los Estados Unidos, y después de la batalla de Gettysburg había cientos de soldados heridos en el hospital; algunos de ellos habían sido heridos tan severamente que tenían que ser amputados.

Uno de estos era un muchacho que no había estado en el servicio más de tres meses. Siendo demasiado joven para ser soldado, se había alistado como tambor. Cuando mi cirujano asistente y otro ayudante vinieron a darle cloroformo para la operación, él volvió la cabeza a un lado y lo rehusó. Cuando le informaron que el doctor lo había ordenado así, él dijo: «Llamen al médico».

Yo vine a su lado y le dije: «Niño, ¿por qué rehúsas el cloroformo? Cuando te hallamos en el campo de batalla, tú estabas a punto de morir y pensé que apenas valía la pena recogerte; pero cuando abriste esos grandes ojos azules, pensé que tenías una madre en alguna parte, que tal vez en ese mismo momento pensaba en su hijo. No quise que murieras en el campo y di orden para traerte aquí; pero tú eres demasiado débil para sobrellevar una operación sin cloroformo; por tanto, haces bien en aceptarlo».

Él me tomó la mano, y mirándome dijo: «Doctor, un domingo por la tarde, en la escuela dominical, cuando tenía nueve años y medio, yo di mi corazón a Jesús. Aprendí a confiar en él desde entonces y sé que puedo confiar en él ahora. Él es mi fuerza y mi aliento; él me sostendrá mientras usted me opera».

Entonces le pregunté si podía darle un poco de coñac. Me miró de nuevo, diciendo: «Doctor, cuando tenía como cinco años, mi madre se arrodilló a mi lado, puso sus brazos alrededor de mi cuello y dijo: ‘Charlie, estoy rogando a Jesús que tú nunca conozcas el sabor de las bebidas alcohólicas. Tu papá era un borrachín y el alcoholismo fue la causa de su muerte; yo he prometido a Dios que, si es su voluntad que tú llegues a adulto, tu prevendrás a los jóvenes contra los daños del alcohol’. Ahora tengo 17 años, y nunca he gustado algo más fuerte que el té o el café; y, como estoy probablemente a punto de ir a la presencia de Dios, ¿me enviaría usted allá con coñac en el estómago?».

Nunca olvidaré su mirada. En aquel tiempo, yo aborrecía a Jesús, pero respeté la lealtad de aquel muchacho hacia su Salvador; y cuando vi cuánto le amaba y confiaba en él hasta el fin, algo tocó mi corazón e hice por él lo que nunca había hecho por otro soldado – le pregunté si quería ver a su capellán. «Oh sí, señor», fue su respuesta.

Cuando el capellán vino, reconoció inmediatamente al joven que había visto muchas veces en la tienda donde tenía lugar los servicios de oración. Tomó su mano y le dijo: «Charlie, siento verte en tan triste condición». «Oh, estoy bien, señor», dijo el joven. «El doctor me ofreció cloroformo, pero lo he rehusado; entonces él quiso darme coñac, lo que también rehusé; y ahora si mi Salvador me llama, puedo ir a él con mi conciencia limpia.»

«No morirás, Charlie», dijo el capellán, «pero en caso de que el Señor te llamara, dime si hay alguna cosa que yo pueda hacer». «Capellán, por favor, tome la pequeña Biblia que está debajo de mi almohada. Tiene la dirección de mi madre. Hágame el favor de enviársela y de escribirle una carta y decirle que no he olvidado un solo día de leer una porción de la Palabra de Dios, y de rogar diariamente que Dios la bendiga – a veces durante la marcha, otras veces en el campo de batalla o en el hospital».

«¿Hay alguna otra cosa que pueda hacer por ti?», preguntó el capellán. «Sí. Por favor, escríbale al superintendente de la escuela dominical en la calle Sands, Brooklyn, Nueva York, y dígale que no he olvidado las bondadosas palabras y los buenos consejos que él me dio; me han seguido a través de todos los peligros de la guerra, y ahora, en mi última hora, pido a mi Salvador que él bendiga a mi querido superintendente. Es todo».

Luego, volviéndose a mí, me dijo: «Ahora, doctor, estoy listo y le prometo que no daré ni un gemido mientras usted me opera».

Yo se lo prometí, pero no tuve el valor de tomar el bisturí sin ir antes a otro cuarto a tomar un estimulante para animarme.

Mientras cortaba la carne, Charlie Coulson no lanzó un gemido, pero cuando tomé la sierra para separar la carne del hueso, él tomó el extremo de la almohada y la puso en su boca, y lo único que yo podía oír era: «¡Oh Jesús, Jesús bendito, ayúdame ahora!». Charlie cumplió su promesa, y no profirió ni un quejido.

Venida la noche, no pude dormir; de cualquier lado que me voltease, veía esos dulces ojos azules, y cuando, por fin, me dormí, las palabras: «¡Jesús bendito, ayúdame ahora!» siguieron resonando en mis oídos. A medianoche, me levanté y fui a visitar el hospital, cosa que nunca antes había hecho, a menos de haber sido llamado especialmente, pero ¡tan grande era mi deseo de ver al muchacho!

Al llegar al hospital, el ayudante de noche me relató que algunos de los casos desahuciados habían muerto y habían sido llevados a la morgue. Pregunté: «¿Cómo está Charlie Coulson? ¿Está entre los muertos?». «No, señor,» contestó el ayudante, «duerme como un bebé».

Cuando estuve al lado de la cama del joven, una enfermera me relató que, a eso de las nueve, dos miembros de la YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes) habían venido al hospital para leer y cantar un himno, acompañados por el capellán. Se habían arrodillado al lado de la cama de Charlie y habían hecho una oración fervorosa y conmovedora; después, habían cantado el más dulce de todos los himnos: «Jesús, el que ama mi alma», y Charlie había cantado con ellos. Yo no podía comprender cómo él, que había sufrido dolores tan agudos, podía cantar.

Cinco días después, él envió por mí. Ese día, por primera vez, oí un sermón evangélico. Me dijo: «Doctor, ha llegado mi hora; mi vida se acaba y no espero ver otro amanecer; pero, gracias a Dios, estoy preparado, y antes de morir, quiero agradecer a usted de todo corazón por su bondad para conmigo. Doctor, usted es judío; no cree en Jesús. ¿Me haría el favor de quedarse aquí y verme morir, confiando en mi Salvador hasta el último momento de mi vida?».

Yo traté de quedarme a su lado, pero no tuve el coraje de ver morir a un muchacho cristiano deleitándose en el amor de aquel Jesús que yo había aprendido a odiar. Por tanto, me fui de la sala precipitadamente.

Unos minutos más tarde, un ayudante que me encontró sentado en mi oficina cubriéndome la cara con las manos, dijo: «Doctor, Charlie quiere verlo». «Acabo de verlo», contesté, «y no puedo ir de nuevo». «Pero doctor, él dice que quiere verlo una vez más antes de morir». Decidí ir otra vez, para decirle algunas palabras cariñosas; pero estaba dispuesto a no dejarle ejercer la menor influencia sobre mí en cuanto a su Jesús.

Al entrar al cuarto, vi que empeoraba rápidamente, y me senté en su cama. Él tomó mi mano y dijo: «Doctor, yo le amo a usted porque es judío; el mejor amigo que yo he encontrado en este mundo fue un judío». Le pregunté quién era, y él me contesto: «Jesucristo, a quien quiero presentarle antes de morir. Doctor, ¿quiere prometerme que nunca olvidará lo que voy a decirle?». Se lo prometí, y él dijo: «Hace cinco días, mientras usted me operaba, yo rogué al Señor Jesucristo que él convierta su alma».

Estas palabras calaron profundo en mi corazón. Yo no podía entender cómo, mientras yo le causaba tan intenso dolor, él pudo olvidarse por completo de sí mismo y no pensar en nada más que en su Salvador y en mi alma inconversa. Lo único que pude decir fue: «Bueno, mi querido niño, pronto estarás bien». Me fui, y minutos más tarde él durmió «seguro en los brazos de Jesús».

Cientos de soldados murieron en mi hospital durante la guerra, pero el único funeral que presencié fue el de Charlie Coulson, el tambor. Yo lo había hecho vestir con un uniforme nuevo y ponerle en un ataúd de oficial cubierto con la bandera de los Estados Unidos. Las palabras de ese niño agonizante me tocaron profundamente. En ese tiempo, yo tenía mucho dinero, pero hubiese dado cada centavo que poseía por tener su fe en Cristo. Pero eso no se puede comprar con dinero.

¡Ay de mí! No tardé en olvidar el pequeño sermón de mi soldado cristiano, pero a él mismo no podía olvidarlo. Ahora sé que yo estaba bajo el peso de la convicción de pecado; pero luché con Cristo por cerca de diez años, con todo el aborrecimiento de un judío ortodoxo, hasta que finalmente su oración fue atendida y Dios convirtió mi alma.

Unos meses después de mi conversión, asistí a una reunión de oración en la ciudad de Nueva York. Era una de esas ocasiones en las cuales los creyentes dan testimonio del amor de su Salvador. Después que varios de ellos habían hablado, una señora de edad madura se levantó y dijo:

«Queridos amigos, tal vez ésta sea la última vez que yo tenga el privilegio de testificar por Cristo. Mi doctor me dijo ayer que mi pulmón derecho ya se ha ido, y el izquierdo está muy afectado. Sólo estaré un breve tiempo con ustedes. Pero lo que resta le pertenece a Jesús. ¡Oh, siento gran gozo al saber que encontraré a mi hijo con Jesús en el cielo! Él no sólo fue un soldado de su patria, sino también un soldado de Cristo. Fue herido en la batalla de Gettysburg y fue operado por un médico judío que amputó su brazo y su pierna, pero murió cinco días después de la operación. El capellán del regimiento me escribió una carta y me envió la Biblia de mi niño. Me decía en esa carta que mi Charlie, en su última hora, envió por el médico judío y le dijo: «Doctor, quiero decirle antes de morir que hace cinco días, mientras usted me operaba, yo rogué al Señor Jesucristo que él convierta su alma».

Al oír aquel testimonio, no pude quedarme en mi asiento. Me dirigí rápidamente hacia ella y, tomando su mano, le dije: «Dios la bendiga, mi querida hermana; la petición de su hijo ha sido concedida. Yo soy aquel médico judío por quien oró su Charlie, y su Salvador es ahora mi Salvador»

El último tratado

Los domingos por la tarde, tras el servicio de la mañana en la iglesia, el pastor y su hijo de once años salían al pueblo a distribuir tratados del evangelio. Esa tarde de domingo en particular, cuando llegó el momento de salir, afuera hacía mucho frío y estaba lloviendo.

El niño se puso su ropa más abrigadora y dijo: «¡Papá, ya estoy listo!». El padre le preguntó: «¿Listo para qué?». «Pues, es tiempo de tomar nuestros tratados y salir». El papá respondió: «Hijo, afuera hace mucho frío y está lloviendo». El muchacho dijo, sorprendido: «Pero, ¿no va la gente todavía al infierno, aunque esté lloviendo?». El papá contestó: «Hijo, yo no voy a salir con este tiempo». Pero el niño insistió: «Papá, ¿puedo ir yo, por favor?». Su padre calló por un momento, y luego dijo: «Bueno, anda. Aquí están los tratados; ten cuidado». «¡Gracias, papá!».

El muchacho salió bajo la lluvia, y caminó por las calles de puerta en puerta y dando un tratado del evangelio a todos aquellos que se encontró en el camino. Después de dos horas de caminar bajo la lluvia, estaba empapado y helado hasta los huesos y tenía en sus manos el último tratado. Se detuvo en una esquina buscando a alguien para dárselo, pero las calles estaban totalmente desiertas. Entonces se dirigió hacia la primera casa que vio y tocó el timbre, pero nadie contestó. Tocó una y otra vez, pero no hubo respuesta.

Aún aguardó otro rato, y ya se disponía a irse, pero algo lo retuvo. De nuevo volvió, tocó el timbre y golpeó ruidosamente la puerta con su puño. Entonces la puerta se abrió con lentitud, y apareció una señora de edad, de aspecto muy triste. Ella le preguntó suavemente: «¿Qué puedo hacer yo por ti, hijo?». Con los ojos radiantes y una franca sonrisa, el pequeño dijo: «Señora, lo siento si la he perturbado, pero sólo quiero decirle que Jesús la ama de verdad. Aquí hay un tratado que le dirá todo sobre Jesús y su gran amor». Entonces, él le dio su último tratado, y volvió a salir, mientras ella le decía: «¡Gracias, hijo; que Dios te bendiga!».

El domingo siguiente en la iglesia, el pastor estaba en el púlpito, y cuando el servicio empezó, él preguntó: «¿Tiene alguien un testimonio o algo que decir?».

Despacio, en última fila, una señora se puso en pie. Su rostro tenía un aspecto radiante.

Ella dijo: «Ustedes no me conocen. Yo nunca he estado aquí antes. Vean, hace una semana yo no era creyente. Mi marido falleció hace un tiempo, dejándome totalmente sola en el mundo. El domingo pasado, siendo un día particularmente frío y lluvioso, lo era aún más en mi corazón, pues yo había llegado al fin de todo y ya no tenía deseos de vivir. Así que ascendí al ático de mi casa, y puesta de pie en una silla, até firmemente una soga a una viga en el techo y até el otro extremo de la soga alrededor de mi cuello. Tan sola y con el corazón destrozado, estaba a punto de saltar, cuando de pronto el fuerte sonido del timbre me sobresaltó. Yo pensé: ‘Esperaré un minuto, y quienquiera que sea se marchará’. Pero el timbre sonaba en forma más insistente. Pensé de nuevo: ‘¿Quién podrá ser? Nunca nadie toca a mi puerta’.

«Solté la soga de mi cuello y fui abajo, mientras el timbre seguía sonando. Al abrir la puerta, allí estaba el niño de sonrisa más radiante y angelical que yo había visto alguna vez en mi vida. Y las palabras que salieron de su boca causaron que mi corazón, que había estado mucho tiempo muerto, volviese a la vida: «Señora, yo sólo vine a decirle que Jesús la ama de verdad». Entonces él me dio este tratado del evangelio que tengo mi mano. Cuando el pequeño ángel se fue, yo cerré mi puerta y leí cada palabra. Entonces subí al ático a retirar la soga y la silla. Ya no los necesitaba. Ahora soy una dichosa hija del Rey, y como la dirección de su iglesia estaba en el tratado, he venido para agradecer personalmente al pequeño ángel de Dios que llegó tan a tiempo para salvar mi alma de la eternidad en el infierno».

Todos lloraban. Y mientras resonaban expresiones de alabanza y honra al Rey, el pastor descendió del púlpito al banco donde estaba sentado el pequeño ángel, lo tomó en sus brazos y lloró largamente. Probablemente ninguna iglesia ha tenido un momento más glorioso. Y tal vez este mundo nunca ha visto a un padre más lleno de amor hacia su hijo – salvo uno: aquel Padre que también permitió a su Hijo entrar en un mundo frío y oscuro. Él recibió a su Hijo de retorno con gozo indecible, y cuando todo el cielo prorrumpió en alabanza y honra al Rey, el Padre sentó a su amado Hijo en un Trono sobre todo principado y autoridad, y sobre todo nombre que se nombra.

Autor anónimo

Una obra que hacer

Una linda joven en la India estaba para casarse. Todos observaban admirados a esa joven cristiana, tan capacitada, mientras se preparaba para el matrimonio.

Repentinamente, unas manchas aparecieron en sus manos. Todos quedaron choqueados al saber que se trataba de lepra. En vez de mudarse al hogar que tan cuidadosamente había planeado con su amado, se mudó a una colonia de leprosos. Ella caminó pausadamente con su hermano, no en una ceremonia de casamiento, sino en dirección a aquel terrible lugar que se tornaría en su nuevo hogar.

¡Cuán profunda decepción invadió su corazón! A su alrededor, todas eran mujeres infelices, sucias, amargadas y con la desesperanza dibujada en sus rostros. Al verlas, escondió su rostro en el hombro de su hermano y lloró. “Mi Dios”, dijo sollozando, “¿llegaré a ser como una de ellas?”.

Ella estaba deprimida hasta tal punto que los que estaban a su alrededor temían que ella se arrojase en un pozo para terminar con todo aquello.

Cierto día, unos misioneros que se compadecían de ella, le preguntaron si le gustaría ayudar a aquellas pobres mujeres. Era como si Dios le estuviese enviando a ella un rayo de luz. Ella entendió la visión. El propósito y su significado la cautivaron a medida que ella dejaba de lado su autocompasión.

Ella abrió entonces una escuela y enseñó a aquellas mujeres a leer, escribir y cantar. Por haber estudiado música, sus amigos misioneros le trajeron un órgano plegable. Gradualmente, una notoria transformación fue ocurriendo en el aquel lugar. Las casas de aquellas mujeres estaban ahora limpias, arregladas y agradables. Comenzaron a lavar sus ropas y a peinar su cabello. Aquel lugar, otrora terrible, se transformó en un lugar de bendición.

Pasados algunos años, ella dio el siguiente testimonio: “Cuando llegué al asilo, dudé de la existencia de Dios. Ahora comprendo que Dios tenía una obra para mí. Si no hubiese quedado leprosa, nunca habría descubierto mi obra. Cada día que vivo, agradezco a Dios por haberme concedido esta obra para hacer”.

Tomado de “A janela mais ampla”, de Devern Fromke

La vida familiar de los mártires

Una de las mayores necesidades en medio de las iglesias hoy es fortalecer la vida familiar. ¿Cómo fueron los hogares de los grandes hombres y mujeres de Dios del pasado?

D. Kenaston

Todos los que viven piadosamente sufrirán persecución. Este sufrir produce más gracia, un amor más profundo y una carga mayor por los perdidos. Con el tiempo, todo esto resulta en una iglesia poderosa y dinámica, la que es el cuerpo de Cristo en la tierra. Los anales de la historia de la iglesia son adornados con los testimonios de tal avivamiento entre el pueblo de Dios, acto que arde con el combustible de los efectos de la persecución.

Había un precioso grupo de tales personas que vivía en Europa durante el siglo XVI. Sus perseguidores los llamaban ‘Anabaptistas’ o anabautistas (Estas palabras significan: ‘Bautizar otra vez’.); porque ellos creyeron en el bautismo del creyente y renunciaron a su bautismo infantil, realizado por la Iglesia Romana. Oh, ¡cuánto amaban al Señor Jesucristo! Oh, ¡cuánto amaban la Palabra de Dios y querían obedecerla en cada aspecto! La persecución y el martirio les esperaban a esas preciosas personas por dondequiera que iban. Desde el año 1525 al año 1600, multitudes de ellos dieron sus vidas por la causa de Cristo.

Estos años abarcaron tres generaciones. Hace tiempo pensaba: «Esos pequeños rebaños eran gente poderosa». Ellos debieron de tener hogares potentes. Pero hay un problemita. No hay escrito mucho acerca de ellos, tampoco hay mucho acerca de sus hogares. Hace tiempo se sugirió investigar la historia de los mártires de esa época, en cuanto a sus hogares. Hay un libro grande titulado, The Martyr’s Mirror (El Espejo de los Mártires) que está en las libreras de casi todos los hogares de la comunidad donde vivo. Tiene más o menos 1100 páginas con cartas e historias, hechos vívidos en los juicios, confesiones y muertes de esos mártires. Hemos devorado este libro, encontrando una inspirante e instructiva mina de oro. En el mismo, hay muchas cartas escritas en la prisión. Hay cartas de un padre o de una madre, escritas a sus hijos un poco antes que los quemaran en el poste. Hay cartas de un marido a su esposa o viceversa.

También hay cartas de los jóvenes, escritas para sus padres. Yo tenía que leer entre líneas en mi búsqueda del tesoro, porque no hay enseñanza directa sobre el hogar. Sin embargo, el tesoro está allí.

Hace un tiempo había enseñado que una vida dedicada, que se vive real y a cada momento ‘detrás de las puertas cerradas’, producirá hijos piadosos. Este principio no se había revelado tan claramente antes, como en este estudio de los anabaptistas y sus hijos. A través de la persecución, la gracia fluía como un río desde los padres hacia sus hijos. Quiero hacer notar de varias maneras cómo esto pasó. Ya sea por la falta de historias e interesantes eventos escritos, actualmente no hay tales registros. Creo que las autoridades de ese entonces quisieron destruir la memoria de esa gente que servía a Dios fielmente. Pero en lugar de esto, sus vidas produjeron otra generación de cristianos brillantes, que frustraron y confundieron a esas autoridades. Creo que nosotros y nuestros hijos vamos a enfrentar la persecución en el futuro.

Es muy bueno que nosotros averigüemos si estamos en el mismo y correcto rumbo. El rumbo que dirigió a aquellos padres del siglo XVI a criar a otra generación de jóvenes preparados para morir por «la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Judas 3). Vamos a leer ‘entre líneas’, para ver lo que se esconde allí.

El amor y la unidad en el matrimonio

Una de las piedras fundamentales de un hogar santo es el amor que fluye dentro del matrimonio. Es una de las influencias quietas y misteriosas que moldean las fuerzas y seguridades interiores de los hijos. Cuando el papá y la mamá se aman el uno al otro, los hijos pueden soportar muchas pruebas y tribulaciones.

Así eran los anabaptistas. Fui inspirado y desafiado leyendo una y otra carta de, y para, los prisioneros. Hay unos principios que captaron mi atención, leyéndolas. Primero, noté que el compañerismo que tenían con el Padre y Su Hijo era dulce y los esposos se llamaban el uno al otro ‘hermano’ y ‘hermana’, aunque eran esposos. Segundo, a menudo encontré las palabras ‘uno’, ‘unidad’ y ‘una carne’ en las cartas. Sin duda, tenían ellos una potente unidad en sus matrimonios, la cual se menciona una y otra vez. Creo que esto era a razón de vivir con la unción del Espíritu. Hay una unidad que proviene del Espíritu y ésta no es fabricada al hacer un acuerdo entre dos personas, sino es el fruto de dos vidas caminando juntas a Dios. Fíjate en el corazón de este matrimonio piadoso, en la carta citada a continuación:

«Yo, Martín van der Straten, tu querido esposo y hermano en el Señor, te deseo mucha gracia y misericordia de parte de Dios, nuestro Padre Celestial. De un corazón cariñoso y lleno de amor, mi querido amor, te saludo con fervor. Oh, mi amor queridísimo, a quien amo yo con todo mi corazón, de acuerdo con la Palabra de Dios, que un hombre debe dejar a su padre y a su madre y unirse a su esposa. Porque realmente, mi querida corderita, eres carne de mi carne y hueso de mis huesos. Mi querida amada, de quien tomé la mano con lágrimas de gozo, espero y confío que estés bien, en alma y cuerpo».

La verdadera fe

Oh, ¡cómo poder trasladar a los hijos una fe viva y vibrante, real, y con frutos en la actualidad! Este es el sincero anhelo de cada padre y madre. He notado que se necesita tal fe en los padres, para que los hijos tengan la misma. Una buena iglesia no es suficiente para esto. La buena predicación tampoco lo alcanzará.

La antorcha tiene que arder en el corazón y en la mano de una generación para que se pase a la siguiente. Esos mártires morían por su fe; no era por la teología, nada más. La fe, para ellos, era en verdad una fe interior, pero a la vez, práctica. Por esto, muchos sufrieron el martirio. ‘Cual el cuervo, tal su huevo’ se dice, y es muy veraz en cuanto al hogar. ¿Cómo es nuestra fe? ¿Están nuestros hijos listos a morir por ella? O, ¿es nuestra fe igual a la de millones que se dicen ser cristianos, pero cuya fe no trae nada de persecución? Fíjate en el corazón de este padre piadoso, en sus finales palabras a su hija:

«Mi queridísima hija, busca con diligencia las Santas Escrituras. Hallarás en ellas que tenemos que seguir a Cristo Jesús y obedecerle hasta el fin. También, hallarás al rebañito que Le sigue. Esta es la señal: viven una vida penitente (en el sentido de dolor por los pecados, con deseos por la santidad). No son conformes a este mundo. Evitan todo lo malo y se encantan en hacer lo bueno. Tienen hambre y sed de justicia. Crucifican su carne pecaminosa más y más cada día; hacen morir al pecado que hace guerra en sus miembros. Buscan y pelean por conseguir lo honesto y lo de buena reputación. No resisten a sus enemigos, y su palabra es fiel. Sienten tristeza por no vivir más santificadamente, por la que frecuentemente lloran y suspiran».

La palabra de Dios

No creo que nosotros, los cristianos americanos, entendamos el potente efecto que la Biblia puede tener en nuestros hijos. Algunos hasta piensan que leyendo demasiado la Biblia, se volverán locos. Así dijo un maestro al apóstol Pablo (Hechos 26:24). Algunos dicen que eso es el lavado de cerebro. Bueno, yo creo que sería bueno, si nuestros cerebros fueran lavados de la sucia sociedad en que vivimos. Si llenamos la mente de un niño con la Palabra de Dios, pensará en ella durante todos los años en formación. Y, ¿qué pasará? «Todo lo que hace, prosperará» (Sal. 1:3)

Esos anabaptistas estuvieron enamorados de la Biblia. Tenían un Nuevo Testamento a su lado, siempre. Lo abrían y leían en cualquier momento que pudieran, sea en su trabajo o en la casa. En sus cartas, los padres animaban a sus hijos a leerlo en cada oportunidad. En el hogar, se leía y se enseñaba. Se alimentaban de la Biblia en la mañana, al desayuno y al almuerzo. Reverenciaban la Palabra de Dios de tal manera. Los niños fueron enseñados a leer y a escribir en el hogar. ¿Para qué? Sólo por una razón – leer y escribir con la Palabra de Dios.

Leyendo las muchas cartas y discusiones que son registradas en The Martyr’s Mirror, notarás algo inmediatamente: ésas se leen como la Biblia misma. Muchas de las oraciones que se escribieron en las cartas son citas directas de la Biblia. Las cartas fluyen como una carta normal, sin embargo, contienen uno y otros versos de las Escrituras. Unas mil páginas así, bastan para convencer a cualquier persona que aquella gente conoció la Biblia. Tenían que haber memorizado cientos de versos. Estoy seguro que no se permitían Biblias en la prisión, mientras escribían las cartas. Por esto, tenían que escribir de memoria tantos versos. ¿Cómo pasó esto? «…que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación» (2ª Tim. 3:15). Los padres tenían que sembrar la preciosa semilla en los corazones de sus hijos. Tenían que llenar los tiempos vacíos con el agua de la Palabra, no con el diario ni la televisión. ¡Despiértense, cristianos, despiértense! Preparémonos y preparemos a nuestros hijos.

Se necesita padres humildes

Frecuentemente los padres vienen a mí con muchos fracasos por confesar. Y me preguntan, «¿Qué debo hacer?» y «¿Cómo puedo compartir mis fracasos a mis hijos?». Siempre les doy el mismo consejo. Les digo que deben reunir a la familia y humillarse por medio de la confesión. Muchos padres están opuestos a esto. Temen que perderán el respeto de sus hijos y luego los hijos no les obedecerán. Nada puede estar más lejos de la verdad. Cuando tú, padre o madre, te humillas ante tus hijos, realmente te respetarán mucho más, a causa de tu honestidad. Tus hijos saben cuándo te conduces mal. Si tú guardas silencio y no lo confiesas, actuando como hipócrita, vas a perder.

Examinando esas cartas, noté algo interesante en las palabras y pensamientos de los padres que estaban en la prisión. Hablaron de cómo fallaban en sus hogares, tantas veces. Bueno, yo podía discernir a través de su consejo, que realmente ellos eran cristianos poderosos, tanto los hombres como las mujeres.

De hecho, se pudiera escribir de las muchas y buenas cosas que lograron, pero esto no está de acuerdo con el Sermón del Monte. Ellos eran pobres en espíritu y llenos de lloro hasta el día de sus muertes. Si los poderosos, que son ejemplos para nosotros, pueden confesar sus fracasos, ¿cuánto más nosotros, que fallamos en muchas áreas? Quizá sea el tiempo para tener un avivamiento familiar a la forma antigua y luego andar humildemente, ante la familia.

Una vida de devoción

Enoc caminó con Dios, Noe caminó con Dios, Abraham caminó con Dios y los hijos les siguieron a ellos y a su Dios. Hay un secreto en esto; un secreto sencillo que no queremos perder. Ellos vieron al invisible y vivían para mostrar a la siguiente generación sobre esto. Hemos estudiado muchas historias de los hogares y encontrado esta importante llave en cada una de ellas. Los queridos mártires anabaptistas son ejemplos también. De hecho, es algo más destacado entre ellos, que cualquier otra historia estudiada anteriormente. Pues, hemos encontrado acá y por allá a unos cuantos padres que caminaban con Dios, entre los anabaptistas hallamos una multitud de los tales. Yo sé que no es correcto orar para que venga persecución, pero ¡qué grupo de cristianos débiles somos! Necesitamos una dosis de sufrimiento y purificación.

También, hallé oración por todos lados entre los anabaptistas. Oraban en la mañana, al levantarse. Oraban antes de comer y otra vez al terminar. Oraban antes de acostarse por la noche y oraban mientras andaban de un lugar a otro. Parece que oraban sin cesar. Tenían que orar, porque no sabían si las autoridades vendrían en cualquier momento para echarlos en la cárcel. Hermanos, tenemos que orar igualmente, pero no comprendemos cuánto lo necesitamos.

Sus vidas manaban devoción a Cristo. Los padres exhortaban a sus hijos a leer y a meditar en cada momento y ponían en práctica lo que exhortaban. Esto promueve una completa devoción a Dios, no sólo por un momento apurado de la mañana. Muchos de nosotros hemos caído tanto, que ni siquiera tenemos este momento. ¿Esperamos convencer a nuestros hijos que Dios vive, sin tener comunión con Él? ¡No creo!

Odio al pecado y al mundo

A los mártires anabaptistas y a los que sobrevivieron la persecución, el pecado y el mundo eran cosas peligrosas. Parece que a cada mártir, padre o madre, tenía algo que decir en cuanto a esas hermanas gemelas de destrucción. El pecado te separa del Dios Viviente, y para los padres a punto de sufrir el martirio, esto era la tragedia mayor que pudiera pasarle a una persona. Entonces dieron aviso a cada hijo, una y otra vez, a fin de prepararles para aguantar el día malo. «El mundo es un lugar de donde vienen el sufrimiento y la persecución. No entres en él más de lo necesario». Se hizo muy claro, leyendo las historias: El mundo no es un campo de recreo, sino un gran campo de guerra, donde las fuerzas del bien y del mal pelean para ganar las almas de los hombres.

¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos acerca del pecado y el mundo? A través de nuestras palabras y hechos, les enseñamos algo sobre estos dos. El mundo; ¿Cómo le parece a los ojos de nuestros hijos? ¿Un lugar para ganar dinero? ¿Un lugar para jugar y divertirse? ¿Luces brillantes, movilizaciones rápidas, mucha música y películas? Y, el pecado; ¿qué tal? ¿Cómo les parece? ¿Piensen hijos como es el cristianismo moderno de hoy día, ‘Todos pecan casi todo el tiempo, aleluya por la sangre’? Queridos padres, «las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres» (1ª Cor. 15:33). Escuchen las palabras de un padre que iba a ser quemado en el poste en días postreros:

«Mi única y queridísima hija: Considera a la maldad del mundo, a los eruditos y a los maestros, observando cómo ellos derraman la sangre inocente y son llamados cristianos espirituales. Te ruego, hija queridísima, no los sigas. Lee las Escrituras y al llegar a ser adulta, ora a Dios, que te muestre cuál es lo bueno y cuál es lo malo; qué es la mentira y qué es la verdad; el camino de la perdición y el angosto, que lleva a la vida eterna. Cuando veas la pompa, la jactancia, el bailar, la mentira, el engaño, la maldición, el pelear y otras cosas malas, sepas hija mía, que esto no es el camino correcto. No sigas sus caminos, aunque te seduzcan con atracciones lindas y te prometan cosas finas. Por esto, mi querida hija, sigue a Cristo y cuídate del pecado, no lo cometas, porque siguiéndole a Él, te salvarás».

El amor prevaleciente

La ley del Reino de Dios es el amor – el amor poderoso y vencedor. Creo que a veces pasamos por alto esta palabra como si fuera un ‘el’, ‘a’, ‘de’ u otra palabra pequeña. No es. Es la palabra de más influencia en la Biblia. Yo sé que hoy se ha rebajado hasta una mera experiencia emocional nada más. Sin embargo, busquemos en las vidas de los mártires anabaptistas para saber cómo realmente debe ser. Se entiende hoy que la unción recibida durante la persecución los llenó de la naturaleza divina. El amor es el atributo sobresaliente de ésta. Esa querida gente tenía una doble porción del amor ‘ágape’ en sus hogares. Encontré este fuerte pegamento saliendo de todas sus cartas. ¿Cómo es que los despreciados y odiados son los que son bautizados en el amor? Esta es una de las paradojas que solamente realizan los sufridos.

Para mí es claro que el amor reinaba en sus hogares: el amor entre todos los miembros de la familia. Sabes qué, puede pasar uno cualquier prueba, si es amado y vive en un ambiente amoroso. En las cartas, este amor rebosaba en los destinatarios de las cartas. Rebosaba desde el esposo a la esposa y viceversa. Fluía de los padres a los hijos y de los hijos a los padres y, aun de un hijo al otro. Esta clase de amor se siente profundamente, pero a la vez es un amor que hace lo correcto y habla la verdad, en buen consejo. Esto es lo que necesitamos en nuestros actuales hogares, un amor profundo y sincero que no necesita la pretensión. Un amor que puede mirar al otro a los ojos y al corazón y decir: ‘Te amo’ y se entiende que es veraz por la sinceridad del corazón y los hechos de su vida. Escucha el corazón de un hijo que escribió a su madre, un poco antes de sufrir la muerte:

«Mi querida mamá: Deseo que el eterno y misericordioso Padre de gracia esté contigo, así como el amor de Dios y el consuelo del Espíritu Santo. Mi muy querida mamá, a quien amo con ahínco, quien me llevó en su propio cuerpo y me trajo a este mundo con dolores. Sí, tus pechos me alimentaban, me diste de comer y me instruiste en toda verdad. Tú, querida madre, me has guardado de todas las pecaminosas compañías, sí, me has guardado de la ramera de Babilonia. Me has llevado a la iglesia del Dios Viviente. Me has guardado del pecado, según tu mejor capacidad».

La pobreza bendita

La última ayuda santa que quiero hacer notar es el efecto que la pobreza tuvo en la siguiente generación de los anabaptistas. Fueron perseguidos y cazados de un pueblecito a otro. Nunca sabían cuando tendrían que sufrir la pérdida de sus bienes otra vez. Nunca sabían cuando tendrían que levantarse en la noche, para huir con las pocas cosas que pudieran llevar en la mano. Muchos de los padres de ese entonces escribieron con tristeza a sus hijos, «No tengo nada de dinero para darte en la hora de mi muerte». Esto dejó a la madre con toda la carga de mantener a la familia. A menudo un hijo muy joven tenía que madurar aprisa para poder ayudar en suplir las necesidades. Esto trajo bendiciones a los hijos. Aprendieron a trabajar duro desde su niñez y trabajando fue su manera de vivir. No tomaron a mal esto. Era por la causa de Cristo. No tenían mucho tiempo para jugar.

Aprendieron también a vivir sin muchas cosas materiales. Esto los enseñó en los ejercicios de la abnegación. No hicieron tesoros en la tierra. ¿Por qué? Los ladrones vendrían y se los robarían. Su pobreza material obró en ellos una pobreza espiritual en lo interior. Esto les provocó confiar en Dios de continuo.

Hay mucho más que pudiéramos aprender de esa querida gente. Sólo he tocado la superficie. Acuérdate, ¡ese libro tiene más de mil páginas! Te animo a que consigas una de las porciones traducidas al español y leerla, fijándote en lo que está entre líneas.

El reto que quiero poner delante de nosotros es este: ¿Qué tal de nuestras familias? ¿Estamos listos para soportar la persecución? ¿Hemos preparado a nuestros hijos para tales pruebas? Los anabaptistas entendieron que sus hijos probablemente enfrentarían el martirio, quemándose en el poste. Entrenaron a sus hijos para tales cosas.

Hay una teología del martirio: era un honor para la iglesia primitiva sufrirlo. ¿Cómo lo miramos nosotros? No pasará sin dejarnos libres. Nosotros, la iglesia actual, no escaparemos del martirio. No te engañes. Si el arrebatamiento nos protegiera de todo, ¿por qué sufren muchas personas el martirio, hoy en día? Hay más mártires en el siglo pasado que en todos los 19 siglos anteriores.

Oh, querido Padre celestial, ¡despiértanos! Antes que sea tarde, ¡despiértanos! Danos la fuerza y la gracia para criar generaciones de hijos que se gocen en la oportunidad de morir para el Señor Jesucristo. Amén

Los Hermanos Unidos

Testigos de la unidad de la Iglesia

Rodrigo Abarca

La historia de los hermanos olvidados tuvo en la antigua Bohemia (actual Checoslovaquia) una trayectoria trágica y heroica. Los nombres de Juan Huss y Jerónimo de Praga, entre otros, son recordados con amor por muchos creyentes de hoy. Sin embargo, pocos saben o recuerdan a aquellos fieles santos que junto a ellos y después de ellos combatieron ardientemente por la fe e influyeron poderosamente en los acontecimientos posteriores a la Reforma.

Precursores

Durante el siglo XV, Inglaterra fue el escenario de un importante intento de retornar a una fe más bíblica y espiritual por parte de un notable grupo de creyentes, a quienes sus enemigos dieron el nombre de Lolardos. En un principio, la suya fue una reacción contra la corrupción y la escandalosa riqueza de una parte del clero. Pero, progresivamente, fue derivando hacia un interés mucho más profundo con respecto a los asuntos básicos de la fe.

En el centro de esta reacción se encontraba John Wycliff, quien era considerado el erudito más eminente de la Universidad de Oxford en su tiempo. Éste enseñó la libertad de todo hombre de relacionarse con Dios directamente y sin intermediarios. También, que la Biblia era la única fuente de autoridad y verdad para los creyentes. No obstante, su contribución más importante fue su traducción de la Biblia al inglés común de su tiempo.

También organizó y preparó numerosos grupos de predicadores itinerantes, quienes esparcieron la semilla del evangelio por toda Inglaterra y aún más allá. Wycliff tuvo una vida larga y fructífera, y nunca pudo ser alcanzado por la mano de sus enemigos. No obstante, después de su muerte, la iglesia organizada obtuvo del rey Enrique IV la firma de varias leyes para perseguir a los Lolardos. Como consecuencia, muchos creyentes fueron capturados y ejecutados como herejes. Sin embargo, aunque exiliados y escondidos, los hermanos permanecieron activos por muchos años más.

La llama se enciende en Bohemia

Entre los estudiantes que escuchaban ávidamente a John Wicliff en Oxford, había un joven extranjero llamado Jerónimo de Praga, natural de Bohemia. Éste regresó a su patria encendido con el fuego de las enseñanzas del notable erudito inglés, y comenzó a enseñar osadamente que la cristiandad organizada se había alejado completamente del evangelio de Jesucristo, y que la salvación sólo se encontraba en las enseñanzas del mismo.

Otro joven, alto y delgado, y no obstante su juventud, también un gran erudito, lo escuchó con atención y pronto fue ganado para su causa. Se llamaba Jan Huss, y era doctor en teología, predicador oficial de la ciudad de Praga y confesor de la reina de Bohemia.

Era, además, elocuente, de maneras amables y una profunda fe, por lo que muy pronto sus predicaciones atrajeron poderosamente la atención de sus conciudadanos. La verdad es que estaba trabajando sobre un terreno largamente abonado por los valdenses, quienes habían llegado hasta allí en los tiempos de Pedro de Valdo. Y también, hablaba y predicaba en lengua checa, lo que concordaba con el sentimiento patriótico antigermano que se respiraba en su tierra, sometida bajo el yugo alemán.

La rivalidad entre teutones y checos tomó entonces una forma religiosa, pues los primeros se alinearon con la iglesia organizada, mientras que los últimos con las enseñanzas de Wycliff. El Arzobispo de Praga excomulgó a Huss y quemó públicamente los escritos de Wycliff. Sin embargo, El rey de Bohemia, la nobleza y el pueblo, le dieron su apoyo. Entonces se realizó el Concilio de Constanza, y Huss fue llamado a comparecer amparado en un salvoconducto del Emperador, quien comprometía su palabra garantizándole protección. Sin embargo, los clérigos del concilio lo arrestaron de inmediato y lo arrojaron a un calabozo, después de recibir y promulgar la conveniente e infalible «revelación» de que la iglesia no está obligada a guardar la palabra dada a los herejes.

Huss resistió valientemente el escarnio, la burla, las amenazas y las torturas a las que fue sometido para que abjurara de su fe. Nada logró intimidarlo. Finalmente, fue condenado a ser quemado en la hoguera por «estar infectado con la lepra de los valdenses» y haber sostenido las doctrinas heréticas de John Wycliff. La sentencia se cumplió el 6 de Julio de 1415.

Pero las enseñanzas de Jan Huss no murieron con él. Jerónimo de Praga continuó predicando en su ciudad, y pronto lo siguió en el camino del martirio. Sus seguidores se dividieron en tres grandes corrientes: Aquellos que dispusieron a tomar las armas y luchar por «su fe y su patria»; aquellos que buscaron un entendimiento y arreglo con la iglesia organizada; y, finalmente, aquellos que dispusieron a afrontar valiente y pacíficamente el sufrimiento y la muerte, sin transar su fe.

Los primeros, llamados taboritas, iniciaron una larga guerra contra el emperador y la iglesia organizada, con desastrosas consecuencias para ambos lados, aunque por un tiempo consiguieron imponer sus términos tras ganar lagunas batallas importantes. Los segundos, conocidos como utraquistas, convinieron en formar una iglesia nacional checa, sometida al papado, pero con algunos privilegios «relativos». Los últimos, no obstante, siguiendo las antiguas enseñanzas valdenses, prefirieron poner su confianza en Cristo solamente y procuraron encontrar en la Escritura una expresión más pura y original de la iglesia, sin importar el precio que podrían pagar. Así se convirtieron en los «Hermanos Unidos».

Fe y crecimiento

Entre ellos se destacó Peter Cheltschizki, quien poseía una claro y poco común entendimiento de la iglesia, según las Escrituras. En su libro, La Red de la Fe, escribió: «En los tiempos de los apóstoles, las iglesias de los creyentes eran nombradas de acuerdo con las ciudades, villas y distritos, y eran asambleas e iglesias de creyentes, y de una fe. Estas iglesias fueron separadas de los incrédulos por los apóstoles. No pretendo que los creyentes puedan, en un sentido físico y local, estar todos separados en una calle particular de la ciudad, sino más bien, que estén unidos y asociados por la fe y se reúnan en reuniones locales, donde tengan comunión unos con otros en las cosas espirituales y en la Palabra de Dios. Y en acuerdo con tal asociación en fe y en las cosas espirituales sean llamados iglesias de creyentes».

En las palabras citadas más arriba, vemos que los «Hermanos Unidos», alcanzaron una comprensión de la verdadera naturaleza de la iglesia muy superior a la de su tiempo. Las asambleas de creyentes que menciona Cheltschiziki, se esparcieron rápidamente por todo el país. Se oponían decididamente al uso de las armas en defensa de la fe y también a cualquier acuerdo con la iglesia organizada que comprometiera la esencia de la fe. Sin embargo, tenían un espíritu abierto e inclusivo, debido quizá a la influencia valdense, y tendían a considerar y recibir a todos los hijos de Dios como verdaderos hermanos, sin importar el contexto de donde procedieran.

En 1457, un hermano llamado Gregorio fundó una comunidad de hermanos al noreste de Bohemia, en la villa de Kunwald. Muchos creyentes confluyeron allí, incluyendo seguidores de Cheltschiziki y valdenses. Aunque mantenían contacto con la iglesia utraquista, en muchos asuntos procuraron retornar a la fe y prácticas del Nuevo Testamento. Pronto, sin embargo la persecución se abatió sobre ellos desatada por la misma iglesia utraquista. Gregorio fue apresado y torturado; otro de sus líderes, Jacobo Hulava fue quemado, en tanto los hermanos se escondieron en bosques y montañas. A pesar de todo su número aumentó significativamente en todas partes.

En 1463 y luego en 1467 se realizaron conferencias generales de Hermanos donde volvieron a considerar los principios básicos de la iglesia. En esa oportunidad afirmaron nuevamente su separación de la Iglesia Oficial y se llamaron a sí mismos ‘Jednota Bratraskâ’, o ‘Unitas Fratum’, vale decir, ‘Los Hermanos Unidos’. No hicieron esto para marcar diferencias con otros hermanos de las otras muchas iglesias esparcidas en otras regiones, sino simplemente para dar un testimonio de unidad y alentar a otros creyentes que se estaban separando de la Iglesia Oficial.

En esa misma reunión fueron nombrados algunos ancianos que fueron enviados a Austria para ser confirmados por el obispo valdense, Esteban, estableciendo así una continuidad con los antiguos portadores de la antorcha del testimonio. No consideraban esto como esencial, pero deseaban expresar su unidad y continuidad con aquellos que desde los tiempos del papa Silvestre habían preservado un vínculo espiritual con la enseñanza apostólica.

Después de esto, informaron su decisión al obispo utraquista Rokycana, diciendo que en su acto de separación no estaban excluyendo a otros creyentes, pues reconocían que fuera de sus asambleas habían muchos hijos de Dios. Uno de ellos escribió: «Nadie puede decir que nosotros condenamos y excluimos a todos quienes permanecen obedientes a la iglesia Romana. Esta no es, de ningún modo, nuestra convicción.... tal como no excluimos a los elegidos en las iglesias India o Griega, tampoco condenamos a los elegidos en medio de los romanos». Este espíritu inclusivo y abierto a la unidad de todos los hijos de Dios, caracterizó siempre a los Hermanos Unidos.

Las comunidades de Hermanos florecieron en muchos lugares, especialmente en Holanda y Alemania. Además de su notable desarrollo espiritual, hubo entre ellos muchos hombres de gran preparación y capacidad intelectual, así como de posición social y riqueza, quienes estuvieron siempre dispuestos a compartir lo que tenían con sus hermanos más pobres, de modo que se puede decir también de ellos, como se escribió de los santos del Nuevo Testamento, que «no había entre ellos ningún necesitado».

Uno de sus avances más significativos fue hecho en el campo de la educación. Su meta era tener una educación basada en el Evangelio de Cristo. Sus escuelas fueron muy apreciadas y respetadas en Holanda y Alemania. Erasmo, el famoso erudito renacentista, fue alumno en una de ellas, en Deventer, Holanda. De hecho, hasta el día de hoy se estudian sus métodos y aportes al campo de la educación en muchos campus universitarios del mundo, especialmente en los escritos de uno de sus líderes más prominentes, Nicolás Comenius.

Guerras y persecuciones

En 1507, sus perseguidores de la iglesia oficial lograron persuadir al rey de Bohemia de que el poder creciente de los Hermanos era una amenaza. Este publicó entonces el edicto de Saint James, ordenando que todos ellos se unieran a la iglesia oficial o abandonaran el país. Como consecuencia, sus reuniones fueron cerradas, sus libros quemados y ellos mismo encarcelados, exiliados o cruelmente martirizados.

Con el advenimiento de la Reforma, los hermanos entraron en contacto con los líderes protestantes y sus príncipes. Cuando estalló la guerra entre católicos y protestantes, los nobles bohemios que pertenecían a los Hermanos Unidos decidieron apoyar el bando protestante. Las consecuencias fueron, una vez más, desastrosas. Pues tras ser derrotados en la batalla de Mühlberg (1547), los nobles fueron encarcelados y ejecutados por el rey de Bohemia, Ferdinand. Una vez más sus posesiones fueron confiscadas y sus reuniones clausuradas. Pero además se les ordenó dejar el país en un plazo de seis meses.

Comenzó entonces una masiva emigración, en la que grandes caravanas de hermanos se dirigieron a Polonia, y luego a Alemania buscando refugio. Allí fueron recibidos después de muchos esfuerzos y sufrimientos. Sin embargo su peregrinaje no acabó aún. Lograron regresar a su país, pero, por casi 70 años, su suerte varió de acuerdo con los vaivenes de las guerras entre protestantes y católicos, que devastaron Europa por 30 años. Pero en aquellos años realizaron la gran obra de traducir la Biblia desde las lenguas originales a su idioma nativo, el checo (1579 a 1593). Esta traducción ha sido la base de la Biblia checa hasta hoy, y además puso el fundamento para el desarrollo de la literatura checa.

La última batalla entre protestantes y católicos en Bohemia se libró en White Mountain (1620). La derrota protestante fue completa y como consecuencia 36.000 familias de creyentes fueron nuevamente obligadas a dejar Bohemia. Y esto supuso el fin de la llamada ‘religión Hussita’ que desapareció junto con la independencia de Bohemia.

Un testimonio imperecedero

No obstante, a pesar de todo, un pequeño remanente siempre se mantuvo fiel, negándose a participar de las guerras y tomar la espada. En ellos pervivió el espíritu y la visión original de los Hermanos. Estos vivieron perseguidos, errantes y ocultos, en diferentes lugares de Europa central, incluso en bosques remotos y oscuros, por muchos años. Y después de una larga peregrinación e indecibles sufrimientos, arribaron en una época posterior a una pequeña aldea en Moravia, donde el Conde Zinzendorf había construido una ciudad de refugio para los hermanos perseguidos. Y allí contribuyeron a encender una vez más la llama del testimonio de Jesucristo, proveyendo la base del futuro movimiento moravo. Sin embargo ese es otro capítulo de la historia, que será narrado más tarde.

Quizá la mejor conclusión para esta historia, que resume la visión y testimonio que por largos años levantaron los Hermanos Unidos, se encuentre en las proféticas palabras de Jan Comenius (1592-1670), referidas a las dos grandes fuerzas religiosas en pugna: «...Cada iglesia se reconoce a sí misma como la verdadera, o al menos, la más pura, mientras se persiguen entre sí con el odio más amargo. Ninguna reconciliación se puede esperar entre ellas, pues responden a la enemistad con más irreconciliable enemistad. A partir de la Biblia forjan sus diferentes credos; estos son fortalezas y baluartes detrás de las cuales se atrincheran y resisten todos los ataques. No diría que estás confesiones de fe... son malas en sí mismas. Pero se convierten, no obstante, en aquello que alimenta el fuego de la enemistad... ¿Qué se logra con esto? ¿Alguna vez ha tenido éxito una disputa erudita? Nunca. El número de ellas simplemente ha crecido... Los sacramentos, dados como símbolos de unidad, de amor y de nuestra vida en Cristo, han sido ocasión del más amargo conflicto, la causa del odio mutuo, el centro del sectarismo...».

«De esta suerte, la Cristiandad se ha convertido en un laberinto. La fe ha sido separada en miles de pequeñas partes y usted es considerado un hereje si no acepta una de ellas... ¿Qué nos ayudará? Sólo, la única cosa necesaria: Retornar a Cristo, mirar a Cristo como al único Líder, y caminar en sus pisadas, dejando de lado todo otro camino, hasta que alcancemos la meta, y vengamos a la unidad de la fe (Ef. 4:13)... Así que tú sabes, oh Cristiandad, cual es la única cosa necesaria. O bien regresas a Cristo, a vas hacia la perdición como el Anticristo. Si eres sabia y anhelas la vida, sigue al Líder, Jesucristo».

«Pero ustedes, cristianos, regocíjense en su exaltación,... escuchen las palabras del Líder Celestial: «Venid a Mí»... y respondan a una voz: «Así sea, venimos».